Sail

LIV

La noche se asentó sobre el Destino Oscuro con una solemnidad inusual. Tras el fragor del abordaje y la tormenta de confesiones, el barco avanzaba ahora con una elegancia espectral hacia las costas de la Ciudad de Cristal. El viento soplaba constante, hinchando las velas negras que, a pesar de los jirones, seguían siendo el motor de su libertad.
En la cubierta, la actividad se había reducido a lo esencial. Los hombres reparaban los cabos dañados en silencio, mientras el sonido de la piedra de afilar contra el metal de las espadas marcaba el ritmo del tiempo. El pacto estaba sellado, pero el miedo a lo que aguardaba en los muelles de Azura era una presencia tangible, una niebla que no se disipaba con la brisa.
Liriel se encontraba en el castillo de proa, observando cómo la espuma blanca era cortada por la quilla. Se sentía extrañamente ligera, como si el peso de su linaje, al ser compartido, hubiera dejado de aplastarla. Unos pasos ligeros anunciaron la llegada de Tara.
—No puedo dormir —admitió la princesa, colocándose al lado de su hermana—. Siento que si cierro los ojos, despertaré en mi habitación de palacio y todo esto habrá sido un sueño febril.
Liriel la miró de reojo. El vendaje en su cuello era un recordatorio constante de la crueldad de su pasado.
—Si esto fuera un sueño, Tara, no dolería tanto. Las pesadillas reales son las que te dejan cicatrices que puedes tocar.
Tara extendió su mano y, con una vacilación que desapareció al instante, tomó la de Liriel.
—Mañana, cuando mi padre te vea... cuando vea que no eres el monstruo que Kaelin inventó, todo cambiará. No dejaré que vuelva a perderte.
—Él nunca me tuvo, Tara —respondió Liriel con una sombra de amargura—. Pero quizá... quizá sea suficiente con que me reconozca como alguien que sobrevivió a pesar de él.
Mientras tanto, en la popa, Noah observaba la escena desde la distancia. Sentía una mezcla de orgullo y temor. Había visto a Liriel romperse y reconstruirse en una sola tarde, y su amor por ella se había transformado en algo más profundo: una lealtad que trascendía los reinos.
Kitt se acercó a él, apoyando los codos en la borda.
—Es una locura, ¿sabes? —dijo el veterano, mirando hacia las estrellas—. Ir directamente a las garras del Rey Kaelin con poco más que una tripulación de parias y un par de sellos reales.
—A veces la locura es la única respuesta cuerda ante una tiranía —contestó Noah sin apartar la vista de Liriel—. Además, tenemos algo que mi padre no espera.
—¿El qué? —preguntó Kitt, arqueando una ceja.
—La verdad —sentenció Noah—. Mi padre ha construido su imperio sobre secretos y miedo. La verdad es el único arma que no sabe cómo desviar.
Kitt soltó una risita seca y le dio una palmada en el hombro al príncipe.
—Pues espero que tu verdad sea a prueba de cañones, chico. Porque nos va a hacer falta.
El resto de la noche transcurrió entre susurros y preparativos. Finola revisaba sus mezclas alquímicas para asegurarse de que las bombas de humo fueran potentes; Meldrick ajustaba el timón con precisión quirúrgica, y Pike y Barnaby compartían una última ración de ron en honor a los que no llegaron a ver ese amanecer.
Cuando el primer rayo de sol comenzó a lamer el horizonte, tiñendo las nubes de un dorado que recordaba a los ojos de la capitana, una silueta blanca empezó a emerger entre la bruma del amanecer: las torres de cristal de Azura.
—Ahí está —susurró Liriel, poniéndose en pie. Sus manos ya no temblaban. Su voz volvió a ser la de la mujer que gobernaba el mar—. El fin del camino... o el comienzo de nuestro verdadero viaje.
El Destino Oscuro no se ocultó. Con las velas desplegadas y el corazón latiendo al unísono, el barco de los proscritos se dirigió hacia la boca del lobo, listo para reclamar un trono, una familia y un nombre que el mundo nunca debió intentar borrar.




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