Sail

XXXIV

El mercado de la cala era un laberinto de lonas raídas y olores penetrantes donde el aroma del mango maduro luchaba por dominar el hedor del pescado seco. Tara caminaba con una ligereza que sorprendía a los lugareños; por primera vez en su vida, no tenía que esperar a que un catador probara su comida. Con unas cuantas monedas de plata que Finola le había dado "para gastos de emergencia", la princesa compró un par de granadas rojas y unas ciruelas amarillas que brillaban como el oro bajo el sol del atardecer.
—Esto le gustará a Noah —murmuró para sí misma, guardando la fruta en un saco de tela—. Ha estado tan pálido desde la discusión que parece que se va a desvanecer en el aire.
Al doblar una esquina sombreada por una higuera centenaria, una mano delgada y adornada con anillos de cobre la tomó suavemente por la muñeca. Era una mujer de avanzada edad, envuelta en telas de colores vibrantes que contrastaban con su piel curtida y oscura. Sus ojos, nublados por las cataratas pero extrañamente brillantes, se clavaron en los de Tara.
—Hermosa niña de sangre azul y manos de sal —susurró la anciana con una voz que sonaba como el roce de las hojas secas—. Deja que la vieja Zora vea qué caminos está tejiendo el mar para ti. No pido oro, solo una de tus ciruelas.
Tara, cautivada por la atmósfera magnética de la mujer, dejó que tomara su mano derecha mientras le entregaba la fruta. Zora trazó las líneas de su palma con una uña larga y amarillenta, frunciendo el ceño.
—Buscas refugio en lo conocido, en el joven de tu propia estirpe que camina a tu lado —dijo la gitana, mientras la multitud pasaba a su alrededor como un río lejano—. Crees que el amor es ese puente de calma que compartes con él. Pero escúchame bien, hija de Azura: verás el amor a través de otros ojos.
Tara frunció el ceño, confundida. —¿Noah? Él es mi único amigo, mi apoyo...
—Él es tu espejo, no tu puerto —sentenció la anciana, soltando su mano con un gesto brusco—. Tu corazón no latirá por el príncipe que huye, sino por alguien que aún no has aprendido a mirar de verdad. El amor te llegará vestido de tormenta, no de seda. Al que buscas, ya pertenece a otra, aunque él mismo aún no sepa que ha entregado su alma al abismo.
Zora se hundió de nuevo en las sombras de su puesto antes de que Tara pudiera preguntar más. La princesa se quedó allí, de pie en medio del mercado, sintiendo un escalofrío que nada tenía que ver con la brisa. Miró el saco de frutas destinado a Noah y, por primera vez, se preguntó si lo que sentía por él era amor o simplemente el consuelo mutuo de dos náufragos que compartían el mismo naufragio real.
Mientras tanto, en lo más profundo de "La gema del abismo", el ambiente era drásticamente diferente. Liriel no estaba degustando el ron; lo estaba usando para intentar ahogar los pensamientos que Noah había despertado.
La capitana estaba sentada en una mesa de madera pegajosa, rodeada de piratas de baja estofa que mantenían una distancia prudencial. Su cabello estaba desordenado y su casaca de cuero abierta. Frente a ella, tres jarras vacías daban fe de su estado. Tenía la mirada perdida en la llama de una vela que se consumía, viendo en el fuego la cara de Noah y su estúpida insistencia en salvarla.
—¡Otro! —gritó, golpeando la mesa con el jarro vacío.
El tabernero se acercó con cautela. —Capitana, ya ha tenido suficiente. El aguardiente de aquí tumba a un buey.
Liriel lo agarró por el cuello de la camisa con una fuerza sorprendente para alguien que apenas podía mantener el equilibrio. Sus ojos dorados estaban inyectados en sangre y nublados por el alcohol.
—Tú no sabes... —balbuceó Liriel, con la voz arrastrada—. Tú no sabes lo que es tener a un príncipe idiota... mirándote como si fueras... como si fueras algo limpio. Como si no tuviera las manos manchadas de la sangre de mis amigos.
Soltó al hombre y se echó a reír, una risa ronca que terminó en un suspiro quebrado. El alcohol no estaba funcionando. En lugar de borrar la cara de Noah, la estaba haciendo más nítida. Recordaba el roce de sus manos vendándole el hombro y la rabia de sus palabras en la cubierta.
—"Tus secretos son una tumba" —susurró para sí misma, imitando el tono de Noah antes de beberse el último trago de la jarra que el tabernero dejó por miedo—. Pues bienvenido a la fosa, principito. Aquí no hay coronas, solo hay sed.
Liriel se dejó caer sobre la mesa, con la mejilla apoyada en la madera fría. Estaba bien ebria, perdida en un laberinto de resentimiento y una soledad que el ron solo lograba amplificar. Mientras Tara descubría que su futuro no estaba atado a Noah, Liriel se hundía en la amarga comprensión de que, por mucho que quisiera alejar al príncipe, él ya se había convertido en el único faro que lograba iluminar su oscuridad, y eso la aterraba más que cualquier ejecución real.




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