Sail

XLVII

El Mar de las Sombras finalmente comenzó a ceder. La niebla, antes una pared impenetrable de voces y culpas, se deshilachaba en jirones grises que dejaban entrever un cielo de un azul cobalto profundo. El Destino Oscuro emergió del corredor espectral como un animal herido que recupera el aliento, con sus maderas crujiendo en un alivio compartido con la tripulación.
En la bodega, la luz mortecina del amanecer se filtró por las rendijas de la escotilla, dibujando líneas de polvo dorado sobre las tres mujeres que empezaban a despertar. Liriel fue la primera en abrir los ojos. Se incorporó con un movimiento fluido, sintiendo todavía en su frente el eco del beso de Noah y en su dedo la presión fantasmagórica de su mano. Se sintió extrañamente ligera, como si el mar se hubiera llevado una parte del lastre que cargaba en el pecho.
A su lado, Tara se desperezó con un suspiro. Sus ojos buscaron instintivamente la puerta, y una pequeña sonrisa curvó sus labios al recordar la solidez de los brazos de Kitt.
—Hemos salido —susurró Tara, mirando a Liriel—. El aire ya no sabe a olvido.
—Hemos salido —confirmó Liriel, poniéndose las botas y ajustando su cinturón con la determinación de siempre—. Pero no bajen la guardia. El silencio después de una tormenta suele ser el preludio de una caza.
Arriba, en la cubierta, la atmósfera era de una vigilancia tensa. Meldrick seguía al timón, pero sus ojos estaban fijos en una mancha oscura en el horizonte que no pertenecía a las nubes. Noah y Kitt estaban en la borda, compartiendo un silencio que, aunque no era amistoso, ya no vibraba con la hostilidad de antes.
—Hay un barco —dijo Noah, bajando el catalejo. Su voz era plana, cargada de una premonición amarga—. No lleva bandera, pero la línea del casco me resulta familiar. Es una quilla rápida, diseñada para la persecución.
Kitt tomó el catalejo y escudriñó la mancha. Sus facciones se endurecieron, y una cicatriz en su cuello pareció latir con fuerza.
—No es cualquier barco, principito. Es el Garfio de Plata. Morgath "El Arpón" está de vuelta en el agua.
Noah sintió un escalofrío. Había oído ese nombre en las crónicas de guerra de su padre. Morgath no era un pirata corriente; era un perro de presa que Kaelin solo soltaba cuando quería borrar algo de la existencia.
En ese momento, Liriel subió a cubierta, seguida por Tara y Finola. La capitana notó de inmediato la tensión en los hombres. Caminó hacia Noah y, por un breve segundo, sus ojos se encontraron en un reconocimiento silencioso de lo que había pasado entre ellos, antes de que ella se volviera hacia el horizonte.
—¿Qué tenemos? —preguntó Liriel, recuperando su tono de acero.
—Morgath —respondió Kitt, entregándole el catalejo—. Y viene a toda vela. Tu padre ha dejado de jugar a los rescates, Noah. Ha enviado al carnicero.
Liriel observó el barco que se aproximaba. Sabía que Morgath conocía sus secretos mejor que nadie; él había estado allí en los días oscuros, cuando ella era solo una sombra hambrienta buscando un nombre. Miró a Noah, y por primera vez, hubo miedo en su mirada, no por su propia vida, sino por la imagen que el viejo pirata proyectaría de ella ante los ojos del príncipe.
—Preparen los cañones —ordenó Liriel, aunque su voz tembló imperceptiblemente—. Si Morgath quiere mi cabeza, tendrá que pasar por encima de este barco. Y Noah... pase lo que pase, no escuches lo que ese hombre tenga que decir. Sus palabras son más venenosas que el Mar de las Sombras.
Noah la tomó de la mano frente a todos, desafiando la mirada de Kitt y la autoridad de Meldrick.
—Ya te lo dije, Liriel. No busco una leyenda. Te busco a ti.
Pero mientras el Garfio de Plata acortaba distancias, las nubes volvieron a cerrarse, y el eco de las palabras de Kaelin parecía viajar sobre las olas: la verdad sobre la "Pirata Temible" estaba a punto de ser revelada, y no habría beso ni abrazo capaz de detener la marea de sangre que se avecinaba.




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