Sail

XXVIII

El fragor de los cañones y el hedor a pólvora de Azura fueron reemplazados por el sonido rítmico de las olas golpeando el casco y una brisa marina que, por primera vez en días, se sentía limpia. El Destino Oscuro había alcanzado aguas seguras, perdiéndose en el abrazo protector de un banco de niebla nocturna. Dentro del barco, la tensión acumulada estalló en una euforia desmedida: el imposible rescate había tenido éxito.
Finola, haciendo gala de su previsión para las crisis, había sacado un barril de ron añejo que guardaba "para el fin del mundo o la boda de un capitán". La cubierta se iluminó con faroles de aceite que oscilaban con el balanceo del mar, creando sombras danzantes sobre las tablas de madera.
—¡Por la capitana más terca de los Siete Mares! —bramó Finola, alzando un jarro de madera—. ¡Y por el principito, que resultó tener más agallas que un tiburón hambriento!
El grito fue coreado por el resto de la tripulación. Pike, con su habitual energía nerviosa, no podía contener la alegría. En medio del improvisado círculo de celebración, Ana, la cabra, parecía haber contagiado su espíritu de la victoria. El animal, quizás borracho por los vapores del ron o simplemente excitado por el bullicio, comenzó a dar saltos acrobáticos.
Pike se lanzó a la pista improvisada, tomando las patas delanteras de la cabra con delicadeza pero firmeza. Ana, lejos de asustarse, se apoyó sobre sus patas traseras, balando al ritmo de la armónica que Barnaby había empezado a tocar. Parecía un baile ensayado: Pike giraba y la cabra trotaba a su alrededor, saltando al unísono con una coordinación cómica que arrancó carcajadas de todos, incluso de Meldrick, que observaba desde el timón con una sonrisa cansada.
—¡Miren eso! ¡La cabra tiene mejor juego de pies que medio regimiento de Azura! —gritó Barnaby entre nota y nota.
Mientras tanto, en un rincón más tranquilo cerca de la borda, Liriel estaba sentada sobre un fardo de velas. Noah le estaba limpiando la herida del hombro con un paño empapado en aguardiente, moviéndose con una cautela casi sagrada. El ambiente festivo contrastaba con el silencio que compartían.
—Podrías estar bailando con la cabra —murmuró Liriel, aunque sus ojos no tenían la dureza de antes. El dolor de la herida era real, pero la presencia de Noah a su lado actuaba como un bálsamo extraño.
—Prefiero asegurarme de que mi capitana no se desangre antes de la próxima tormenta —respondió Noah sin levantar la vista, concentrado en vendar el brazo con precisión—. Además, Pike y Ana hacen una pareja difícil de superar.
Liriel soltó una risa suave, un sonido que Noah rara vez había escuchado. Miró a Tara, que estaba sentada junto a Finola, compartiendo historias y riendo, despojada por fin del peso de la corona. En ese momento, el barco no era solo una nave de piratas; era un refugio de almas perdidas que habían encontrado una familia en el lugar menos esperado.
—Gracias, Noah —susurró Liriel, tan bajo que el príncipe tuvo que inclinarse para oírla—. Por no dejar que el hacha cayera.
Noah se detuvo y la miró a los ojos. En el fondo de las pupilas doradas de Liriel, ya no solo había fuego y sal, sino una chispa de algo que se parecía mucho a la esperanza.
—No iba a permitir que mi historia terminara sin ti, Liriel —respondió él con sinceridad—. Ni la mía, ni la de este barco.
La celebración continuó hasta bien entrada la madrugada. Entre los saltos de Ana, los brindis de Finola y la música de Barnaby, el Destino Oscuro navegaba hacia lo desconocido, no como un grupo de fugitivos, sino como una tripulación unida por el acero, el secreto y la libertad. El Ojo de la Pirata Temible seguía allí fuera, esperando, pero esa noche, el mayor tesoro era simplemente estar vivos para ver el amanecer.




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