Sail

XXXVIII

El atardecer se había hundido finalmente bajo la línea del horizonte, dejando tras de sí un cielo de terciopelo azul profundo salpicado de las primeras estrellas. En la cubierta, el aire se había vuelto gélido, pero entre Noah y Liriel la temperatura parecía ascender con cada latido compartido. El silencio que siguió a las palabras de Liriel no era un vacío, sino un espacio cargado de todo lo que ambos habían callado desde que el Destino Oscuro zarpó de las costas de Kaelin.
Noah, impulsado por una fuerza que no nacía de la razón sino de un instinto de protección y anhelo que ya no podía contener, acortó la última distancia. Sin pensarlo, casi de forma inconsciente, rodeó con sus brazos la cintura de Liriel.
Ella se tensó por una fracción de segundo, un reflejo condicionado por años de guardia constante, pero el calor de Noah y la sinceridad de su abrazo actuaron como un ancla. Liriel dejó escapar un suspiro tembloroso y, por primera vez, permitió que su cuerpo se relajara contra el pecho del príncipe. Su cabeza encontró el hueco de su hombro, y por un instante, la capitana que desafiaba a los reyes desapareció, dejando solo a una mujer que buscaba descanso.
Noah hundió el rostro en el cabello de ella, respirando el aroma a sal, madera y esa fragancia sutil que solo ella poseía. Sus manos la sujetaron con una firmeza que prometía no soltarla nunca, como si a través de ese contacto pudiera transferirle toda la fuerza que ella necesitaba para cargar con sus leyendas.
—Noah… —susurró ella contra su cuello, una advertencia que sonaba más a una invitación.
Él se separó apenas unos centímetros, lo justo para buscar sus ojos. En la penumbra, el dorado de la mirada de Liriel brillaba con una vulnerabilidad que lo desarmó por completo. Noah no lo planeó; no hubo protocolos, ni miedos, ni dudas sobre linajes o traiciones. Simplemente sucedió.
Se inclinó y, por puro instinto, selló sus labios con los de ella.
Fue un beso que sabía a tormenta y a redención. Al principio fue suave, una pregunta cautelosa, pero rápidamente se transformó en algo más profundo, un choque de necesidades mutuas. En ese beso, Noah entregó su lealtad y Liriel, por un momento, soltó las cadenas de su pasado. El mundo a su alrededor —la misión del Ojo, la furia de los reyes, la presencia de Kitt y la sombra de Azura— dejó de existir. Solo importaba el crujir de la madera bajo sus pies y la verdad física de que se pertenecían más de lo que cualquiera de los dos se atrevía a admitir.
Cuando finalmente se separaron, ninguno de los dos se apartó del todo. Noah mantuvo su frente apoyada contra la de Liriel, sus respiraciones mezclándose en el aire frío de la noche.
Liriel lo miró, con los labios entreabiertos y la respiración agitada. La confusión y el asombro luchaban en sus facciones.
—Te dije que me destruirías, Noah —dijo ella en un hilo de voz, pero su mano se cerró con fuerza sobre la camisa del príncipe, atrayéndolo hacia sí—. O que yo te destruiría a ti.
—Entonces deja que nos volvamos cenizas juntos —respondió él, con una determinación que no dejaba lugar a la duda.
Abajo, en la cocina, las risas de la tripulación continuaban, ajenos a que en la cubierta superior, el equilibrio del Destino Oscuro acababa de cambiar para siempre. Ya no eran un pasajero y su captora, ni un príncipe y una pirata; eran dos náufragos que habían encontrado, en medio del caos, la única verdad por la que valía la pena seguir navegando.




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