La euforia de la celebración se había disipado, dejando tras de sí un silencio denso, solo interrumpido por el rítmico crujir de las cuadernas del Destino Oscuro. La luna, una uña de plata en el cielo, bañaba la cubierta con una luz espectral. En la proa, Noah y Tara se encontraban apoyados contra la borda, sus siluetas recortadas contra el horizonte infinito.
—A veces me parece que sigo en aquel balcón —susurró Tara, jugueteando con un cordón de su nueva casaca de cuero—. Como si esto fuera un sueño febril y en cualquier momento una doncella fuera a despertarme para probarme otro vestido asfixiante.
Noah la miró con ternura. Compartían un vínculo que nadie más en el barco podía comprender: el peso de un apellido y la cicatriz de haber sido piezas en el tablero de sus padres.
—Ya no hay vestidos, Tara. Solo hay millas de océano. Mi padre... él nunca me perdonará esto. He cruzado una línea de la que no se regresa.
—Lo sé —respondió ella, apoyando su cabeza en el hombro de Noah con naturalidad—. Pero al menos ahora somos nosotros quienes decidimos hacia dónde caer.
Desde la pequeña ventana de su cabina, Liriel observaba la escena. Había apagado el candil para no ser vista, y la penumbra de su habitación parecía tragarse su propia figura. Su herida punzaba, pero el dolor que sentía en el pecho era diferente, uno que no podía vendar ni curar con aguardiente. Ver a Noah y Tara tan cercanos, compartiendo susurros y confidencias bajo las estrellas, le provocaba una sensación de vacío que la desconcertaba.
—Son iguales —se dijo a sí misma en un susurro amargo—. Sangre real, destinos entrelazados. Es lo lógico.
Liriel se apartó de la ventana y se dejó caer en su silla, apretando los dientes. Ella era la capitana, la pirata, la mujer que no necesitaba a nadie. Entonces, ¿por qué sentía esa punzada de desánimo al verlos? ¿Por qué la cercanía de Noah con la princesa la hacía sentir más sola de lo que se había sentido en años de navegación solitaria? No lograba entender esa mezcla de envidia y tristeza que nublaba su juicio. Ella no pertenecía a ese mundo de susurros dulces; ella pertenecía a la tormenta.
Afuera, Noah se despidió de Tara con un apretón de manos y se quedó solo en la cubierta, mirando el abismo negro del mar. El silencio de la noche hizo que un recuerdo regresara con una fuerza aterradora: la voz de la sirena.
Todavía podía escuchar ese tono ronco, mandón pero desesperado, que el monstruo había extraído de su mente. "Noah... ayúdame...". La voz de Liriel.
Se llevó las manos a la cabeza, tratando de acallar el eco. ¿Por qué su subconsciente había elegido precisamente esa voz para atraerlo a la muerte? ¿Por qué la sola idea de que Liriel estuviera en peligro lo hacía perder toda razón y lanzarse al vacío? La respuesta estaba allí, flotando entre la bruma y el salitre, pero Noah temía ponerle nombre. Miró hacia la cabina cerrada de la capitana, sintiendo que el misterio de Liriel era mucho más profundo y peligroso que cualquier tesoro que pudieran encontrar en el fondo del mar.
El barco siguió su curso, llevando consigo a tres almas que, en el silencio de la noche, luchaban contra sus propios fantasmas, mientras el destino seguía tejiendo hilos que ninguno estaba listo para enfrentar.
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Editado: 20.04.2026