Sail

XXV

La plaza central de Azura se había transformado en un anfiteatro de opulencia y crueldad. Banderas de seda azul y carmesí ondeaban bajo un sol inclemente que hacía brillar las armaduras de los cientos de guardias que formaban un muro de acero entre el patíbulo y la multitud. En el balcón real, sentado bajo un palio bordado con hilos de oro, el Rey Raeden de Azura presidía la ceremonia con una rigidez aristocrática, flanqueado por su aliado, el Rey Kaelin, quien lucía una sonrisa de triunfo depredador.
Para los ciudadanos, era un día de justicia; para los reyes, era la culminación de una cacería de décadas.
—Es una victoria para el orden, Raeden —comentó Kaelin, alzando una copa de cristal tallado llena de un vino tan rojo como la sangre—. La Pirata Temible, el azote de nuestras rutas comerciales, finalmente ha sido puesta en jaque.
Raeden asintió con lentitud, aunque su mirada parecía perdida en la lejanía. Sus dedos tamborileaban sobre el pomo de su trono de marfil.
—El mar siempre devuelve lo que roba, Kaelin. Pero me sorprende que una simple mujer haya requerido la unión de dos flotas para ser sometida.
En el centro del patíbulo, Liriel permanecía arrodillada, con los brazos encadenados a un poste de ejecución. Su postura era de una dignidad desafiante, a pesar del cansancio. Sin embargo, su rostro estaba oculto tras una pesada máscara de hierro con rendijas, una precaución impuesta por Kaelin bajo el pretexto de evitar que usara "encantamientos visuales", pero cuyo verdadero propósito era evitar que Raeden reconociera las facciones de la hija que creía muerta.
Un heraldo real, vestido con una librea que brillaba por el exceso de bordados, dio un paso al frente y desplegó un pergamino que parecía no tener fin. Su voz, amplificada por la acústica de la plaza, resonó como una sentencia divina.
—¡Pueblo de los Siete Mares! —gritó el heraldo—. ¡Ante ustedes se presenta la criminal conocida como Liriel, Capitana del Destino Oscuro, acusada de crímenes atroces contra las Coronas de Kaelin y Azura!
El guardia comenzó a leer la letanía de cargos, cada uno seguido por un murmullo de indignación de la turba:
* Pirinatería de Alto Rango:nEl abordaje y saqueo de doce galeones reales y la quema de los suministros de invierno en el Puerto de Plata.
* Sedición y Alta Traición: Por incitar a la rebelión en las colonias del sur y proclamar leyes de "libertad marítima" ajenas a la voluntad del Rey.
* Secuestro de la Realeza: Por la captura y manipulación mediante artes oscuras del heredero al trono de Kaelin, el Príncipe Noah, y la inducción a la huida de la Princesa Tara.
* Uso de Magia Prohibida: Por la búsqueda del Ojo de la Pirata Temible, un artefacto capaz de desestabilizar el equilibrio de los reinos y convocar tormentas eternas.
—¡Muerte a la bruja! —gritó alguien desde la multitud, y pronto el clamor se volvió un rugido unánime.
Raeden se inclinó hacia adelante, intentando escrutar la figura en el patíbulo. Había algo en la forma en que ella inclinaba la cabeza, algo en la tensión de sus hombros, que le resultaba inquietantemente familiar, un eco de una memoria que había enterrado bajo años de protocolos y leyes.
—Kaelin —susurró Raeden—, ¿por qué la máscara? El pueblo merece ver el rostro de su enemiga antes de que el hacha caiga.
Kaelin se limitó a dar un sorbo a su vino, sus ojos brillando con una luz maliciosa.
—La belleza de las sirenas es engañosa, amigo mío. Ver su rostro es caer en su red. No permitiremos que su mirada siembre la duda en un día tan glorioso. Además... ¿qué importa el rostro de un cadáver?
Bajo la máscara de hierro, Liriel escuchaba los crímenes con una sonrisa amarga. Cada "atrocidad" leída por el guardia era, para ella, una medalla de honor, un recordatorio de cada cadena que había roto. Cerró los ojos y, por un momento, el ruido de la multitud desapareció. En su lugar, escuchó el crujir de la madera del Destino Oscuro y el eco de la risa de Finola.
—Si vas a morir, Liriel —se dijo a sí misma— que sea con el sonido de los cañones, no con el sermón de un heraldo.
El verdugo, un hombre gigantesco con el torso desnudo y el rostro oculto por una capucha negra, subió los escalones del patíbulo, haciendo que la madera crujiera bajo su peso. Empuñaba un hacha cuya hoja reflejaba la luz del sol con una intensidad cegadora.
—La ejecución se llevará a cabo al sonar la campana del mediodía —anunció el heraldo, enrollando el pergamino—. Que los dioses tengan piedad de su alma, pues la tierra ya no la reclama.
Kaelin y Raeden se pusieron en pie para brindar por el final de la piratería. Raeden seguía mirando la máscara de hierro, sintiendo una opresión en el pecho que no sabía explicar. No sabía que a escasos metros, su propia sangre estaba a punto de ser derramada bajo sus órdenes. No sabía que, mientras el verdugo se preparaba, una sombra alada cruzaba el cielo de Azura y un barco de casco negro se deslizaba silenciosamente hacia los túneles ocultos bajo el palacio.
La campana comenzó a sonar. El primer tañido resonó en toda la ciudad. Liriel apretó los dientes y esperó el impacto, preguntándose si el último rostro que vería en su mente sería el de un príncipe idiota que no sabía nadar.




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