Sail

XXXVII

El aroma a guiso de pescado y especias inundaba la parte baja del barco. Desde la cocina, se filtraban las risas estruendosas de Pike y las anécdotas exageradas de Kitt, quien ya tenía a toda la tripulación hipnotizada con sus historias del norte. Incluso Tara se había unido, buscando refugio en el bullicio humano para acallar las palabras de la gitana.
Arriba, en la cubierta principal, el mundo era distinto. La neblina se había disipado, dejando paso a un cielo teñido de violeta y naranja. Noah encontró a Liriel junto a la rueda del timón, que Meldrick había dejado fija por el momento. Ella no estaba bebiendo, ni gritando; simplemente miraba las estelas de espuma que el barco dejaba atrás, con el cabello ondeando suavemente y una expresión de cansancio infinito.
Noah se acercó con pasos lentos, evitando cualquier movimiento que pudiera parecer una amenaza o una invasión. Se detuvo a un par de metros, dejando que el sonido del viento llenara el espacio entre ellos.
—Liriel —dijo suavemente. Su voz no tenía el filo de la última vez; sonaba a rendición.
Ella no se tensó, pero sus dedos apretaron ligeramente la madera de la borda. —Si vienes a darme otro sermón sobre mis "tumbas", Noah, ahórratelo. Tengo suficiente con el dolor de cabeza que me dejó el ron.
—No —respondió él, dando un paso más—. Vengo a disculparme.
Liriel giró la cabeza lentamente, sorprendida por la falta de resistencia en su tono. Noah no la miraba con la intensidad del detective que quiere resolver un misterio, sino con una vulnerabilidad que lo hacía parecer mucho más joven.
—Ayer... dije cosas que no tenía derecho a decir —continuó Noah, bajando la vista hacia sus propias manos—. Hablé de tus muertos y de tu dolor como si fueran piezas de un juego. Me dejé llevar por la frustración de no entenderte, y en el proceso, olvidé que tú eres quien ha sangrado por este barco, no yo.
Liriel se mantuvo en silencio, pero su mirada se suavizó apenas un milímetro. Noah suspiró, dejando que sus emociones, esas que tanto había intentado reprimir bajo protocolos reales, fluyeran por fin.
—La verdad es que... me asusta, Liriel. Me asusta que el mundo sea tan cruel con alguien como tú. Y me asusta más darme cuenta de que, sin importar quién seas —princesa, pirata o una simple náufraga—, solo quiero que estés a salvo. Mi rabia no era contra ti, sino contra el hecho de que no puedo protegerte de tu propio pasado.
Liriel soltó un suspiro largo, soltando la tensión de sus hombros. La luz del atardecer le daba a sus ojos dorados un matiz de miel líquida.
—Eres un idiota, Noah —susurró, pero esta vez no había veneno en sus palabras—. No puedes proteger a una tormenta de la lluvia. Es lo que soy.
—Lo sé —Noah se acercó lo suficiente para sentir el calor que emanaba de ella—. Pero incluso las tormentas necesitan un puerto a veces. Solo quería que supieras que, aunque no entienda todos tus secretos, ya no voy a intentar arrancártelos. Me quedaré con lo que decidas darme.
Se produjo un silencio largo, pero no era incómodo. Era la primera vez en mucho tiempo que el aire entre los dos no quemaba. Liriel lo miró, estudiando la sinceridad en su rostro, y por un momento, la "Pirata Temible" pareció quedar muy lejos, dejando solo a la mujer que Noah había visto frente al espejo.
—Kitt dice que tienes ojos de alguien que busca lo que no le pertenece —dijo ella en voz baja—. ¿Es verdad?
Noah dio el último paso, quedando a escasos centímetros. El olor a salitre y a la fragancia limpia que Liriel siempre conservaba lo envolvió.
—No busco una corona, ni un tesoro, Liriel. Solo busco que la persona que tengo enfrente deje de mirarme como si fuera el enemigo.
Liriel no se alejó. Por el contrario, dejó que su mano rozara brevemente la manga de la casaca de Noah, un contacto casi imperceptible, pero que para ellos significaba más que cualquier discurso.
—No eres el enemigo, Noah —admitió ella, tan bajo que casi se perdió con el romper de las olas—. Solo eres... la complicación más grande que he subido a bordo.
Bajo la luz mortecina del día, rodeados por el mar inmenso y con la tripulación riendo ajena bajo sus pies, Noah y Liriel sellaron una tregua silenciosa. No era una solución a sus problemas, ni la revelación de todos los misterios, pero era un puente tendido sobre el abismo; un momento de paz antes de que el destino, implacable, volviera a reclamar su deuda.




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