Sail

XXXIII

El Destino Oscuro recaló en una cala olvidada de las Islas de la Bruma, un puerto de mala muerte donde la ley se escribía con cuchillos y el aire sabía a pescado ahumado y ron barato. Meldrick, con la voz profunda que solo usaba para las órdenes definitivas, anunció una parada de dos días.
—Necesitamos provisiones frescas y que la madera respire fuera del agua salada —sentenció el contramaestre—. Descansen, pero no se maten. No quiero tener que sacar a nadie de la horca antes del amanecer.
Liriel fue la primera en saltar a tierra. Sin mirar a Noah, con la mandíbula apretada y la capa ondeando tras ella, se dirigió directamente a "La gema del abismo", una taberna destartalada que colgaba peligrosamente sobre un acantilado. Necesitaba quemar la rabia de la discusión en el fondo de un jarro de aguardiente, lejos de los ojos acusadores del príncipe.
Noah, por su parte, se quedó con Meldrick en un pequeño puesto de comida al aire libre, cerca del muelle. Se sentaron frente a un plato de estofado de origen dudoso y un pan tan duro que servía como arma defensiva.
—¿Por qué no me lo dice, Meldrick? —preguntó Noah tras un largo silencio, removiendo su comida con desgano—. Ella sabe que tengo razón. El Ojo, su pasado en Azura... todo encaja.
Meldrick masticó con parsimonia, haciendo brillar su diente de plata bajo la luz anaranjada del atardecer. Miró hacia la taberna donde Liriel acababa de entrar.
—Escucha bien, muchacho —dijo el viejo marino, bajando la voz—. Liriel tiene un pasado que es como una herida que nunca termina de cerrar. Yo estaba allí cuando el mar la escupió, antes de que se convirtiera en la fiera que ves ahora. Sé cosas que nadie más en este océano sospecha, ni siquiera Finola.
Noah dejó la cuchara, con el corazón acelerado. —Entonces, confírmalo. ¿Es ella la princesa perdida?
Meldrick negó con la cabeza lentamente.
—No me corresponde a mí ponerle nombre a sus fantasmas. El respeto en este barco no se gana con la sangre que corre por tus venas, sino con la que estás dispuesto a derramar por los tuyos. Ella me confió su vida cuando no era más que una niña asustada con un cuchillo en la mano. Por respeto a ella, mis labios están sellados con sal. Si quieres la verdad, tendrás que ganártela de su propia boca, no de la mía.
Noah suspiró, frustrado, mirando las luces lejanas de la taberna.
—¿Y el Ojo? —insistió el príncipe—. Mi padre está obsesionado. Dice que es un poder, un linaje.
Meldrick soltó una carcajada seca, rompiendo un trozo de pan.
—El "Ojo de la Pirata Temible" no son más que simples palabras inventadas por marineros borrachos y nobles con demasiado miedo. Los marineros necesitan leyendas para explicar por qué una mujer puede navegar mejor que ellos, y la nobleza... bueno, los de tu clase necesitan darle un nombre mágico a todo lo que no pueden controlar.
El viejo marino señaló el horizonte oscuro.
—Llaman "Ojo" a su instinto, a su rabia y a su capacidad de ver la tormenta antes de que llegue. Quieren convertir a una mujer de carne y hueso en un objeto místico para justificar que quieren encadenarla. No busques una joya, Noah. Busca a la persona que está intentando sobrevivir a la leyenda que le impusieron.
Noah se quedó pensando en las palabras de Meldrick. Mientras el estofado se enfriaba, comprendió que su error no era la curiosidad, sino intentar diseccionar a Liriel como si fuera un mapa del tesoro. Ella no era una clave para resolver un misterio; era un ser humano que prefería ser un monstruo libre antes que una reliquia enjaulada.
—Ella no te odia por preguntar —añadió Meldrick, levantándose y dándole una palmada pesada en el hombro—. Te odia porque tienes razón, y la verdad duele más que el hacha de un verdugo. Dale tiempo. El mar siempre termina devolviendo lo que está oculto, quieras o no.
Noah asintió, quedándose solo frente al mar, mientras en la taberna, Liriel pedía su tercer jarro de ron, intentando ahogar la imagen de un príncipe que la miraba como si fuera la salvación del mundo.




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