El caos en la cubierta del Destino Oscuro alcanzó un clímax ensordecedor. El choque del acero contra el acero y los gritos de los heridos formaban una sinfonía macabra bajo el cielo de plomo. Morgath, tras ser empujado por Noah, se recuperó con la agilidad de una serpiente vieja pero letal. Escupió sangre a las tablas del suelo y soltó una carcajada que parecía emerger de las profundidades de una tumba.
—¡Hermandad! ¡Honor! ¡Qué palabras tan dulces para dos corderos que pronto serán degollados! —Morgath señaló a las dos mujeres con su espada dentada—. Kaelin me pidió cabezas, pero si me llevo a las dos hijas de Raeden, el rescate hará que este barco sea de oro sólido.
—¡Sobre mi cadáver! —rugió Noah, lanzándose de nuevo al ataque.
El duelo entre el príncipe y el carnicero fue un contraste de estilos. Noah luchaba con la técnica impecable de la academia real: estocadas precisas, paradas elegantes y una guardia alta. Morgath, en cambio, era la personificación de la lucha callejera; usaba los codos, intentaba meter los dedos en los ojos de Noah y movía su espada en ángulos imposibles que buscaban las costillas del joven.
Mientras tanto, en el suelo, Liriel seguía recuperando el aliento, con la mano de Tara apretada sobre la suya. El mundo parecía moverse en cámara lenta para la capitana. Veía a Noah arriesgar su vida por una "monstruo"; veía a Tara, la princesa que siempre había envidiado y temido, mirándola con una ternura que le resultaba ajena.
—¿Por qué? —logró articular Liriel, su voz era un siseo doloroso debido a la herida en su garganta—. Soy una bastarda... soy la vergüenza de tu padre.
Tara la estrechó más fuerte, sus ojos brillando con una determinación que recordaba al Rey Raeden en sus mejores años.
—No eres una vergüenza, Liriel. Eres la parte de nuestra familia que tuvo que luchar sola para que nosotros pudiéramos vivir en la luz. No voy a dejar que vuelvas a estar sola en la oscuridad.
Un estallido de pólvora sacudió el barco. Finola, desde la escotilla de la cocina, había logrado armar una granada de humo y especias que envolvió la zona del mástil en una nube sofocante y picante. Los hombres de Morgath, desorientados, comenzaron a toser y a retroceder.
—¡Ahora, Meldrick! —gritó Kitt, quien había aprovechado la distracción para degollar a dos abordadores que intentaban flanquear a Noah.
El contramaestre gigante giró el timón con tal violencia que el Destino Oscuro se inclinó peligrosamente hacia babor, haciendo que el Garfio de Plata chocara contra su costado con un crujido metálico que hizo temblar hasta los cimientos del barco. El impacto desequilibró a Morgath, y Noah aprovechó el segundo para lanzar una patada que envió al viejo pirata rodando hacia su propia nave.
Liriel se puso de pie, apoyándose en Tara. El fuego dorado en sus ojos se había reencendido, pero esta vez no era el fuego del odio, sino el de la redención. Tomó sus dagas del suelo, con las manos aún temblorosas pero firmes.
—¡Morgath! —gritó Liriel, su voz recuperando la autoridad de mando que la hacía temible—. ¡Vete a tu agujero y dile a Kaelin que las hijas de Raeden ya no están a la venta! ¡Dile que el "Ojo" lo está mirando, y que esta vez no voy a huir!
Morgath, desde la borda de su barco, vio cómo la tripulación del Destino Oscuro se reagrupaba. Kitt, Pike, Barnaby y hasta Finola formaban un muro de acero frente a las mujeres. Entendió que el abordaje había fallado; no porque le faltaran hombres, sino porque se había enfrentado a algo que un mercenario nunca entendería: el vínculo de la sangre recuperada.
—Esto no ha terminado, bastarda —siseó Morgath mientras daba la orden de soltar los ganchos—. El Mar de las Sombras es grande, pero el alcance de tu padre es mayor. Disfruta de tu "familia" mientras puedas.
El Garfio de Plata se alejó pesadamente, dejando tras de sí una estela de humo y la promesa de una persecución eterna.
Cuando el silencio regresó a la cubierta, solo interrumpido por los quejidos de los heridos y el crujir de la madera, Noah se giró hacia Liriel. Estaba cubierto de hollín y sangre, con la ropa desgarrada, pero sus ojos buscaban los de ella con una ansiedad desesperada. Liriel, aún sostenida por Tara, no sabía qué decir. El secreto más oscuro de su vida estaba fuera, y el hombre que amaba lo sabía todo.
Fue Noah quien rompió la distancia. Ignorando a la tripulación y a la princesa, caminó hacia Liriel y la tomó por el rostro con ambas manos.
—No me importa de quién seas hija, Liriel —susurró, con la frente pegada a la de ella—. Me importa quién eres tú. Y hoy he visto a una mujer que no solo es capaz de sobrevivir al infierno, sino de encontrar a su familia en medio de él.
Liriel finalmente se permitió llorar de verdad, escondiendo el rostro en el pecho de Noah mientras Tara ponía una mano reconfortante en su hombro. El Destino Oscuro seguía navegando, herido pero firme, llevando consigo no a una pirata y sus cautivos, sino a una familia de parias que, por primera vez, sabían exactamente quiénes eran y contra qué mundo estaban luchando.
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Editado: 20.04.2026