El estruendo del abordaje se convirtió en un zumbido sordo cuando Morgath, con una velocidad impropia de su edad, esquivó la defensa de Liriel. En un movimiento que recordaba a un depredador acechando a su presa, el viejo pirata la inmovilizó contra el mástil principal. Su mano callosa y deformada se cerró alrededor del cuello de la capitana, levantándola apenas lo suficiente para que las puntas de sus botas rozaran la cubierta, mientras el frío filo de su espada se hundía sutilmente en la piel de su garganta, provocando un hilo de sangre carmesí que contrastaba con su palidez.
—¡Basta de juegos, niña! —rugió Morgath, su aliento a tabaco y rancio golpeando el rostro de Liriel—. ¡Mira a tu alrededor! Tu tripulación duda, tu príncipe se marchita y tu barco sangra. ¡Diles la verdad! ¡Diles qué es el Ojo de la Pirata Temible antes de que te abra el gaznate y deje que el mar se beba tu esencia!
La lucha en la cubierta se detuvo. Kitt, con la espada en alto y la cara salpicada de sangre, se quedó petrificado; Meldrick apretó el timón hasta que la madera crujió, y Noah, con el pecho agitado y el alma en vilo, dio un paso hacia adelante, con los ojos clavados en la mujer que amaba.
Liriel cerró los ojos por un segundo. El peso de diez años de mentiras, de huidas nocturnas y de nombres robados se desplomó sobre ella. Sintió el miedo, ese viejo amigo que la había acompañado desde las celdas de Azura, atenazándole el corazón. Finalmente, abrió los ojos, que ahora brillaban con una humedad que se negaba a derramar.
—¡El Ojo de la Pirata Temible no existe! —gritó, y su voz, aunque quebrada, cortó el aire como un cristal roto—. ¡No es una gema, ni un amuleto, ni un poder antiguo! ¡Es un título! ¡Una maldición que los marineros inventaron y que el Rey Kaelin alimentó para convertirme en un trofeo de caza!
Morgath apretó el agarre, sus ojos brillando con una curiosidad cruel. —¿Y por qué huirías de la protección de un trono por un simple nombre, pequeña loba?
—¡Huí porque Kaelin quería arrancarme un ojo! —confesó Liriel, y esta vez las lágrimas rodaron libres, quemando su piel—. Era mi castigo. Un ojo por mi rebeldía, un ojo para marcarme como su propiedad... y un ojo para purgar la sangre bastarda que corre por mis venas. Tenía miedo, Morgath. Tenía tanto miedo de perder la luz y ser encadenada para siempre que preferí volverme un monstruo a los ojos del mundo.
Noah sintió que el suelo bajo sus pies desaparecía. "Sangre bastarda", la frase resonó en su mente, conectando los puntos de una verdad mucho más peligrosa.
—Diles quién es tu padre, Liriel —siseó Morgath, disfrutando del momento de la revelación—. Diles de quién eres el "pecado".
Liriel miró directamente a Noah. En su mirada había una súplica de perdón, una despedida desesperada a la imagen de la capitana invencible que él conocía.
—Soy la hija de Rey Raeden —susurró, y el nombre del soberano de las Tierras Libres cayó como una losa sobre la cubierta—. Soy la mancha en su honor, la hija que nació del secreto y la traición entre dos coronas. Kaelin me odia porque soy el recuerdo vivo de la debilidad de su aliado. Soy la heredera de nada, la pirata de todo.
El silencio que siguió fue absoluto. Tara se cubrió la boca con las manos, comprendiendo ahora por qué sentía que conocía a Liriel: compartían la misma sangre real, el mismo linaje proscrito. Noah, por su parte, se quedó inmóvil. La revelación no solo destruía la mentira de Morgath sobre la traición a su tripulación, sino que colocaba a Liriel en un lugar donde él nunca podría alcanzarla: como una pieza política en una guerra que apenas comenzaba.
Liriel comenzó a sollozar silenciosamente, con el cuerpo temblando bajo el peso de la espada de Morgath. No temía a la muerte; temía la mirada de Noah, temía ver el rechazo en los ojos de la única persona que la había mirado como si fuera algo más que una leyenda sangrienta o un error de la historia. La "Pirata Temible" había muerto en ese instante, dejando en su lugar a una mujer aterrada que acababa de entregar su última defensa al enemigo.
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Editado: 20.04.2026