Sail

LIX

El Salón de los Tronos era una estructura imponente de cristal y obsidiana, diseñada para que el sol de Azura cayera como un veredicto divino sobre quienes se presentaban ante los reyes. Sin embargo, ese día, la luz parecía evitar a Kaelin, quien permanecía sentado en su trono de plata con la rigidez de una estatua de sal. En el centro del salón, bajo la mirada de nobles, generales y el Rey Raeden, Liriel se mantenía en pie. A su lado, Noah era una muralla de lealtad, y Tara, un símbolo de la legitimidad que ahora respaldaba a la proscrita.
—Habla, hija mía —instó el Rey Raeden, cuya voz resonaba con una mezcla de dolor y una sed de justicia que hacía temblar las lámparas de cristal—. Cuéntanos la verdad que el hierro y el miedo intentaron sepultar.
Liriel dio un paso al frente. Se desató el vendaje de seda de su cuello, dejando al descubierto no solo la herida reciente de Morgath, sino las marcas más antiguas: cicatrices de quemaduras y cadenas que contaban una historia de años de cautiverio.
—Kaelin no me envió a un convento para protegerme, padre —comenzó Liriel, su voz clara y cortante—. Me envió a una celda de piedra bajo la apariencia de un santuario. Desde que tuve uso de razón, me llamó "error". Me decía que mi existencia era una mancha en el linaje de las Tierras Libres y un insulto para Azura.
Liriel giró la cabeza hacia Kaelin, cuyos ojos ardían en odio.
—Cuando cumplí los diez años, mi rebeldía comenzó a ser un problema para sus planes. No aceptaba el silencio, no aceptaba las sombras. Un día, Kaelin entró en mi celda con un médico real y un hierro al rojo vivo. Me dijo que, según la antigua ley de los bastardos de Azura, una sangre impura no merecía una visión completa del mundo. Quería quitarme un ojo. Dijo que sería mi "marca de humildad", el recordatorio perpetuo de mi origen bastardo y de mi insolencia.
Un murmullo de horror recorrió la sala. Raeden se puso de pie, con los nudillos blancos de tanto apretar los brazos de su trono.
—Esa noche, antes de que el hierro tocara mi piel, logré herir al guardia y escapar por los túneles de desagüe del palacio —continuó Liriel, con la mirada encendida—. Me convertí en una sombra en los muelles, aprendí a matar antes que a amar, y robé mi primer barco para huir de este reino maldito. Me convertí en la Pirata Temible no por ambición, sino por necesidad. Creé una leyenda de sangre para que nadie se atreviera a acercarse lo suficiente como para ver a la niña aterrada que aún temía que el Rey de Azura viniera a reclamar su ojo.
Kaelin soltó una risotada gélida, intentando recuperar el control.
—¡Fábulas de una criminal! ¡Todo el océano sabe que la Pirata Temible busca el "Ojo", un tesoro de poder incalculable! ¡Tu propia codicia te define!
En ese momento, Noah dio un paso adelante, sacando el sello real que aún portaba.
—Eso es lo más retorcido de tu plan, padre. Tú mismo inventaste la leyenda del tesoro.
El salón quedó en un silencio sepulcral. Noah miró a los nobles y generales, hombres que habían servido a su padre durante años.
—Mi padre, el Rey Kaelin, sembró el rumor del "Ojo de la Pirata Temible" como un objeto físico, un tesoro legendario que todos los cazadores de recompensas del mundo debían buscar —reveló Noah con amargura—. Pero el "Ojo" nunca fue una gema ni un artefacto. Era una orden encubierta. El "tesoro" que Kaelin prometía como recompensa era, en realidad, el ojo físico de Liriel. Él quería que cualquier mercenario que la capturara cumpliera el castigo que él no pudo ejecutar. Difundió la historia de un tesoro para que el mundo entero se convirtiera en su brazo ejecutor, cazándola bajo la premisa de una búsqueda de gloria, cuando en realidad solo era una persecución por puro sadismo y control dinástico.
—Usaste a todo el gremio de navegantes, a la armada y a tu propio hijo —prosiguió Noah, acercándose al trono de su padre— para completar una mutilación que habías planeado hace diez años. No buscábamos un tesoro, buscábamos el trofeo de tu crueldad.
Tara se unió a ellos, señalando a Kaelin.
—Engañaste a mi padre diciéndole que su hija había muerto, mientras enviabas a hombres a arrancarle la vista a la niña que sobrevivió. Has convertido la justicia de Azura en una carnicería personal.
Raeden bajó los escalones del estrado, caminando hacia Kaelin. La majestuosidad del Rey de las Tierras Libres era ahora una fuerza destructora. Se detuvo frente al soberano de Azura, quien por primera vez parecía pequeño bajo su corona.
—Kaelin —dijo Raeden, y su voz era el peso de una montaña cayendo—, has convertido mi dolor en tu herramienta y la vida de mi hija en una cacería de monstruos. Has manchado el nombre de Azura con una infamia que ni mil años de mar podrán lavar.
Liriel se mantuvo firme, con la cabeza alta. Ya no era la presa, ni el error, ni la bastarda. Era la mujer que había desnudado al rey frente a su propio pueblo. El "Ojo" finalmente estaba viendo la verdad, y la luz que bañaba el salón ya no era un veredicto para ella, sino el incendio que empezaba a consumir el trono de plata de Kaelin.




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