El muelle real estaba blindado. Filas de guardias con lanzas de plata formaban un pasillo de acero desde el borde del agua hasta las escalinatas de mármol del gran palacio. En el centro de la comitiva, bajo un palio de seda azul, se encontraba la figura imponente del Rey Raeden. Sus cabellos eran más blancos que la última vez que Tara lo vio, y sus ojos, cansados por la vigilia y la incertidumbre, escudriñaban el barco negro con una mezcla de sospecha y esperanza desesperada.
Kaelin estaba a su lado, con el rostro tenso, una máscara de control que amenazaba con resquebrajarse al ver a Noah en la proa de aquel navío infame.
Cuando la pasarela del Destino Oscuro tocó tierra, el silencio fue tan absoluto que se podía oír el graznido de las gaviotas a lo lejos. Noah bajó primero, manteniendo una mano en la empuñadura de su espada, seguido de cerca por una figura envuelta en una capa de viaje.
Tara dio un paso al frente, dejando caer la capucha. Al verla, Raeden pareció encogerse y crecer al mismo tiempo. La rigidez de rey desapareció, dejando paso al hombre que casi había perdido su luz.
—¡Padre! —el grito de Tara rompió el protocolo real.
Raeden no esperó a que ella llegara. Bajó los escalones con una agilidad recuperada por la adrenalina y, antes de que los guardias pudieran reaccionar, envolvió a su hija en un abrazo tan feroz que parecía querer fundirla con su propia armadura.
—Has vuelto... —susurró Raeden, su voz quebrada por una emoción que no permitía testigos—. Mi pequeña estrella de Azura... has vuelto tal como te dije en mis oraciones.
Se separó apenas lo suficiente para tomar el rostro de Tara entre sus manos, comprobando que fuera real, que no fuera un espejismo enviado por el mar para atormentarlo. Sus dedos rozaron las mejillas de su hija con una ternura infinita.
—Te lo prometí, Tara —continuó el rey, ignorando la mirada gélida de Kaelin a pocos metros—. Te dije que, sin importar lo lejos que te llevaran los vientos o lo oscura que fuera la noche, las puertas de tu hogar siempre estarían abiertas para ti. Nada en este mundo tiene el poder de cerrarlas si yo sigo respirando.
Tara sollozó, aferrándose a las manos de su padre.
—No vine sola, padre. Y el hogar que prometiste... puede que sea más grande de lo que recordabas.
Raeden frunció el ceño, confundido por las palabras de su hija, y levantó la vista hacia la pasarela del barco. Allí, en la sombra de las velas negras, otra figura aguardaba. Liriel permanecía inmóvil, observando el abrazo con una mezcla de anhelo y terror. Noah se colocó a su lado, ofreciéndole su brazo como un apoyo silencioso frente a la tormenta que estaba a punto de estallar.
Kaelin dio un paso adelante, señalando hacia el barco con un dedo acusador.
—¡Raeden, aléjate de ella! Esa mujer es la pirata que secuestró a nuestros hijos. ¡Guardias, prendan a la capitana y preparen la ejecución!
Pero Raeden no dio la orden. Sus ojos se clavaron en los ojos dorados de Liriel, unos ojos que le devolvían un reflejo de un pasado que él creía enterrado bajo capas de ceniza y arrepentimiento. El rey sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la brisa marina. En ese muelle de cristal, bajo la mirada de dos reinos, el tiempo se detuvo mientras el Rey Raeden comenzaba a ver, detrás de la cicatriz y la sal, el rostro de la hija que el destino —y su propio silencio— le habían robado.
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Editado: 20.04.2026