Sail

LV

El Destino Oscuro se deslizaba como un tiburón de obsidiana sobre las aguas mansas de la bahía de Azura. Ante ellos, la Ciudad de Cristal se erguía con una belleza que dolía; sus torres de cuarzo y mármol capturaban la luz del alba, proyectando destellos que parecían diamantes flotando sobre el mar. Sin embargo, para los que iban a bordo, esa luz era una amenaza. Las defensas costeras, conocidas como los "Colmillos del Rey", asomaban entre los acantilados: enormes balistas y cañones de bronce capaces de reducir a cenizas cualquier navío antes de que tocara el muelle.
—¡Nos han avistado! —gritó Meldrick, su voz retumbando en la madera—. ¡Las torres de señales están activas!
Liriel miró hacia la fortificación principal. Una bandera roja y dorada subía por el mástil de la torre vigía: la señal de "Ataque Inmediato". Los artilleros de Kaelin no hacían preguntas a los barcos negros.
—Es el momento, Noah —dijo Liriel, su mano apretando con fuerza el hombro del príncipe.
Noah dio un paso al frente, situándose en la proa. Se había despojado de los jirones de la batalla y vestía una de las casacas que Finola había remendado, pero su porte ya no era el de un fugitivo. Con un movimiento decidido, sacó de una bolsa de cuero su Sello Real, un anillo de oro macizo con un zafiro grabado con el blasón de la estirpe de Kaelin: el halcón encadenado.
—¡Preparen el espejo de señales! —ordenó Noah a Pike.
Utilizando un espejo pulido, Pike comenzó a emitir destellos rítmicos hacia la torre de mando, una secuencia de códigos militares que solo la familia real y el alto mando conocían. Noah sostuvo el anillo en alto, permitiendo que la luz del sol golpeara el zafiro, proyectando el emblema sobre la vela mayor del Destino Oscuro.
El silencio que siguió fue agónico. Las balistas de los acantilados giraron pesadamente, apuntando sus saetas de hierro directamente al corazón del barco. Liriel contuvo el aliento; si los vigías no reconocían el sello o si Kaelin había ordenado su ejecución inmediata, ese sería su fin.
De repente, la bandera roja fue arriada y, en su lugar, una bandera blanca con el borde azul —la señal de "Paso Bajo Custodia"— ascendió lentamente.
—Ha funcionado —susurró Tara, dejando escapar un suspiro que parecía haber retenido desde que salieron del Mar de las Sombras.
Un bote de patrulla real, tripulado por guardias con armaduras relucientes, se acercó al costado del barco. El capitán de la guardia, un hombre de rostro severo llamado Valerius, alzó la vista y sus ojos se abrieron de par en par al reconocer a Noah.
—¿Príncipe Noah? —su voz vaciló—. Se le dio por muerto o capturado. Y... ¿la Princesa Tara? ¡Por los dioses! ¿Qué significa esto? ¿Por qué viajan en este navío infame?
Noah se asomó por la borda, su voz resonando con una autoridad que no dejaba lugar a dudas.
—Capitán Valerius, bajo mi autoridad como Heredero de Kaelin y legítimo prometido de la Princesa de Azura, ordeno el paso inmediato de este barco hacia el Muelle de los Reyes. Traemos información vital que afecta la seguridad de ambas coronas. Cualquier retraso será tratado como un acto de traición contra mi persona.
Valerius miró el sello que Noah mostraba con firmeza. La ley de Azura era clara: el sello del heredero era la voz del rey en ausencia del soberano.
—El Rey Kaelin no estará complacido, Alteza —advirtió Valerius, ordenando a sus hombres que escoltaran al barco—. Se dice que la pirata que lidera este barco es el demonio mismo.
—El demonio es una perspectiva que depende de quién cuente la historia, Capitán —respondió Noah con una frialdad gélida—. Ahora, hágase a un lado. Tenemos una cita con la verdad.
El Destino Oscuro avanzó por el canal real, flanqueado por los botes de la guardia. La tripulación de parias, liderada por una capitana que ahora caminaba junto a su hermana real, entró en el corazón del imperio de su enemigo no como prisioneros, sino como un caballo de Troya cargado de justicia.
Liriel miró a Noah y, por debajo de la borda, rozó su mano.
—Has usado tu nombre para salvarnos —susurró ella.
—He usado mi nombre para llevarte a casa —corrigió él—. Aunque esa casa sea hoy un nido de víboras.
Mientras las puertas de hierro del puerto interior se abrían con un gemido metálico, Liriel supo que el juego de sombras de Kaelin estaba a punto de terminar. El sello de Noah les había abierto la puerta, pero sería la sangre y la voluntad de las hermanas Raeden lo que derribaría las paredes de aquel palacio de cristal. El destino estaba a un paso de distancia, y olía a sal, a miedo y a una victoria que aún debía ser ganada con el filo del acero.




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