Sail

LXIV

El banquete transcurría entre el tintineo de los cubiertos de plata y el murmullo hipócrita de una corte que aún no sabía cómo tratar a la mujer que antes ponía precio a sus cargamentos. Liriel permanecía sentada a la derecha del Rey Raeden, sintiendo el roce constante de la seda contra su piel y la presión del corsé que le recordaba, con cada bocanada de aire, que ya no estaba en la cubierta de su barco.
A su lado, Noah mantenía una vigilancia silenciosa. Podía ver cómo los ojos de Liriel escaneaban las salidas de emergencia y calculaban la distancia entre las mesas, un instinto de pirata que el lujo no lograba adormecer.
—Es extraño, ¿verdad? —susurró Tara desde el otro lado de Liriel, inclinándose con una sonrisa cómplice—. Hace apenas una semana estábamos en una celda, y ahora los hombres más poderosos de Azura no se atreven a mirarte a los ojos.
—No se atreven porque saben que conozco el nombre de sus barcos de contrabando —respondió Liriel en voz baja, logrando que Tara soltara una risita que ocultó tras su copa de cristal.
El Rey Raeden se puso en pie, y el Gran Salón quedó en un silencio sepulcral. El monarca levantó su copa de oro, y su mirada recorrió a los presentes con una gravedad que exigía sumisión.
—Este brindis no es por la política, ni por los tratados —comenzó Raeden, con una voz que llenaba cada rincón del salón—. Es por la verdad. Durante años, mi familia fue fragmentada por las sombras y el engaño. Hoy, mis dos hijas están en casa. Y el hombre que intentó destruir a una de ellas —sus ojos se clavaron por un segundo en la silla vacía de Kaelin— ha descubierto que el linaje de las Tierras Libres es más fuerte que sus cadenas.
Raeden miró a Liriel con una ternura que la hizo bajar la guardia por un instante.
—Por Liriel, mi primogénita. Que el mar siempre le devuelva lo que el fuego intentó quitarle.
—¡Por la Princesa Liriel! —tronó la voz de Kitt desde el fondo del salón, donde se encontraba con el resto de la tripulación, rompiendo todo protocolo con un entusiasmo que hizo que varios duques saltaran en sus asientos.
Noah se levantó también, alzando su copa hacia ella. Sus ojos brillaban con una promesa que iba más allá del salón. Liriel bebió el vino —que, efectivamente, era mejor que el ron de Barnaby— y sintió un calor recorrer su pecho.
Sin embargo, el protocolo terminó por agotar la paciencia de la capitana. Media hora después, tal como habían pactado, Noah aprovechó un cambio de platos para inclinar la cabeza hacia ella.
—¿Respiramos? —preguntó Noah.
—Si no salgo ahora mismo, voy a saltar por la ventana principal —respondió ella.
Se deslizaron fuera del salón con la discreción de dos sombras entrenadas. Al salir al balcón real, el aire fresco de la noche de Azura golpeó el rostro de Liriel, y ella cerró los ojos, inhalando profundamente el olor a sal y jazmín. Se apoyó en la barandilla de mármol, desabrochando con dedos impacientes el broche de zafiro que apretaba su cuello.
—No te queda tan mal el papel de princesa —bromeó Noah, acercándose a ella.
—Odio que me miren como si fuera un animal exótico en una jaula de oro, Noah —dijo Liriel, mirando hacia el puerto, donde las luces del Destino Oscuro parpadeaban en la distancia—. Pero estar aquí, con Tara y con mi padre... es algo que nunca me permití soñar.
Noah se colocó detrás de ella, rodeando su cintura con cuidado de no estropear la seda, pero con la firmeza de quien no piensa soltarla.
—Ya no tienes que soñarlo. Es tu realidad. Y si la jaula de oro te aprieta demasiado, recuerda que tú tienes las llaves de un barco negro.
Liriel se giró entre sus brazos, pasando sus manos por los hombros de la casaca de Noah.
—¿Y tú, príncipe? ¿Qué harás ahora que tu padre está en una celda y tú eres el único que puede reclamar este trono de cristal?
Noah acarició su mejilla, rozando apenas la cicatriz de su cuello con el pulgar.
—Haré lo que el capitán del Destino Oscuro decida. Porque mi hogar no es un castillo, Liriel. Mi hogar es cualquier lugar donde tú estés al mando.
Bajo la luz de la luna llena, lejos de los ojos de la corte y del peso de las coronas, Noah acortó la distancia y la besó. Fue un beso que sabía a victoria y a libertad, un sello que no necesitaba oro ni cera para ser real. En ese balcón, la capitana y el príncipe entendieron que el final de su viaje era solo el comienzo de una leyenda mucho más grande: una donde el amor no entendía de bastardía, y donde el horizonte siempre estaría abierto para quienes se atrevieran a navegarlo juntos.




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