Sail

XXXII

Mientras la puerta de la cabina de Liriel aún vibraba por el impacto del portazo y Noah se quedaba petrificado en la cubierta, como una estatua de mármol a la que le hubieran dado un martillazo, Pike y Barnaby se deslizaron hacia la popa. Sus rostros eran un poema de asombro y diversión contenida. Encontraron a Meldrick el Diente Plateado apoyado contra la caña del timón, observando el horizonte con esa expresión de roca antigua que nada parecía perturbar.
Pike, que no podía quedarse quieto ni aunque le clavaran los pies a las tablas, comenzó a gesticular de forma frenética, mientras Barnaby se rascaba la barba, tratando de no soltar una carcajada que despertara la furia de la capitana.
—¡Oh, Meldrick! Tienes que habernos oído —susurró Pike, exagerando los ojos—. ¡Ha sido como ver a un gatito intentando morderle la oreja a un tiburón blanco! ¡El principito finalmente ha sacado las garras de seda!
Meldrick ni siquiera giró la cabeza, pero su diente de plata brilló bajo el sol cuando apenas curvó la comisura de los labios.
—¿Y bien? ¿De qué se trata esta vez? ¿Noah se ha quejado de que el jabón de a bordo huele demasiado a pescado?
—¡Peor, mucho peor! —Barnaby intervino, imitando la voz engolada y dramática de Noah—. "¡Oh, Liriel, tus secretos son una tumba! ¡Dímelo a la cara, eres una princesa de porcelana!". Se ha puesto tan serio que juraría que le ha crecido un centímetro de estatura solo por la indignación. ¡Parecía que iba a retar al viento a un duelo de poesía!
Pike soltó una risita nerviosa y comenzó a representar la escena, moviéndose de un lado a otro en el espacio reducido.
—Y luego... ¡ZAS! La Capi se ha convertido en un volcán de salitre. Se ha puesto tan cerca de él que yo pensaba: "O lo besa para que se calle o le arranca la nariz de un bocado". ¡Y ha elegido la opción C: gritarle hasta que los peces del fondo del mar han aprendido a pedir perdón!
—¡Ha dicho que es una tormenta! —añadió Barnaby, haciendo gestos de explosiones con las manos—. "¡Soy una tormenta, Noah! ¡No soy un mapa!". ¡Meldrick, tendrías que haber visto la cara del pobre muchacho! Se ha quedado más blanco que la vela de proa en un día de niebla. Creo que ha olvidado hasta cómo se respira sin permiso real.
Meldrick soltó un suspiro profundo, un sonido que era mitad cansancio y mitad sabiduría de viejo lobo de mar.
—Ese chico está intentando domar un huracán con un lazo de seda. No entiende que Liriel no tiene miedo de la verdad, tiene miedo de que la verdad la convierta de nuevo en la niña que no pudo defenderse.
—¡Pero lo de la "princesita" ha sido el remate! —Pike se dobló de la risa, bajando la voz al ver que Noah se movía cerca—. Ella le ha gritado que si no le gustaba, ¡que se tirara al agua y nadara hasta su palacio de mentiras! ¡Ana la cabra ha dejado de masticar su cuerda solo para mirar la pelea! Hasta el animal sabe que cuando esos dos se ponen así, lo mejor es no ser un objeto contundente en su camino.
Barnaby se puso serio por un segundo, aunque sus ojos seguían brillando.
—Lo cierto es que Noah tiene razón en una cosa, Meldrick. Ese secreto pesa más que el oro que llevamos en la bodega. Pero decírselo a Liriel es como intentar quitarle una espina a un león con un martillo de guerra.
Meldrick finalmente miró a sus dos subordinados, su ojo sano fijo en ellos con una advertencia silenciosa pero divertida.
—Si terminan de hacer su pequeña obra de teatro, quizá podrían volver a sus puestos antes de que la "tormenta" salga de su cabina y decida que ustedes dos serían unos excelentes mascarones de proa... permanentes.
Pike y Barnaby se enderezaron al instante, haciendo un saludo militar exagerado y burlón.
—¡A la orden, capitán del silencio! —dijeron al unísono, antes de escabullirse hacia la proa, todavía susurrando entre dientes sobre cómo Noah ahora probablemente estaba intentando "discutir con las olas" para recuperar su orgullo herido.
Meldrick se quedó solo frente al timón, mirando la puerta cerrada de Liriel. Sabía que, tras las risas de la tripulación, se escondía el crujido de un mundo que estaba a punto de romperse. La chispa había saltado, y en un barco cargado de pólvora y secretos, solo era cuestión de tiempo para que el fuego lo consumiera todo. O para que, de las cenizas, surgiera algo que ni los reyes ni los piratas habían previsto jamás.




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