Sail

XXXV

La noche en la cala de las Islas de la Bruma se había vuelto densa y pegajosa, cargada con el olor a brea y el humo de las hogueras de los muelles. Dentro de "La gema del abismo", el aire era irrespirable. Liriel tenía la frente apoyada en la mesa, su mano aún aferraba el asa de una jarra de peltre como si fuera la última driza de un barco en pleno naufragio. Las voces de los borrachos a su alrededor eran un zumbido lejano, hasta que una sombra masiva se proyectó sobre su mesa, bloqueando la luz de las velas.
—Vaya, vaya... Si no lo viera con mis propios ojos, diría que el mar se ha secado y que la gran Liriel ha decidido ahogarse en un charco de mala muerte.
La voz era profunda, vibrante y cargada de una familiaridad socarrona. Liriel alzó la cabeza con un esfuerzo monumental. Sus ojos dorados, desenfocados por el exceso de alcohol, tardaron en reconocer la figura frente a ella. Era un hombre alto, de hombros anchos y piel curtida por el sol de latitudes aún más extremas, con el cabello castaño alborotado y una cicatriz que le cruzaba el pómulo izquierdo.
—¿Kitt? —balbuceó Liriel, intentando ponerse en pie, pero sus piernas decidieron que no tenían intención de obedecer—. ¿Estás muerto... o soy yo la que ha llegado al infierno finalmente?
Kitt, uno de los tripulantes más antiguos y leales del Destino Oscuro, que se había separado del grupo meses atrás para realizar una misión de espionaje en las rutas del norte, soltó una carcajada sonora. Se acercó a ella y la tomó de los hombros antes de que su cara volviera a besar la madera de la mesa.
—Ni lo uno ni lo otro, Capitana. Solo soy un marinero que ha caminado mucho para encontrar a su tripulación y se encuentra con que su jefa ha decidido jubilarse en una taberna de cuarta —Kitt suspiró, viendo el estado lamentable de Liriel—. Estás hecha un desastre, jefa.
—¡Tú eres... un desastre! —protestó ella, intentando señalarlo con un dedo que apuntaba al techo—. Noah... el príncipe idiota... tiene la culpa. Me miró... me miró demasiado.
Kitt arqueó una ceja, intrigado por la mención de un "príncipe", pero decidió que las explicaciones podían esperar. Sin previo aviso y con la facilidad de quien levanta un fardo de especias, Kitt cargó a Liriel sobre su hombro derecho como si fuera un costal de patatas.
—¡Suéltame, motín! ¡Es un motín! —protestó Liriel, golpeando débilmente la espalda del hombre con sus puños desganados.
—Cállate, Liri, o te dejaré caer en el próximo charco de barro —respondió Kitt con una sonrisa, saliendo de la taberna y caminando con paso firme hacia los muelles.
En la cubierta del Destino Oscuro, el ambiente era de vigilia. Meldrick, Finola, Pike y Barnaby estaban reunidos cerca de la escala, preocupados por la tardanza de la capitana. Noah, apartado cerca del mástil principal, observaba la pasarela con una mezcla de ansiedad y arrepentimiento, todavía masticando las palabras de la discusión de la mañana.
De repente, una figura emergió de las sombras del puerto.
—¡Alguien traiga un barril de agua fría y una soga, que he encontrado un tesoro muy pesado! —gritó Kitt al acercarse.
El silencio de la cubierta se rompió en un instante.
—¡¿Kitt?! —el grito de Finola fue un estallido de alegría. Corrió hacia él y lo rodeó con un abrazo que casi lo hace tambalear, a pesar de la carga que llevaba.
—¡Por las barbas de un tritón, estás vivo! —exclamó Barnaby, dándole una palmada en el brazo mientras Pike saltaba de alegría alrededor de ellos, seguido de cerca por Ana la cabra, que balaba como si también reconociera al recién llegado.
Meldrick dio un paso al frente, con su diente de plata brillando bajo la luz de los faroles. —Llegas en el momento justo, Kitt. Aunque veo que has traído equipaje de mano.
Kitt depositó a Liriel en el suelo de la cubierta con cuidado, pero ella simplemente se ovilló, murmurando algo ininteligible sobre "vestidos de seda y tiburones". La tripulación reía, celebrando el regreso de su compañero, pero el júbilo tenía un matiz de alivio al ver que su capitana, aunque ebria, estaba a salvo.
Noah, sin embargo, no se acercó. Se quedó en las sombras, observando la escena en un silencio sepulcral. Sus ojos pasaban de la figura derrotada de Liriel en el suelo a ese hombre nuevo, Kitt, que se movía con una confianza y una camaradería que él nunca podría alcanzar. Vio cómo Kitt le guiñaba un ojo a Finola y cómo Meldrick le ponía una mano en el hombro con un respeto genuino.
Sintió una punzada de algo que no supo identificar: ¿era celos? ¿O era la comprensión de que Liriel tenía un mundo entero, una historia de años con personas que la conocían sin necesidad de preguntar, un mundo en el que él siempre sería un intruso de sangre azul?
Kitt levantó la vista y sus ojos se encontraron con los de Noah. El veterano marinero escrutó al príncipe de arriba abajo, notando su ropa fina, sus manos menos curtidas y la intensidad de su mirada. Kitt no dijo nada, pero sostuvo la mirada de Noah durante un segundo interminable, reconociendo al instante que ese joven era la razón del estado de su capitana.
—Así que este es el famoso "pasajero" —comentó Kitt en voz alta, dirigiéndose a Meldrick pero sin dejar de mirar a Noah—. Tiene cara de haber visto un fantasma. O de haber provocado una tormenta que no sabe cómo detener.
Noah apretó los puños, pero mantuvo el silencio. La alegría del reencuentro de la tripulación resaltaba aún más su soledad. Mientras se llevaban a Liriel hacia su cabina para que durmiera su borrachera, Noah se quedó solo en la proa, sintiendo que el equilibrio del barco había cambiado y que, con la llegada de Kitt, el misterio de la "Pirata Temible" estaba a punto de volverse mucho más complicado.




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