Sail

XLIV

El aire en la bodega se había vuelto denso y cálido, saturado por el aroma del eucalipto y el vapor que emanaba de las tazas de peltre. El balanceo del Destino Oscuro era aquí abajo un movimiento rítmico, casi maternal, que finalmente había logrado lo imposible: rendir a la capitana.
Tara, envuelta en su manta, observaba a Liriel desde su rincón. La "Pirata Temible" dormía con una expresión que Tara nunca le había visto; sin el ceño fruncido por la autoridad, sin la vigilancia constante en sus pupilas doradas. En la penumbra, las facciones de Liriel revelaban una nobleza que el sol y la sal no habían podido erosionar. Sus labios, que horas antes habían sido sellados por el beso de Noah, ahora estaban entreabiertos en una respiración profunda y tranquila.
—Se ve tan diferente cuando no está intentando asustar al mundo —susurró Tara, casi para sí misma.
Finola, que estaba limpiando un mortero de piedra con un trapo aceitado, levantó la vista y sonrió de lado.
—Es una máscara necesaria, princesa. En este mar, si no ruges, te devoran. Pero incluso los leones necesitan cerrar los ojos de vez en cuando.
Tara asintió lentamente, pero su mirada seguía fija en el rostro de la capitana. Una sensación extraña, un eco de familiaridad que no lograba ubicar, le recorrió la espina dorsal.
—Finola... sé que suena a locura, especialmente después de casi saltar por la borda, pero hay algo en ella. Cuando la miro, no siento que estoy conociendo a una extraña. Siento como si la conociera de hace mucho tiempo. Como si su voz fuera un eco de algo que escuché en mi infancia, antes de que todo se volviera gris.
Finola se detuvo un segundo, sus ojos chispeando con una sabiduría que ocultaba tras sus frascos de pólvora. Sabía más de lo que decía, pero decidió que el ambiente necesitaba luz, no más misterios pesados.
—Bueno, quizá es que todas las mujeres con carácter fuerte estamos conectadas por un hilo invisible de terquedad —soltó Finola con una risita, tratando de aligerar el peso de la conversación—. O tal vez es que ambas comparten ese extraño gusto por meterse en líos con príncipes que no saben quedarse en sus castillos.
Tara soltó una pequeña risa, la primera en horas, relajando los hombros.
—Supongo que tienes razón. Aunque mi lío es mucho más... diplomático que el de ella.
—¡Oh, vamos! No me vengas con diplomacias ahora —Finola dejó el mortero y se inclinó hacia Tara con una expresión pícara y divertida—. Hablemos de cosas importantes. Te vi ahí arriba, princesa. Casi te conviertes en comida para peces, pero terminaste siendo el relleno de un sándwich de Kitt. Cuéntame, ¿cómo se siente estar en los brazos del hombre más huraño y cubierto de cicatrices del océano? ¿Es tan cómodo como parece o huele demasiado a tabaco viejo y malas decisiones?
Tara sintió que el calor le subía a las mejillas, un rubor que no tenía nada que ver con el brasero. La imagen de Kitt sosteniéndola, de su pecho firme y su voz retumbando como un trueno protector, regresó a su mente con una nitidez asombrosa.
—¡Finola! —exclamó Tara en un susurro escandalizado, aunque no podía evitar sonreír—. No fue... no fue así. Me estaba salvando la vida.
—Claro, claro —se burló Finola, guiñándole un ojo mientras agitaba una cuchara de madera—. Salvando la vida, dándote calor, asegurándose de que no te escaparas... Kitt suele tratar a todo el mundo como si fueran sacos de lastre, pero contigo parecía que estaba sosteniendo un huevo de cristal. Ten cuidado, Tara. Ese hombre tiene el corazón hecho de hierro fundido, pero si logras que se derrita, podrías quemarte. ¡Y yo no tengo ungüento para ese tipo de quemaduras!
Tara bajó la vista hacia sus manos, jugueteando con el borde de la manta.
—No es eso... es solo que, por un momento, el mundo dejó de dar vueltas. Él se sentía... sólido. Como si nada en este mar de sombras pudiera atravesarlo.
—Eso es lo que hace Kitt —concluyó Finola, volviendo a sus preparaciones con un tono un poco más suave—. Es el ancla del barco. Y parece que tú, mi pequeña alteza, acabas de descubrir que incluso en medio del abismo, hay brazos que se sienten como un puerto seguro. Aunque el puerto tenga mal carácter y no sepa lo que es un peine.
La risa contenida de ambas llenó el pequeño espacio, flotando sobre el sueño profundo de Liriel. Mientras arriba los hombres seguían luchando contra la niebla, abajo, entre bromas y confesiones susurradas, Tara comenzaba a entender que su viaje no solo se trataba de huir de un reino, sino de descubrir que la familia y el amor a veces se encuentran en los lugares más oscuros, vestidos de cuero y salitre.




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