Sail

XLII

El silencio que siguió al cese del "Canto Inverso" era casi más aterrador que el murmullo de las sombras. El aire en la cubierta se sentía pesado, cargado con el residuo de los sueños rotos y la humedad gélida del abismo. Tara, despojada de su armadura de princesa y de su recién estrenada valentía de fugitiva, temblaba con una fuerza que amenazaba con romperle los huesos. Sus pies descalzos sobre la madera mojada buscaban un equilibrio que su mente ya no podía proporcionarle.
Kitt, que la había derribado para salvarla del salto final, no la soltó al ver que el trance se rompía. Al contrario, al sentir la fragilidad de la joven en sus brazos, la envolvió con la misma firmeza con la que un marinero asegura una vela antes del huracán.
Tara, aturdida y con los ojos aún fijos en el rastro de espuma verde que casi la devora, se hundió en el pecho de Kitt. No buscaba romance, buscaba la solidez de lo real. Kitt olía a tabaco, a cuero viejo y a esa seguridad metálica de quien ha sobrevivido a mil tormentas. Para ella, el mundo de espejos y bailes de seda se había desmoronado, dejando solo el frío de la muerte, y los brazos de Kitt eran la única muralla que quedaba en pie.
—Ya pasó, pequeña —susurró Kitt, su voz resonando profundamente en su pecho—. Respira. El mar miente, pero la madera es real. Siente la madera.
Tara sollozó, escondiendo el rostro en la ruda casaca del veterano.
—Vi... vi a todos, Kitt. Estaban allí, llamándome por mi nombre... el nombre que ya no tengo —su voz era un hilo quebrado—. Era tan hermoso que dolía.
Kitt no respondió con palabras dulces. Él conocía el hambre de ese mar mejor que nadie. Simplemente la estrechó más, permitiendo que ella descargara todo el peso de su miedo sobre él. Sus manos grandes y curtidas, que habían manejado cañones y degollado enemigos, ahora sostenían con una delicadeza inesperada la espalda de la princesa de Azura.
A pocos metros, Liriel, aún apoyada en Noah, observó la escena. Ver a Kitt, el hombre más cínico y endurecido de su tripulación, ofreciendo ese refugio a Tara, le provocó una punzada de alivio y algo que se parecía a la melancolía.
—Está en buenas manos —murmuró Noah, todavía sosteniendo a Liriel, pero sin quitarle la vista a Tara.
—Kitt sabe lo que es perder un hogar —respondió Liriel en voz baja, recuperando poco a poco su voz de mando—. Él es el único de nosotros que sabe cómo reconstruirse desde las cenizas sin volverse un monstruo del todo.
Tara se aferró a la camisa de Kitt, cerrando los ojos con fuerza. En medio del Mar de las Sombras, bajo la mirada de una tripulación de parias, la princesa entendió que el amor que la gitana le había profetizado —ese amor visto a través de "otros ojos"— no tenía nada que ver con la calma que Noah le ofrecía. Se trataba de esto: de encontrar un puerto en la tormenta, de ser sostenida por alguien que no le pedía ser una dama, sino simplemente que siguiera respirando.
Kitt levantó la vista hacia el horizonte de niebla, su rostro pétreo ocultando cualquier emoción, pero no hizo ningún gesto por apartar a Tara. La dejó quedarse allí, bajo su protección, mientras el Destino Oscuro seguía abriéndose paso entre las voces de los muertos, impulsado por la voluntad de aquellos que todavía tenían algo vivo por lo que luchar.




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