Sail

XXXVI

La mañana siguiente en las Islas de la Bruma nació envuelta en una neblina tan espesa que el palo mayor del Destino Oscuro parecía disolverse en un cielo de color plomo. El silencio en el barco era denso, roto únicamente por el chapoteo del agua contra el casco y el lejano graznido de las gaviotas. Liriel despertó en su cabina con una sensación de que un ejército de cangrejos marchaba por el interior de su cráneo. Se sentó en el borde del jergón, apretando las sienes con las manos, mientras los fragmentos de la noche anterior regresaban como astillas de un naufragio: la taberna, el ron ardiente, el hombro de Kitt y, sobre todo, la mirada de Noah.
—Maldita sea —gruñó, poniéndose en pie con un esfuerzo que le hizo ver estrellas.
Al salir a cubierta, el aire frío la golpeó como una bofetada necesaria. Cerca de la cocina de a bordo, Kitt estaba sentado sobre un barril, afilando un cuchillo de caza con una piedra de amolar. El sonido rítmico del metal contra la piedra cesó en cuanto Liriel apareció.
—Vaya, la capitana ha decidido unirse al mundo de los vivos —dijo Kitt con una sonrisa ladeada, guardando la piedra—. Por un momento pensé que tendríamos que pasarte por quilla para que el agua salada te despertara los sentidos.
Liriel se acercó, ignorando la broma. Sus ojos buscaron instintivamente a Noah, pero solo encontró a Tara en la proa, quien compartía las frutas que había comprado ayer con Pike y Barnaby. Noah estaba más lejos, cerca del timón, fingiendo estar absorto en la limpieza de unos cabos que ya estaban impecables.
—¿Cuánto tiempo te quedas esta vez, Kitt? —preguntó Liriel, apoyándose en la borda, sintiendo el peso de la mirada de Noah en su nuca.
—El tiempo que necesites para que no vuelvas a terminar en una mesa de taberna gritando sobre príncipes y vestidos —respondió Kitt, bajando la voz. Sus ojos castaños se tornaron serios—. Liri, he estado en los puertos del norte. La noticia de la "Pirata Temible" capturada y rescatada en Azura está corriendo como fuego en un polvorín. Kaelin y Raeden no solo están humillados; están furiosos. Han puesto un precio por tu cabeza que haría que tu propia sombra intentara degollarte.
Liriel apretó los puños. La mención de Azura reabrió la brecha de su discusión con Noah. Kitt, notando la tensión, miró hacia el príncipe.
—Parece un buen chico —continuó Kitt, examinando el filo de su cuchillo—. Pero tiene ojos de alguien que busca algo que no le pertenece. Los de su clase siempre creen que pueden "arreglar" lo que consideran roto. No sabe que tú no estás rota, Liriel. Estás forjada.
Mientras tanto, en el otro extremo del barco, Noah sentía que la presencia de Kitt era como un muro infranqueable. Había visto cómo Kitt y Liriel compartían confidencias con una naturalidad que él envidiaba. Para él, cada palabra con Liriel era una batalla; para Kitt, parecía ser una danza coreografiada por años de complicidad.
Tara se acercó a Noah, ofreciéndole una de las ciruelas amarillas.
—Zora tenía razón —susurró la princesa, mirando a Kitt y luego a Noah—. Hay ojos que ven cosas que nosotros no podemos. Noah, ese hombre sabe quién es ella. Realmente lo sabe. No porque lo haya deducido como tú, sino porque estuvo allí cuando ella dejó de ser quien era.
Noah tomó la fruta, pero no la probó. Su mente seguía fija en la imagen de Liriel lavándose el rostro en el espejo, buscando la pureza.
—No es solo quién es ella, Tara —respondió Noah en voz baja—. Es lo que Kitt representa. Él es su pasado de pirata, su lealtad a este mundo de sombras. Yo soy el recordatorio de todo lo que ella perdió y de todo lo que odia. Mientras él esté aquí, yo siempre seré el enemigo, sin importar cuántas veces nos salvemos la vida.
Liriel se giró bruscamente y caminó hacia el timón, pasando junto a Noah sin detenerse, pero el roce de sus hombros fue eléctrico. Kitt observó la interacción desde su barril, guardando su cuchillo con un movimiento experto. El veterano sabía que el peligro no solo venía de las flotas reales que los perseguían, sino del incendio que crecía en el corazón del barco.
—¡Meldrick! —gritó Liriel, recuperando su voz de mando, aunque todavía le retumbaba la cabeza—. ¡Leva anclas! No nos quedaremos aquí para que los cazarrecompensas nos encuentren en la cama. Rumbo al Mar de las Sombras. Si quieren mi cabeza, tendrán que buscarla en el lugar donde el sol no se atreve a entrar.
El Destino Oscuro comenzó a cobrar vida. La tregua del puerto había terminado. Entre la alegría por el regreso de Kitt y la tensión no resuelta entre el príncipe y la capitana, el barco se adentró nuevamente en la inmensidad azul, llevando consigo a una tripulación que, ahora más que nunca, navegaba sobre un barril de pólvora a punto de estallar.




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