Sail

XLV

El silencio en la bodega era una entidad viva, interrumpida solo por el susurro del agua contra el casco y el suave chisporroteo del brasero que se extinguía lentamente. Las tres mujeres, agotadas por el asalto psíquico del Mar de las Sombras, habían sucumbido finalmente a un sueño pesado y reparador. En la penumbra, sus figuras entrelazadas bajo mantas de lana formaban un cuadro de paz frágil en medio del caos del océano.
La puerta de madera crujió apenas un milímetro cuando Barnaby se deslizó al interior. Se movía con una ligereza sorprendente para un hombre de su constitución, evitando que las tablas del suelo delataran su presencia. Se acercó a Finola, que dormía sentada contra un fardo, con la cabeza ladeada y un rastro de hollín todavía en la mejilla. Barnaby se arrodilló a su lado, observando la mano de la alquimista, que aún aferraba inconscientemente un frasco vacío. Con una ternura que nunca mostraba bajo la luz del sol, le retiró un mechón de cabello rebelde que le caía sobre los ojos.
—Siempre intentando arreglar el mundo con pólvora, pequeña —susurró Barnaby, tan bajo que ni siquiera las sombras lo oyeron. Ajustó la manta alrededor de sus hombros y depositó un pequeño trozo de regaliz junto a su taza, un regalo silencioso para cuando despertara, antes de retirarse con la misma discreción con la que había entrado.
Apenas unos minutos después, la silueta masiva de Kitt recortó la luz del pasillo. El veterano entró con paso firme pero amortiguado. Sus ojos castaños escanearon la habitación hasta detenerse en Tara. La princesa dormía ovillada, con la manta que él le había dado subida hasta la barbilla. Kitt se quedó de pie frente a ella, con los brazos cruzados, observando cómo la respiración de la joven se volvía más rítmica.
A pesar de su fachada de piedra, Kitt sintió una punzada de algo que no podía nombrar al ver la fragilidad de Tara. Se agachó y, con sus manos curtidas por mil batallas, acomodó el fardo que servía de almohada a la princesa, asegurándose de que su cuello estuviera en una posición más cómoda. Antes de irse, sus dedos rozaron por un instante el borde de la manta. No hubo palabras, solo una mirada cargada de una protección feroz; para Kitt, esa muchacha ya no era una carga diplomática, sino alguien que el mar no volvería a tocar mientras él tuviera aliento.
Finalmente, cuando el silencio volvió a reinar, Noah entró en la estancia. Su presencia era diferente, cargada de una electricidad contenida. No se detuvo a mirar el entorno; sus ojos fueron directos a Liriel. La capitana estaba tumbada un poco apartada de las otras dos, como si incluso en sueños necesitara mantener su espacio de mando. Noah se sentó en el suelo, junto a ella, observando las líneas de su rostro ahora suavizadas por la inconsciencia.
Se quedó allí mucho tiempo, simplemente velando su sueño. Recordó el calor de su cuerpo durante el abrazo y la desesperación de sus labios durante el beso. Con un movimiento vacilante, extendió la mano y rozó las yemas de sus dedos contra la palma abierta de Liriel. Ella hizo un pequeño movimiento, un suspiro quebrado, y cerró la mano alrededor de un solo dedo de Noah, como si incluso dormida reconociera su ancla.
Noah sonrió con tristeza, sintiendo el peso de la responsabilidad y el amor chocando en su pecho. Se inclinó y depositó un beso casi imperceptible en su frente, justo sobre la cicatriz que la acompañaba.
—Descansa, capitana —murmuró—. El amanecer vendrá pronto, y yo estaré aquí para ayudarte a enfrentarlo.
Los tres centinelas habían cumplido su guardia silenciosa. Afuera, el Mar de las Sombras seguía acechando, pero dentro de esa bodega, tres hombres habían sellado promesas que no necesitaban ser habladas para cambiar el rumbo de sus destinos. El barco avanzaba, custodiado por el amor y la lealtad, hacia un horizonte que ya no parecía tan oscuro.




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