Sail

LXII

Mientras en el ala este del palacio Liriel libraba su propia batalla contra la seda y los encajes, en los aposentos de invitados la atmósfera era mucho más silenciosa, aunque no menos tensa. Noah permanecía frente a un espejo de plata pulida, observando a un hombre que apenas reconocía.
Había pasado meses vistiendo camisas manchadas de salitre, botas gastadas por la cubierta y el cuero endurecido de la supervivencia. Ahora, un sastre real le había dejado sobre la cama una casaca de gala de color azul medianoche, con bordados en hilo de plata que representaban el vuelo del halcón, el emblema de su linaje que ahora pesaba más que nunca.
—¿Problemas con el cuello, muchacho? —La voz de Kitt resonó desde la entrada de la habitación.
El viejo pirata estaba apoyado contra el marco de la puerta, luciendo extrañamente fuera de lugar entre las paredes recubiertas de pan de oro. Kitt se había negado a usar ropa de gala, pero al menos se había lavado la cara y vestía una chaqueta de cuero limpia.
—No es el cuello, Kitt —respondió Noah, intentando abrocharse los botones de plata con dedos que parecían haber olvidado la delicadeza—. Es el peso. Siento que, al ponerme esto, vuelvo a ser el príncipe que mi padre quería que fuera.
Kitt entró en la habitación y, con la brusquedad de quien ha manejado cabos toda su vida, apartó las manos de Noah y terminó de abrocharle la casaca por él.
—Te equivocas —dijo Kitt, ajustando los hombros de la prenda—. El príncipe que tu padre quería habría usado este uniforme para ocultar la verdad. Tú lo estás usando para imponerla. No eres el mismo chico que salió huyendo de Azura. Tienes la mirada de alguien que ha visto el Mar de las Sombras y ha regresado. Eso no se quita con una casaca de seda.
Noah suspiró, observando su reflejo. Kitt tenía razón. Sus manos tenían nuevas cicatrices, y su mandíbula estaba más marcada, endurecida por la responsabilidad de proteger a quienes amaba.
—¿Crees que ella estará bien? —preguntó Noah en voz baja—. Liriel odia los espacios cerrados. Y ahora está rodeada de cortesanos que hace una semana pedían su cabeza.
Kitt soltó una carcajada ronca.
—Si esa mujer pudo domar al Destino Oscuro en medio de un huracán, podrá domar a un puñado de nobles con pelucas empolvadas. Mi mayor preocupación no es ella, sino tú. Cuando la veas aparecer... intenta no caerte de espaldas. Las mujeres de la estirpe de Raeden tienen la costumbre de ser peligrosamente hermosas cuando se lo proponen.
Noah sonrió, recordando la primera vez que vio a Liriel bajo la luz de la luna en la cubierta del barco. Si ya entonces le había robado el aliento, no podía imaginar cómo sería verla reclamar su lugar en el mundo.
Se puso el cinturón de gala, pero en lugar de la espada ceremonial de adorno que el sastre le había sugerido, colgó su propio acero, el que lo había defendido en el abordaje de Morgath. No era una cuestión de protocolo, sino de identidad.
—Estoy listo —sentenció Noah, dándose un último vistazo.
—Entonces vamos, principito —dijo Kitt, dándole una palmada en el espalda que casi lo hace tambalear—. El Rey Raeden ya está en el salón, y el banquete está a punto de empezar. Es hora de demostrarle a Azura que el heredero de Kaelin tiene una columna vertebral de acero.
Noah salió de sus aposentos con paso firme. Cada paso por los pasillos alfombrados del palacio era un recordatorio de que la vida que conocía había terminado, pero no sentía miedo. Mientras caminaba hacia el Gran Salón, solo tenía un pensamiento en mente: encontrar los ojos dorados de Liriel y recordarle, entre todo aquel lujo y falsedad, que seguían siendo los mismos parias que habían desafiado al destino en alta mar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.