Sail

LII

El Garfio de Plata se desvaneció en la bruma como un mal recuerdo, dejando tras de sí una cubierta sembrada de astillas, pólvora quemada y el eco de una verdad que había cambiado el destino de todos a bordo. El silencio que siguió a la batalla no fue de paz, sino de asombro. La tripulación, hombres curtidos en mil abordajes, miraba ahora a su capitana con una mezcla de reverencia y desconcierto. Ya no era solo la mujer que los guiaba a través de las tormentas; era un pedazo perdido de la corona de Azura.
Liriel permanecía inmóvil, refugiada en el pecho de Noah mientras la mano de Tara descansaba firme en su hombro. El calor de ambos era lo único que evitaba que sus piernas cedieran. Por primera vez en diez años, el peso de su secreto no la asfixiaba; lo que sentía ahora era un vacío inmenso, el espacio que deja una armadura cuando finalmente se rompe.
—Debemos curar esa herida —dijo Tara, rompiendo el silencio con una voz que, aunque suave, poseía el timbre de mando de su linaje—. Liriel, mírame.
La capitana levantó la cabeza. El rastro de sangre en su garganta empezaba a secarse. Tara, usando un jirón de su propio vestido de seda, comenzó a limpiar la herida con una delicadeza que solo una hermana podría poseer.
—Finola, tráeme agua limpia y el bálsamo de mirra —ordenó la princesa. La alquimista, que aún sostenía un frasco humeante, asintió y corrió hacia la bodega.
Kitt se acercó lentamente, guardando su cuchillo con un clic metálico que sonó como un punto final. Miró a Liriel, luego a Tara y finalmente a Noah. El veterano suspiró, pasándose una mano por el rostro cansado.
—Así que... una hermana real y un príncipe protector —masculló Kitt, con una sonrisa amarga pero teñida de un respeto nuevo—. Supongo que esto de ser piratas se nos ha quedado pequeño. Ahora somos el centro de una guerra entre dos reyes que no saben cómo mantener a sus familias en orden.
—Kitt, yo... —intentó decir Liriel, pero él la interrumpió con un gesto.
—No digas nada, capitana. Me importa un bledo de quién seas hija. Has sangrado por este barco más que cualquier "legítimo". Pero tenemos que movernos. Morgath no se ha ido para siempre; ha ido a lamerse las heridas y a informar a Kaelin. Si antes éramos una presa, ahora somos el premio mayor del océano.
Noah se separó apenas unos centímetros de Liriel, pero mantuvo sus manos unidas a las de ella. Su mirada era intensa, despojada de cualquier duda que Morgath hubiera intentado plantar.
—Él tiene razón —dijo Noah, mirando hacia el horizonte donde la silueta del barco enemigo se había perdido—. Mi padre no se detendrá ante nada. Sabe que si ustedes dos se unen, su alianza con el Rey Raeden corre peligro. No solo te persigue por despecho, Liriel. Te persigue porque eres la prueba viviente de que su orden es una mentira.
Liriel tomó aire, sintiendo el escozor del bálsamo que Finola comenzaba a aplicar en su cuello. Miró a su tripulación: Pike ayudando a un Barnaby herido en el brazo, Meldrick aún firme al timón pero con la mirada fija en ella, y Tara, su hermana, que no la soltaba.
—Entonces dejaremos de huir —sentenció Liriel, y esta vez su voz no flaqueó. Se puso de pie con orgullo, aunque sus manos aún temblaran—. No buscamos el Ojo de la Pirata Temible porque no existe. Pero buscamos algo más valioso. Buscamos la verdad que Kaelin quiere enterrar. Noah, Tara... si este barco es ahora el refugio de los proscritos de la corona, entonces navegaremos hacia el único lugar donde Raeden no podrá ignorarnos.
—¿El Estrecho de las Lágrimas? —preguntó Meldrick desde el timón.
—No —respondió Liriel, mirando a Noah a los ojos—. Navegaremos hacia el corazón de Azura. Si quieren un monstruo, les daré una reina de las sombras. Pero lo haremos juntos.
Noah asintió, sellando su compromiso con un apretón de manos. Tara sonrió, una chispa de rebeldía compartida brillando en sus ojos. El Destino Oscuro giró sus velas, aprovechando el viento que ahora soplaba con fuerza desde el este. Ya no eran náufragos del destino; eran una fuerza de la naturaleza unida por la sangre, el amor y la traición. La verdadera batalla por Azura acababa de comenzar, y esta vez, el enemigo no estaba afuera en el mar, sino dentro de los corazones de quienes se atrevieron a reclamar su propia historia.




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