Sail

XXX

El silencio de la madrugada era absoluto, roto únicamente por el lamento de la madera del Destino Oscuro al enfrentarse a las corrientes profundas. Noah se encontraba sentado en el nido de cuervo, el punto más alto del barco, donde el viento soplaba con una pureza gélida que le ayudaba a ordenar el caos de su mente. Con un trozo de carboncillo y un pergamino arrugado, intentaba trazar una línea que uniera los fragmentos de un rompecabezas que cada vez parecía menos material.
—"El Ojo de la Pirata Temible" —murmuró, dejando que el nombre rodara por su lengua.
Empezó a repasar los hechos. Recordó la reacción de su padre, el Rey Kaelin, cuya ambición no parecía la de un hombre que busca oro, sino la de un cazador que persigue una presa viva. Recordó la mirada del Rey Raeden en el balcón de Azura, una mezcla de horror y reconocimiento que no iba dirigida a un tesoro, sino a la mujer que llevaba la máscara de hierro.
—No es una joya —concluyó Noah, sintiendo un escalofrío—. Un objeto no sangra. Un objeto no tiene una voz que una sirena pueda imitar para romper el corazón de un hombre.
Cerró los ojos y un recuerdo específico lo asaltó, uno que en su momento le pareció una simple anécdota, pero que ahora cobraba un peso trascendental. Fue una tarde tranquila, semanas atrás, cuando Liriel, creyéndose a solas en la cubierta, le había preguntado con una timidez casi infantil sobre las fiestas en el palacio.
"¿Es verdad que las telas de los vestidos de novia son tan suaves que parecen nubes?", le había preguntado ella, con los ojos dorados brillando no con fuego, sino con una curiosidad inocente. "¿Y las joyas? ¿Realmente brillan tanto que pueden iluminar una habitación sin velas?". En aquel momento, Noah había reído, pensando que la capitana simplemente se burlaba de la opulencia. Pero ahora lo veía claro: no era burla, era nostalgia. Era la curiosidad de una niña a la que le arrebataron su corona antes de aprender a llevarla.
—El Ojo no es lo que ella busca —susurró Noah al viento—. El Ojo es lo que ella es.
Mientras tanto, bajo sus pies, en la penumbra de la cabina de la capitana, Liriel libraba su propia batalla contra su reflejo.
Había colocado una pequeña palangana con agua dulce sobre su mesa de mapas. Con un paño de lino limpio, comenzó a frotar su rostro con una delicadeza inusual. Eliminó la mancha de hollín de su mejilla, el rastro de salitre de su frente y la sombra de sangre seca que aún quedaba cerca de su oreja. Por primera vez en años, Liriel no se lavaba para estar lista para el combate, sino para ver qué había debajo de la pirata.
Se acercó al pequeño y desgastado espejo de bronce que colgaba en la pared. Al principio, lo que vio fue a la capitana de siempre: dura, marcada por el sol y las batallas. Pero a medida que el agua limpiaba su piel, emergió algo más. Sus facciones, despojadas de la máscara de guerra, revelaron una elegancia noble que el cuero y las cicatrices no habían logrado borrar por completo.
Liriel se soltó el cabello, dejando que las ondas oscuras cayeran sobre sus hombros. Con un gesto vacilante, casi temeroso de ser descubierta por sus propias sombras, se irguió frente al espejo. Intentó recordar cómo se movían las damas de la corte que veía desde las sombras de los muelles. Se alisó la camisa de lino como si fuera seda fina y ladeó la cabeza, observando el brillo de sus propios ojos.
Por un instante, la dureza desapareció. En el espejo no estaba la "Pirata Temible", sino una princesa que nunca llegó a ser, una niña que se preguntaba si su rostro era digno de ser amado sin el peso de una leyenda detrás. Tocó su mejilla con las yemas de los dedos, asombrada de la suavidad que aún conservaba su piel bajo la costra de sal. Fue un momento de vulnerabilidad absoluta, de una inocencia recuperada en la oscuridad de su celda de madera.
—¿Es esto lo que Noah ve? —se preguntó, y el pensamiento la hizo retroceder como si se hubiera quemado.
Rápidamente, volvió a recogerse el cabello con un cordón de cuero y se pasó la mano por el rostro, borrando la expresión de asombro. Pero la semilla de la duda ya estaba plantada. Ambos, el príncipe en las alturas y la capitana en las profundidades, empezaban a comprender que el mayor secreto del océano no estaba oculto en una isla remota, sino en la conexión invisible que los unía a través de una herencia de sangre y un amor que ninguno de los dos sabía cómo nombrar.




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