La bruma no era solo agua suspendida en el aire; era espesa, fría y olía a flores podridas y sal vieja. El Destino Oscuro avanzaba con las velas apenas hinchadas, deslizándose por un mar que se había vuelto tan liso como un espejo de obsidiana.
—¡Escuchen bien! —la voz de Liriel cortó el silencio como un látigo—. ¡Tapen sus oídos con cera o cáñamo! Estamos en el banco de las Desdichadas. Las sirenas aquí no cantan sobre tesoros; cantan sobre lo que más desean. No escuchen nada, ni siquiera a sus propios pensamientos.
Noah ayudaba a Barnaby a asegurar los cabos de babor, tratando de concentrarse en el roce áspero de la cuerda. Sin embargo, el silencio de la niebla comenzó a vibrar. No era música, sino una voz. Una voz que conocía bien.
—Noah... ayúdame... Noah, por favor...
El príncipe se detuvo en seco. La voz venía desde la oscuridad del agua, justo detrás de la borda. Era ronca, mandona, pero cargada de un dolor punzante. Era la voz de Liriel.
—¿Liriel? —murmuró Noah, girándose hacia el puente de mando. Pero el puente estaba vacío, envuelto en la bruma.
—Noah, me he caído... el agua está tan fría... ayúdame a subir...
A su alrededor, el caos comenzó a desatarse. Barnaby ya tenía una pierna sobre la barandilla, con los ojos vidriosos, buscando a una supuesta madre que lo llamaba desde el abismo. Pike lloraba en el suelo, tratando de alcanzar una sombra que se desvanecía en la niebla.
—¡No los dejen! —gritó Finola, quien parecía inmune al canto, probablemente debido al zumbido constante que el ron había dejado en sus oídos. Ella se lanzó sobre Barnaby, tacleándolo antes de que saltara.
Tara, con Ícaro chillando sobre su hombro para despertarla del trance, corrió hacia los otros tripulantes. Con una fuerza nacida de la desesperación, comenzó a golpear sartenes y piezas de metal para romper el hechizo sonoro.
—¡Reaccionen! —rugía la princesa—. ¡Es una trampa!
Pero Noah no escuchaba a Tara. Solo escuchaba a "Liriel". La voz suplicaba, cada vez más débil, justo debajo de la superficie.
—Tengo miedo, Noah... no me dejes sola como los demás...
El príncipe caminó hacia el borde del barco. Sus dedos rozaron la madera húmeda. Estaba a punto de lanzarse al agua cuando una mano enguantada lo tomó por el cuello de la camisa y lo tiró hacia atrás con una violencia salvaje.
—¿A dónde crees que vas, idiota? —rugió la verdadera Liriel, apareciendo de entre la niebla tras haber bajado del mástil mayor.
Noah luchó contra ella, forcejeando con los ojos desenfocados.
—¡Estás ahí abajo! ¡Te estás ahogando! ¡Suéltame, tengo que salvarte!
Liriel lo miró con una mezcla de horror y furia. En ese momento, una criatura emergió parcialmente del agua junto al barco. No era una mujer hermosa, sino una masa de escamas pálidas, garras largas y una mandíbula que imitaba perfectamente el movimiento de los labios humanos.
—Noah... ayúdame... —dijo la criatura, usando la voz exacta de Liriel.
La capitana sintió un escalofrío recorrer su columna. Esa criatura no solo estaba robando su voz; estaba usando su vulnerabilidad contra el único que se había atrevido a verla. Sin soltar a Noah, Liriel sacó un puñal y lo lanzó con precisión quirúrgica hacia la sirena. El monstruo siseó con un sonido metálico y se hundió en las profundidades, rompiendo el vínculo.
Noah cayó de rodillas, parpadeando, mientras el silencio real regresaba al barco. Miró a Liriel, la de verdad, que estaba de pie frente a él, jadeando y con el rostro lívido.
—Ella... ella sonaba como tú —susurró Noah, avergonzado.
Liriel guardó su puñal, evitando mirarlo a los ojos. El hecho de que la sirena hubiera elegido su voz para atraer a Noah significaba que, en algún rincón oscuro de la mente del príncipe, Liriel era la persona que él más necesitaba salvar.
—Las sirenas son mentirosas, principito —dijo ella con voz dura, aunque le temblaba un poco el pulso—. No vuelvas a creer que soy tan débil como para necesitar que alguien como tú me rescate.
Se dio la vuelta rápidamente, dejando a Noah en el suelo mientras Tara corría hacia él para asegurarse de que estaba bien. Liriel regresó al timón, apretando los dientes. La niebla comenzaba a disiparse, pero el eco de su propia voz suplicando ayuda seguía resonando en su cabeza.
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Editado: 17.04.2026