Sail

XLIII

La marea de los espectros había retrocedido, pero el rastro de su paso permanecía en la mirada perdida de las mujeres y en el frío sobrenatural que se aferraba a las cuadernas del Destino Oscuro. Bajo la dirección de Meldrick, se impuso una tregua táctica con el Mar de las Sombras. Con un gesto de su mano curtida, el contramaestre ordenó a las mujeres que bajaran a la zona de descanso, una orden que Liriel, aún pálida, no tuvo fuerzas para debatir.
—Hoy el mar no las quiere a bordo, y el barco tampoco —sentenció Meldrick con una solemnidad inusual—. Bajen. Nosotros mantendremos el rumbo.
En la cubierta, el ambiente cambió radicalmente. Se acabó el bullicio y la tensión de las voces femeninas; en su lugar, se instaló un pragmatismo masculino, silencioso y rudo. Kitt asumió el mando de la jarcia, moviéndose entre las cuerdas con la agilidad de un gato montés, asegurando que cada nudo fuera doble y que ninguna vela se soltara bajo el peso de la niebla. Pike y Barnaby, usualmente los bufones de la tripulación, trabajaban ahora con una seriedad sepulcral, fregando la cubierta con vinagre y sal para eliminar el rastro viscoso que las sombras habían dejado tras de sí.
Noah, por su parte, se encargó de la vigilancia en la proa junto a Meldrick. Sus manos, que antes temblaban por la emoción del beso, ahora sostenían con firmeza el catalejo y el hacha de abordaje. No había espacio para el romance ni para el arrepentimiento; solo existía la necesidad de ser el escudo que Liriel no podía ser en ese momento. Los hombres no hablaban entre sí; se comunicaban con gestos, con la mirada y con el esfuerzo físico compartido, creando una burbuja de seguridad alrededor de sus compañeras.
Mientras tanto, en la zona de las literas, un mundo de vulnerabilidad y calma forzada comenzaba a florecer. Finola había encendido un pequeño brasero de cobre, quemando hojas de eucalipto y lavanda para purificar el aire del olor a muerte. El ambiente era tenue, iluminado solo por la luz ámbar del fuego.
Tara estaba sentada en un rincón, envuelta en una manta de lana gruesa que Kitt le había entregado antes de que bajara. Sus ojos, que antes buscaban la salida hacia el abismo, ahora observaban las llamas con una quietud hipnótica. A su lado, Liriel se había despojado de su casaca y de sus botas. Estaba tumbada sobre un fardo de velas, con los brazos cruzados detrás de la cabeza, mirando el techo de madera mientras intentaba reconciliarse con el hecho de que su voluntad casi se quiebra.
—¿Siguen ahí? —preguntó Tara en un susurro, rompiendo el silencio.
—Las voces siempre están ahí, princesa —respondió Liriel, con la voz ronca pero calmada—. Solo que a veces el mar grita más fuerte que nuestra propia razón. Pero escucha...
Desde arriba, llegaba el sonido rítmico de las botas de los hombres contra la madera, el chirrido de las poleas siendo ajustadas y el murmullo bajo de Kitt dando una indicación a Pike. Era un sonido constante, sólido, un latido mecánico que les recordaba que el barco seguía avanzando.
—Ellos están cuidando el mundo —continuó Liriel, cerrando los ojos—. Por una vez, deja que ellos lleven el peso del acero. Nosotros ya hemos cargado con el peso de los sueños.
Finola se acercó con tres tazas de un brebaje caliente y amargo.
—Beban esto. Es raíz de valeriana y un toque de mi reserva especial. Les ayudará a dormir sin soñar. Aquí abajo, el ayer no existe. Solo existe el calor de este fuego y el hecho de que seguimos respirando.
Tara tomó la taza con manos temblorosas, sintiendo cómo el calor le devolvía la sensibilidad a los dedos. Miró a Liriel y vio, por primera vez, no a la pirata temible, sino a una mujer cansada que se permitía, en la oscuridad de la bodega, dejar de ser una leyenda.
La capitana finalmente se relajó. El balanceo del barco, antes amenazante, se convirtió en una cuna. Se dejó llevar por el aroma del eucalipto y el sonido protector de los hombres trabajando sobre sus cabezas. En esa pequeña burbuja de paz, las mujeres del Destino Oscuro se permitieron soltar las armas y las defensas, confiando sus vidas al silencio de los centinelas que, arriba en la niebla, juraban no dejar que ninguna sombra cruzara de nuevo el umbral de su refugio.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.