El segundo tañido de la campana resonó en la plaza, vibrando en el pecho de Liriel como el golpe de un mazo contra un yunque. Bajo la opresiva máscara de hierro, el sudor le escocía en las sienes y el aroma a incienso real de los balcones se mezclaba con el olor metálico de la sangre seca de su hombro. El verdugo alzó el hacha, una masa de acero pulido que parecía beberse la luz del sol, preparándose para el arco final.
—Un desperdicio de buen cuero —pensó Liriel, mirando de reojo las correas que sujetaban sus muñecas—. Ojalá Finola herede mis botas, al menos ellas sí saben caminar hacia la libertad.
Justo cuando el tercer tañido comenzaba a expandirse por el aire, una sombra veloz cruzó el sol. Un grito agudo y penetrante, el chillido de un cazador alado, rasgó el murmullo de la multitud. Ícaro, el halcón de Tara, descendió en un picado suicida desde lo alto de la catedral, clavando sus garras en la capucha del verdugo. El gigante rugió de dolor y sorpresa, tambaleándose y dejando caer el hacha, que impactó contra el tablón con un estruendo seco, a pocos centímetros de las rodillas de Liriel.
—¡Ahora! —se oyó un grito que no venía del cielo, sino de las alcantarillas que rodeaban el patíbulo.
De las rejillas de ventilación de la plaza brotó una densa cortina de humo verde y púrpura. No era bruma marina; era una de las mezclas experimentales de Finola, cargada de polvo de algas alucinógenas y pimienta volcánica. El caos fue instantáneo. Los ciudadanos comenzaron a toser y a retroceder, mientras los guardias reales, cegados, blandían sus alabardas contra las sombras.
En medio de la confusión, dos figuras emergieron del humo con la precisión de espectros. Noah, vistiendo una armadura ligera de cuero que ocultaba su linaje, y Tara, con el rostro cubierto por un pañuelo de seda negra.
Noah llegó al patíbulo en tres zancadas. Con un movimiento desesperado, recogió el hacha del verdugo y, en lugar de usarla como arma, golpeó con toda su fuerza el poste de madera al que Liriel estaba encadenada. La madera vieja crujió y se astilló.
—¡Noah! —exclamó Liriel, su voz resonando metálica dentro de la máscara—. ¡Llegas tarde para el té!
—¡Cállate y muévete! —respondió Noah, su rostro manchado de hollín y determinación. Con un segundo golpe preciso, rompió el perno principal de sus grilletes.
Mientras tanto, en el balcón real, el Rey Kaelin se puso en pie, volcando su copa de vino.
—¡Es él! —rugió, señalando la figura de su hijo—. ¡Guardias! ¡Traigan la cabeza de la pirata y capturen al príncipe vivo! ¡Raeden, tus muros son de papel!
El Rey Raeden, sin embargo, estaba paralizado. Al ver a la joven de negro luchar con la agilidad de una pantera al lado del rescatista, reconoció los movimientos. Reconoció la forma en que ella empuñaba la daga. Era su hija. Era Tara. La confusión se transformó en un horror gélido: estaba presenciando el asalto de su propia sangre contra su propia ley.
En el patíbulo, Tara le lanzó a Liriel una de sus propias cimitarras recuperadas del inventario real.
—¡Capitana, por aquí! ¡El túnel sur está despejado!
Liriel, con las manos libres pero aún con la máscara de hierro puesta, tomó el arma con un gruñido de satisfacción. No veía bien, pero no necesitaba ver para saber dónde estaban los enemigos. El peso del acero en su mano derecha le devolvió la vida.
—¡Noah, detrás de ti! —gritó Liriel.
Un capitán de la guardia de Kaelin se lanzó sobre el príncipe, pero Liriel, en un movimiento fluido, se interpuso y desvió el golpe con el protector de su brazo encadenado, respondiendo con un tajo ascendente que obligó al guardia a retroceder.
—¡No podemos volver por donde vinimos! —gritó Tara, bloqueando una estocada—. ¡Están sellando las alcantarillas!
—¡Entonces iremos por el camino difícil! —Noah señaló hacia el puerto, donde, a través de la neblina provocada por la pólvora, se divisaba una silueta familiar.
El Destino Oscuro no estaba escondido. Había entrado en la bahía de Azura a toda vela, desafiando las torres de defensa. Meldrick había posicionado el barco en el ángulo muerto de los cañones del fuerte, y Barnaby y Pike estaban lanzando garfios hacia los muelles inferiores.
—¡Finola va a incendiar el puerto si no llegamos en cinco minutos! —gritó Noah, tomando a Liriel del brazo sano para ayudarla a bajar del patíbulo.
—¡Corre, principito! —exclamó Liriel, sintiendo la adrenalina borrar el dolor de su herida—. ¡Si sobrevivimos a esto, juro que te dejaré elegir la próxima canción de taberna!
El trío se lanzó al corazón de la batalla, abriéndose paso entre la guardia de élite mientras los dos reyes observaban desde arriba cómo su poder se desmoronaba ante la audacia de unos jóvenes que preferían el abismo de la libertad a la seguridad de una corona marchita. El rescate apenas comenzaba, y Azura estaba a punto de arder bajo la sombra de la Pirata Temible.
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Editado: 20.04.2026