Sail

XLVIII

El Garfio de Plata no navegaba; parecía devorar las leguas que lo separaban del Destino Oscuro. Era un barco diseñado para la infamia: estrecho, pintado de un negro mate que absorbía la escasa luz del día y con velas reforzadas que atrapaban hasta el último aliento de brisa. A medida que se acercaba, el hedor a tabaco barato y metal oxidado pareció precederlo, rompiendo la pureza del aire que la tripulación acababa de recuperar.
Morgath "El Arpón" no esperó a las formalidades del abordaje. Cuando las naves estuvieron a tiro de voz, el viejo pirata subió a la jarcia de su propio barco, sujetándose de una soga con una agilidad que desafiaba sus años. Su risa, una mezcla de piedras chocando y tos seca, resonó por encima del batir de las olas.
—¡Liriel! ¡Niña de las cenizas! —gritó Morgath, agitando un brazo tatuado—. ¡Has causado un buen lío en la corte! El Rey Kaelin envía sus saludos... y una oferta que no podrás rechazar antes de que te corte el cuello.
Noah dio un paso al frente, apretando el pomo de su espada. Sus ojos estaban fijos en la figura desaliñada de Morgath, reconociendo en él la sombra de la crueldad que su padre siempre había mantenido en la reserva.
—¡Morgath! —la voz de Liriel cortó el aire como un látigo—. ¡Si vienes por los hijos del Rey, pierdes el tiempo! ¡Este barco es territorio libre, y aquí la única corona que reconocemos es la de la sal!
Morgath soltó otra carcajada, esta vez más larga y cargada de veneno. Bajó de la jarcia y caminó por la borda de su barco, que ahora navegaba en paralelo al de Liriel. Sus ojos se fijaron en Noah, y una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro curtido.
—Ah, el principito... El joven Noah. Me han dicho que has encontrado algo más que una captora en esta mujer. ¿Es cierto que el cordero ha decidido amar a la loba? —Morgath escupió al mar—. ¡Qué tierno! Pero dime, Noah, ¿te ha contado ella cómo consiguió ese barco? ¿Te ha contado lo que pasó en el Estrecho de los Huesos?
Liriel se tensó, sus dedos buscando instintivamente la empuñadura de sus dagas. Kitt se movió hacia ella, pero Morgath no se detuvo.
—Dile, Liriel —continuó el pirata, su voz bajando a un tono confidencial que se oía perfectamente en el silencio de la cubierta—. Dile a tu amante cómo dejaste que tu tripulación original muriera bajo el fuego de Azura solo para que tú pudieras escapar con el cofre del Ojo. Dile cómo el "Ojo de la Pirata Temible" no es más que el precio de la sangre de tus propios hermanos de mar. El Rey Kaelin tiene razón: eres un monstruo que solo se ama a sí mismo.
—¡Mientes! —rugió Noah, aunque una pequeña semilla de duda, plantada por las historias de su padre, empezó a germinar en su pecho.
—¿Miento? —Morgath sacó un pergamino amarillento con el sello real de Azura—. Aquí está el registro, principito. Liriel entregó las posiciones de sus aliados a cambio de su vida. Por eso la llaman "Temible". No por su fuerza, sino porque no tiene alma que vender.
Liriel no respondió. Sus ojos estaban fijos en Noah, y en ellos, él vio por primera vez una culpa tan profunda que lo dejó sin aliento. Ella no negó las palabras de Morgath; simplemente bajó la vista, y ese silencio fue más doloroso que cualquier confesión.
—Noah... —susurró Liriel, su voz era un hilo de desesperación.
Pero Noah retrocedió un paso, soltando la mano que ella intentaba alcanzar. La imagen de la mujer que había besado bajo las estrellas empezó a desdibujarse, superpuesta por la sombra del monstruo que Morgath estaba pintando con palabras de fuego y tinta.
—¡Ahora! —gritó Morgath.
Antes de que alguien pudiera reaccionar, los ganchos de abordaje del Garfio de Plata volaron por los aires, clavándose en la madera del Destino Oscuro. La tregua se había roto. La verdad, o la versión más sangrienta de ella, había llegado para reclamar su deuda, y en medio del caos que se desataba, Noah se encontró luchando no solo contra los piratas de Morgath, sino contra la sospecha de que el corazón que creía haber ganado estaba construido sobre una montaña de cadáveres que él nunca imaginó.
Kitt, viendo la distracción de Noah, lo empujó fuera del camino de un hacha enemiga.
—¡Deja de pensar y lucha, chico! —rugió Kitt—. ¡Las verdades se discuten en la calma, pero en la tormenta, solo importa quién sigue en pie!
Liriel desenvainó su acero, pero su rostro ya no era el de una capitana decidida; era el de una mujer que acababa de ver cómo el único mundo que le importaba se derrumbaba ante sus ojos por el peso de un pasado que nunca la dejaría ser libre. El abordaje había comenzado, y con él, la batalla por el alma del Destino Oscuro.




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