Sail

XXXIX

La madera del Destino Oscuro pareció dejar de crujir por un instante, como si el mismo barco contuviera el aliento ante lo que acababa de ocurrir en su cubierta. Noah y Liriel permanecían unidos, envueltos en una atmósfera tan densa que el resto del mundo —el ruido de la cocina, el balanceo del mar, las estrellas— se sentía como una pintura lejana y borrosa.
Liriel fue la primera en romper el contacto, aunque no se alejó. Sus dedos, callosos y marcados por el manejo de las cuerdas, rozaron la mejilla de Noah con una suavidad que parecía dolerle.
—Esto… —comenzó ella, y su voz, siempre tan firme frente al peligro, se quebró ligeramente—. Esto es un error, Noah. Un error de los que hunden barcos y queman ciudades.
—Entonces que arda todo —respondió Noah, atrapando la mano de ella y presionándola contra su rostro—. He pasado toda mi vida haciendo lo correcto, siguiendo las reglas de un padre que me usó como carnada. Si esto es un error, es el primero que elijo cometer por mi cuenta.
Liriel soltó una risa amarga, pero sus ojos estaban llenos de una calidez desconocida.
—Eres un idealista. Crees que el amor es un escudo, pero en mi mundo, el amor es solo un punto ciego por donde te clavan la daga. Si Kitt o Meldrick nos ven… si la tripulación sospecha que su capitana ha perdido el juicio por un príncipe de Kaelin…
—No he perdido el juicio —lo interrumpió él, dando un paso más hacia ella, acortando de nuevo el espacio—. He recuperado la vista.
Liriel se apartó finalmente, dándose la vuelta para mirar hacia el mar oscuro. Se abrazó a sí misma, sintiendo todavía el calor de los brazos de Noah en su cintura. La confusión la devoraba. Por un lado, quería gritarle que bajara a su camarote y no volviera a mirarla; por otro, sentía una necesidad física de volver a refugiarse en ese abrazo que la hacía sentir, por primera vez en diez años, que no tenía que ser una leyenda para ser aceptada.
—Vete a dormir, Noah —dijo ella, sin girarse, aunque su tono ya no tenía la autoridad de una orden, sino la fragilidad de una súplica—. Mañana entraremos en el Mar de las Sombras. Necesito a mi "pasajero" despierto y alerta, no soñando despierto con piratas que no existen.
Noah supo que era todo lo que obtendría esa noche. Respetó su distancia, pero antes de retirarse, se acercó a su oído.
—La "Pirata Temible" podrá no existir para ti ahora mismo, Liriel. Pero la mujer que acabo de besar es muy real. Y ella no tiene que esconderse de mí.
Noah caminó hacia las escaleras, dejando a Liriel sola con el timón. Ella se quedó allí, inmóvil, mirando cómo su figura desaparecía en la penumbra. Se llevó los dedos a los labios, sintiendo todavía el sabor a sal y a la promesa que Noah había dejado en ellos.
—Maldita sea —susurró al viento, mientras una lágrima solitaria, la primera en años, se deslizaba por su mejilla—. Realmente me va a destruir.
Lo que ninguno de los dos notó fue una sombra sentada en lo alto de la jarcia. Kitt, que había subido para revisar las poleas en silencio, lo había visto todo. El veterano marinero apretó los dientes, guardando su cuchillo de nuevo en la funda. Su rostro no reflejaba burla ni alegría, sino una profunda y oscura preocupación. Sabía que un capitán que entrega su corazón es un capitán que pierde el rumbo, y en las aguas que estaban por cruzar, el más mínimo error de navegación los llevaría a todos directamente al abismo.




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