La celda en las profundidades de la fortaleza de Azura era un agujero infecto, donde el único lujo era el goteo rítmico del salitre filtrándose por las piedras. Liriel, con el hombro vendado toscamente y encadenada a la pared, sentía que la fiebre y el encierro empezaban a jugar con su mente. Pero Liriel no era de las que se hundían en la desesperación; ella prefería la esquizofrenia creativa.
—Bueno —murmuró Liriel, mirando a la esquina oscura de la celda—. ¿Alguna idea para salir de aquí antes de que el hacha me acorte la estatura?
De las sombras, como si se desprendieran de la humedad de los muros, surgieron tres figuras idénticas a ella, pero con personalidades notablemente más irritantes.
La primera, Liriel la Capitana, se cruzó de brazos con su sombrero pirata perfectamente puesto y una expresión de juicio severo. La segunda, Liriel la Niña, se sentó en el suelo sucio jugando con un grillo imaginario. La tercera, la más peligrosa de todas, era Liriel la Cínica, que se abanicaba con un mapa inexistente y lucía una sonrisa de suficiencia.
—Nuestra situación es brillante —dijo la Capitana, paseándose de un lado a otro—. Estamos encadenadas, heridas y el "Principito" probablemente está ahora mismo eligiendo qué tipo de seda usará para vernos morir desde el palco real.
—¡Oh, cállate! —intervino la Cínica, soltando una carcajada—. Noah no está eligiendo sedas. Noah está ahora mismo llorando en un rincón del barco, preguntándose si su champú de rosas llegará a tiempo para el rescate. O peor aún... —la Cínica se acercó a la Liriel real y le dio un toquecito en la nariz—, está pensando en lo "heroica" y "trágica" que te veías sangrando en la arena.
Liriel real puso los ojos en blanco. —No empiecen. Noah es solo un pasajero con delirios de grandeza.
—"Un pasajero" —repitió la Niña, levantando la vista del grillo con una sonrisa maliciosa—. ¿Un pasajero que se lanzó frente a un mosquete por ti? ¿Un pasajero que te mira como si fueras la última gota de ron en el desierto? ¡A otro perro con ese hueso, "capi"!
—¡Eso es absurdo! —protestó Liriel real, sintiendo que el calor en sus mejillas no era solo por la fiebre—. Él es un noble. Ellos no sienten, ellos solo poseen. Probablemente me ve como un objeto de estudio, como una... una criatura marina exótica.
—¡Claro! —exclamó la Cínica con sarcasmo—. Por eso, cuando la sirena usó tu voz, él casi se tira al agua. No porque seas "exótica", sino porque el pobre muchacho tiene el corazón colgando de tu cinturón de armas. Admítelo, Liriel: el príncipe está coladito por la pirata. ¡Es tan cliché que me dan ganas de vomitar!
La Capitana se detuvo y señaló a Liriel real con el dedo. —Es una distracción. Un hombre enamorado es un hombre que comete errores. Y un hombre enamorado de ti es un hombre que va a terminar con la cabeza en una pica. ¡Mírate! Estás aquí encerrada porque bajaste la guardia por él.
—¡No bajé la guardia! —gruñó Liriel real—. ¡Me dispararon por la espalda!
—Porque estabas mirando si él estaba a salvo —añadió la Niña con una risita—. "¡Ay, mi Noah! ¡Cuidado con el suelo duro!".
—¡Basta! —Liriel real golpeó las cadenas contra el muro, haciendo un estruendo que resonó en el pasillo—. No hay "nosotros". No hay sentimientos. Hay un Ojo que buscar y un reino que incendiar. Noah es solo un medio para un fin.
Las tres sombras se miraron entre sí y luego estallaron en una carcajada conjunta, un sonido seco y burlón que parecía rebotar en las piedras frías.
—Sigue diciéndote eso, "corazón de piedra" —dijo la Cínica, desvaneciéndose lentamente hacia la oscuridad—. Pero recuerda que, en los cuentos de hadas que tanto odias, el príncipe siempre viene a rescatar a la princesa. El problema es que aquí, la princesa tiene más cicatrices que un tiburón blanco y el príncipe no sabe ni manejar un remo. ¡Va a ser un desastre divertidísimo!
—¡Que no me rescate! —gritó Liriel real al vacío, mientras las visiones desaparecían—. ¡Puedo salir de aquí sola!
Pero mientras se quedaba nuevamente en silencio, el eco de la burla de sus "otras yo" permanecía en el aire. Liriel se recostó contra la piedra fría, cerrando los ojos. Por un instante, recordó el calor de los brazos de Noah cuando la sirena lo soltó. Maldijo en voz baja, dándose cuenta de que, en la soledad de su celda, la idea de que ese idiota de sangre azul estuviera arriesgando su vida por ella era lo único que mantenía su corazón latiendo con fuerza.
—Si vienes, Noah... —susurró para sí misma—, más vale que traigas una espada de verdad y no solo ese aroma a jabón de lujo. Porque si me sacas de aquí, lo primero que haré será darte un puñetazo por hacerme quedar como una sentimental ante mis alucinaciones.
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Editado: 17.04.2026