Sail

LXI

El Salón de los Tronos había sido un escenario de alta política y dramas reales, pero los aposentos de la Princesa Tara eran, en ese momento, el escenario de una batalla de una naturaleza completamente distinta.
—¡Ni lo piensen! ¡Prefiero enfrentarme de nuevo a los cañones de Morgath que a ese artefacto de tortura! —gritó Liriel, saltando con agilidad por encima de un diván de terciopelo azul.
Liriel, que minutos antes había intimidado a un rey, ahora huía despavorida de dos doncellas que sostenían una estructura de varillas de ballesta y seda como si fuera una red para cazar fieras. Tara, con las mejillas encendidas por la risa, lideraba la persecución con una cinta de encaje en la mano.
—¡Liriel, detente! —rogó Tara entre carcajadas—. ¡Es el banquete de bienvenida! No puedes bajar al comedor con esos pantalones de cuero salados y una camisa que tiene más agujeros que un colador. ¡Es protocolo real!
—¡El protocolo es una invención para inmovilizar a la gente y poder apuñalarla más fácil! —replicó Liriel, deslizándose bajo una mesa de tocador mientras las doncellas, Elara y Hanna, se dividían para flanquearla, divirtiéndose como nunca en sus años de servicio.
—¡Por favor, Lady Liriel! —rio Hanna, intentando atrapar un pie de la capitana—. ¡Solo es un corsé de seda! ¡No es una armadura de placas!
—¡Se siente como una armadura que intenta robarme los pulmones! —Liriel se puso de pie de un salto, trepando al borde de la enorme cama con dosel—. ¡Soy una mujer de mar, Tara! ¡Necesito expandir el pecho para gritar órdenes! ¡Si me ponen eso, lo único que gritaré será un pedido de auxilio!
Tara se detuvo, jadeando de risa, y miró a las doncellas con complicidad. Hizo una señal silenciosa.
—Está bien, Liriel —dijo Tara con fingida derrota—. Si no quieres el corsé, supongo que tendré que decirle a Noah que no bajarás. Una pena, porque lo vi en el pasillo y se ha puesto una casaca de seda que le queda... bueno, digamos que te costaría respirar de todas formas solo con verlo.
Liriel dudó. Se quedó quieta un segundo en lo alto de la cama, con el pelo alborotado y una expresión de sospecha.
—¿Seda? ¿Noah? —murmuró.
Ese segundo de distracción fue su perdición. Las doncellas, rápidas como piratas en pleno abordaje, tiraron de las sábanas de seda hacia atrás, haciendo que Liriel perdiera el equilibrio y cayera suavemente sobre el montón de almohadones. En un parpadeo, Tara y las muchachas estaban sobre ella, no con armas, sino con plumas y cosquillas.
—¡Traición! ¡Motín! —gritaba Liriel entre carcajadas incontrolables, intentando zafarse del ataque de cosquillas de sus "captoras".
—¡Es por tu bien, hermana! —sentenció Tara, sentándose a su lado mientras las doncellas la ayudaban a incorporarse, aprovechando que Liriel estaba sin aire por la risa.
Finalmente, con mucha paciencia y varias bromas sobre nudos marineros, Tara colocó el corsé sobre la camisa de lino fino. Liriel se quedó rígida como un mástil mientras Tara empezaba a tirar de los cordones en la espalda.
—Respira hondo... ahora suelta —instruyó Tara con voz experta.
—Ugh... Tara, siento que mi hígado está saludando a mis costillas —gruñó Liriel, agarrándose al poste de la cama—. ¿Cómo viven así? ¿Cómo caminan? ¿Cómo no se desmayan cada cinco minutos?
—Es un arte, capitana —dijo Elara, ajustando los últimos lazos con un lazo perfecto—. Además, resalta su porte. Mire al espejo.
Liriel se giró lentamente hacia el gran espejo de cuerpo entero. Por un momento, se quedó muda. El corsé, de un azul profundo como el océano a medianoche con bordados en plata, moldeaba su figura sin ocultar la fuerza de sus hombros. Tara le puso un collar de zafiros que Raeden le había enviado minutos antes.
—Sigues siendo la Pirata Temible —susurró Tara, poniéndose detrás de ella y apoyando la barbilla en su hombro—. Solo que ahora, el mundo sabrá que también eres una joya de Azura.
Liriel se miró las manos; seguían teniendo las marcas del mar, pero el conjunto la hacía lucir imponente, casi etérea.
—Si me desmayo en medio de la sopa de pescado, Noah tendrá que cargarme —advirtió Liriel, aunque una sonrisa de satisfacción asomó a sus labios.
—Él estará encantado de hacerlo —rio Tara, dándole un último retoque al cabello de su hermana—. Ahora vamos, el Rey Raeden espera a sus dos hijas. Y el príncipe... bueno, el príncipe probablemente ya se olvidó de cómo hablar solo de pensar en verte.
Liriel dio un paso, probando su equilibrio en aquel nuevo y ajustado mundo.
—Está bien, princesa. Pero que conste: si hay una pelea, voy a usar las varillas de este corsé como dagas.




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