Sail

LX

El silencio que siguió a la revelación de Noah fue más pesado que el mármol del salón. Los nobles de Azura, que durante años habían brindado por la justicia de Kaelin, desviaban ahora la mirada, avergonzados de haber sido peones en una cacería basada en la mutilación de una niña. Kaelin, acorralado por las palabras de su propio heredero y la presencia física de la mujer que no pudo destruir, apretó los puños sobre el trono hasta que sus nudillos sangraron.
—¡Es mi palabra contra la de un hijo traidor y una pirata despechada! —gritó Kaelin, aunque su voz carecía de la firmeza de antaño—. ¡Guardias! ¡Despejen el salón! ¡Esta farsa ha terminado!
Pero los guardias no se movieron. El Capitán Valerius, situado a la entrada del salón, cruzó los brazos sobre su coraza de plata, manteniendo sus ojos fijos en Noah. El ejército de Azura, forjado en el honor, no estaba dispuesto a morir por el sadismo de un rey que inventaba tesoros para arrancar ojos.
El Rey Raeden se detuvo a un paso del trono de plata. Su mano, grande y callosa, se posó sobre la empuñadura de su espada, pero no la desenvainó. Su desprecio era un arma más letal.
—Kaelin —dijo Raeden, con una calma que erizaba la piel—, el "Ojo" que tanto buscaste te ha encontrado. Pero no para ser arrancado, sino para juzgarte. Has roto el pacto de sangre entre nuestras naciones. Has convertido a mi hija en un mito de sangre para ocultar tu propia debilidad.
Raeden se giró hacia el salón, elevando su voz para que llegara hasta los pasillos exteriores.
—¡Yo, Raeden de las Tierras Libres, reclamo la custodia inmediata de Liriel de Azura! ¡Y declaro que, desde este instante, la alianza con el Rey Kaelin está rota! Cualquier acto contra ella o contra la tripulación del Destino Oscuro será respondido con el fuego de mi flota.
Liriel dio un paso al frente, colocándose al lado de su padre. Ya no buscaba la protección de las sombras; ahora, la luz del salón destacaba su postura de capitana. Miró a Kaelin con una frialdad que lo hizo estremecer.
—Me llamaste monstruo para que el mundo no viera al hombre que sostenía el hierro ardiendo —dijo Liriel—. Pero el monstruo ha regresado a casa, Kaelin. Y no viene por tu ojo, ni por tu corona. Viene por tu justicia.
Noah caminó hacia el centro del estrado y, en un gesto que selló el destino de la dinastía, se quitó el anillo del sello real y lo arrojó a los pies del trono de su padre. El sonido del oro chocando contra el suelo resonó como una campana fúnebre.
—No seré el heredero de un hombre que usa la leyenda como camuflaje para la crueldad —sentenció Noah—. Si Azura ha de tener un futuro, no será bajo tu sombra.
Kaelin, viendo que su poder se desvanecía como arena entre los dedos, intentó levantarse, pero sus propias piernas le fallaron. El miedo, ese sentimiento que él había sembrado en otros durante décadas, finalmente había echado raíces en su propio pecho.
—¡Valerius! —aulló Kaelin—. ¡Haz algo!
—Lo haré, Majestad —respondió el capitán con voz gélida—. Lo escoltaré a sus aposentos privados bajo arresto de palacio mientras el Consejo de Ancianos y el Rey Raeden deciden los términos de su abdicación. Azura no será cómplice de un carnicero.
Los guardias avanzaron, pero no para proteger a Kaelin, sino para rodearlo. El Rey de Azura fue levantado de su trono de plata, no con la reverencia de un soberano, sino con la firmeza de un prisionero de alto rango.
Mientras Kaelin era arrastrado fuera del salón, sus ojos se cruzaron por última vez con los de Liriel. Ella no sonrió. No hubo triunfo en su mirada, solo la paz de quien finalmente ha recuperado su nombre.
Tara se acercó a Liriel y la tomó del brazo, mientras Noah se situaba al otro lado. Los tres —la princesa legítima, el príncipe rebelde y la capitana recuperada— se quedaron en el centro del salón. Raeden se volvió hacia ellos, y por primera vez en aquel día, su rostro se suavizó.
—El barco negro puede quedarse en el puerto —dijo Raeden, abrazando a sus dos hijas—. Pero hoy, la capitana duerme en un palacio. Tenemos diez años de historias que recuperar, y un reino que reconstruir desde la verdad.
Liriel miró a Noah, y por fin, se permitió exhalar. El Mar de las Sombras quedaba atrás; el "Ojo" estaba abierto, y por primera vez, lo que veía era un horizonte donde ya no tenía que huir. El Destino Oscuro descansaba en el muelle, pero sus tripulantes acababan de ganar la batalla más grande de todas: la batalla por su propia existencia.




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