El Gran Salón de Azura estaba iluminado por miles de velas de cera de abeja, cuyos reflejos bailaban en las paredes de cristal y en las joyas de los invitados. El murmullo de la nobleza era una marea baja, cargada de expectación y veneno. Todos esperaban ver el desastre: a la pirata comportándose como una salvaje o al príncipe arrepentido de su rebeldía.
Noah entró primero. Su presencia silenció a la mitad del salón. Caminaba con una rectitud que no era arrogancia, sino calma. Al llegar al pie del estrado donde el Rey Raeden aguardaba, hizo una inclinación de cabeza respetuosa, pero sus ojos permanecieron fijos en la gran escalera de mármol del fondo.
Entonces, las puertas superiores se abrieron.
El heraldo real golpeó el suelo con su vara, pero su voz tembló ligeramente al anunciar:
—Sus Altezas Reales, la Princesa Tara y la Princesa Liriel de las Tierras Libres.
Aparecieron juntas. Tara, con su gracia habitual, vestía un traje de seda color crema que la hacía parecer una estatua viviente. Pero todas las miradas, incluida la de Noah, se clavaron en la mujer a su derecha.
Liriel descendía los escalones con una precaución que ella intentaba disimular como elegancia. El corsé azul medianoche ceñía su talle, y el contraste de la seda contra su piel bronceada por el sol y el mar era devastador. No llevaba velo, dejando que su melena oscura cayera con rebeldía controlada sobre sus hombros. La cicatriz de su cuello, ahora sin vendas, se mostraba como una joya de guerra contra el brillo de los zafiros.
Noah sintió que el mundo se detenía. Kitt tenía razón: era peligrosamente hermosa. Pero lo que más le impactó no fue el vestido, sino la mirada de Liriel. Ella buscaba desesperadamente una sola cosa entre la multitud. Y cuando sus ojos dorados encontraron los de él, la tensión en sus hombros desapareció.
Al llegar al final de la escalera, Tara le dio un pequeño apretón de ánimos en la mano y se dirigió hacia su padre. Liriel se quedó allí un segundo, sintiéndose como un pez fuera del agua, hasta que Noah rompió el protocolo.
Él caminó hacia ella, ignorando los susurros escandalizados de los duques y condes. Se detuvo a un paso, observando cómo el pecho de Liriel subía y bajaba con esfuerzo bajo el corsé.
—Te ves... —Noah buscó la palabra, pero se quedó corto—. Te ves como si el océano se hubiera convertido en mujer.
Liriel soltó un suspiro trémulo, y una chispa de su antigua ironía brilló en sus ojos.
—Me veo como si un barco me hubiera pasado por encima y me hubieran envuelto en las velas, Noah. Si no me sacas de aquí pronto para respirar, juro que voy a empezar a usar los tenedores de plata como dagas arrojadizas.
Noah soltó una carcajada baja y le ofreció el brazo. Liriel lo tomó, aferrándose a él como si fuera el único cabo firme en una tempestad.
—Solo una hora, capitana —susurró Noah cerca de su oído mientras la conducía hacia la mesa real—. Solo una hora de ser una princesa. Después, podemos escaparnos a los balcones y mirar el mar.
—Media hora —negoció ella, apretando el brazo de él—. Y más te vale que el vino sea mejor que el ron de Barnaby, o no respondo.
El Rey Raeden los vio acercarse. El monarca se puso de pie, extendiendo sus manos hacia ambas hijas. Por primera vez en décadas, la mesa real de las Tierras Libres estaba completa. Los nobles de Azura, al ver la protección absoluta de Raeden y la lealtad feroz en los ojos de Noah, comprendieron que la "Pirata Temible" no era una invitada: era la nueva dueña del tablero.
El banquete comenzó, pero mientras los criados servían los manjares, bajo la mesa, Noah buscó la mano de Liriel. Ella entrelazó sus dedos con los de él, un ancla secreta entre tanta seda y cristal. Afuera, el Destino Oscuro esperaba en el muelle, pero dentro de palacio, por primera vez, Liriel no necesitaba un barco para sentirse capitana de su propia vida.
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Editado: 20.04.2026