La brisa nocturna acariciaba el balcón con una suavidad que contrastaba con la rigidez del protocolo que acababan de abandonar. Noah se había alejado unos pasos para conversar con un guardia de confianza, dejando a las dos hermanas a solas frente a la inmensidad del puerto. Tara permanecía apoyada en la piedra fría, pero su mirada no estaba puesta en el horizonte, sino en una figura solitaria que custodiaba la entrada de los jardines reales: Kitt.
El viejo lobo de mar, a pesar de estar rodeado de estatuas de mármol y flores exóticas, se mantenía en una postura de vigilancia absoluta, con los brazos cruzados y la mirada escrutando la oscuridad.
—Llevas mirándolo así desde que desembarcamos —dijo Liriel, rompiendo el silencio con esa voz ronca que siempre parecía leer los pensamientos más ocultos.
Tara se sobresaltó, sintiendo un leve rubor subir por sus mejillas. Intentó disimular ajustándose una de las mangas de su vestido de seda.
—Solo me aseguraba de que la tripulación estuviera cómoda. Kitt parece fuera de lugar en un palacio.
Liriel dejó escapar una risa seca, apoyando los codos en la barandilla.
—Kitt está fuera de lugar en cualquier sitio que tenga techo, pero eso no es lo que estás mirando. He sido capitana el tiempo suficiente para saber cuándo un hombre cuida de su barco y cuándo cuida de un tesoro específico. He notado cómo te mira, Tara.
Tara bajó la vista, recordando la oscuridad asfixiante del Mar de las Sombras, cuando los susurros de los muertos intentaron arrastrar su cordura al abismo.
—Él fue... muy atento durante la travesía.
—Fue más que atento —corrigió Liriel, volviéndose hacia ella con una expresión inusualmente seria—. Kitt es un hombre hecho de cicatrices y cinismo. No abraza a nadie, mucho menos a una princesa. Sin embargo, cuando las Sombras se aprovecharon de nosotras, cuando el barco se convirtió en una pesadilla, fue él quien te sostuvo. Lo vi, Tara. Te rodeó con sus brazos como si fuera a luchar contra el mismo infierno para que no te llevaran. Ha sido tu sombra silenciosa desde que salimos de la celda de Kaelin.
Liriel le dio un pequeño empujón con el hombro, una muestra de afecto ruda pero sincera.
—Él no vendrá a ti. Sabe quién es y sabe quién eres tú. En su cabeza, él es solo un paria y tú eres la luz de Raeden. Si quieres saber qué hay detrás de esa coraza de cuero viejo, tendrás que ser tú quien cruce la cubierta.
Tara miró de nuevo hacia el jardín. Kitt seguía allí, una mancha oscura contra la perfección del palacio. La princesa tomó aire, sintiendo el nudo de nervios en su estómago, y sin decir una palabra, comenzó a descender las escaleras de caracol que llevaban a los niveles inferiores.
Caminó por el sendero de grava, con la seda de su vestido susurrando contra las flores. Kitt no se movió hasta que ella estuvo a pocos metros. En cuanto la percibió, su cuerpo se tensó y su mano derecha bajó instintivamente hacia el cuchillo en su cinturón, solo para relajarse al instante al reconocer la silueta de la princesa.
—Es tarde para que una dama ande entre los arbustos, Alteza —dijo Kitt, su voz tan áspera como la lija, aunque no ocultaba un matiz de alivio.
—No soy solo una dama, Kitt. Soy una superviviente del Destino Oscuro —respondió Tara, deteniéndose frente a él. La luz de la luna bañaba el rostro del pirata, resaltando cada línea de una vida llena de batallas—. Nunca te agradecí adecuadamente lo que hiciste en el Mar de las Sombras.
Kitt desvió la mirada hacia las torres del palacio, fingiendo desinterés.
—Hice mi trabajo. La capitana dio la orden de proteger a los pasajeros.
—Liriel no te ordenó que me abrazaras cuando sentí que el mundo se acababa —replicó Tara con suavidad, dando un paso hacia él, invadiendo ese espacio personal que Kitt defendía con tanto celo—. No me miraste como a una carga, ni como a una princesa. Me sostuviste como si mi vida fuera lo único que importaba en ese océano de pesadillas.
Kitt apretó la mandíbula, y por un momento, la máscara de mercenario indiferente flaqueó. Sus ojos se encontraron con los de Tara, y en ellos ella vio una vulnerabilidad que la dejó sin aliento.
—Hay cosas en este mundo que son demasiado hermosas para que las sombras se las traguen —gruñó Kitt en un susurro apenas audible—. No te confundas, princesa. Yo soy un hombre de sangre y sal. No pertenezco a este mundo de cristales y banquetes.
—Quizás —dijo Tara, extendiendo su mano y rozando con las puntas de sus dedos la áspera piel del dorso de la mano de Kitt—, pero en el barco me enseñaste que los mundos no importan cuando la tormenta arrecia. Gracias por ser mi ancla, Kitt.
Kitt no retiró la mano. Por el contrario, sus dedos se cerraron brevemente sobre los de ella en un apretón fugaz pero eléctrico, antes de recuperar su compostura.
—Vuelve adentro, Tara —dijo él, usando su nombre sin títulos por primera vez—. Tu padre te está buscando. Y yo... yo tengo una guardia que terminar.
Tara asintió, con el corazón latiendo con una fuerza nueva. Mientras se alejaba hacia la luz del banquete, supo que Liriel tenía razón. Bajo el cuero y las cicatrices de Kitt, latía un corazón que ya no le pertenecía del todo a la mar, sino a la princesa que se atrevió a mirar dentro de sus sombras. Al pie de la escalera, se giró una última vez; Kitt seguía en la misma posición, pero su mirada ya no escudriñaba el horizonte, sino que seguía el rastro blanco de su vestido hasta que ella desapareció en el palacio.
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Editado: 20.04.2026