Kitt permaneció en el jardín mucho tiempo después de que el rastro del perfume de Tara se disipara en el aire nocturno. Se miró la mano, la misma que había rozado la piel de porcelana de la princesa, y cerró el puño con una mezcla de rabia y nostalgia. Él conocía las reglas de este juego: los hombres como él no tenían lugar en los cuentos de hadas, a menos que fuera para morir protegiendo el castillo.
—Si sigues apretando el puño así, vas a romperte los nudillos antes de que empiece la próxima pelea —dijo una voz desde la penumbra de un gran sauce llorón.
Kitt no tuvo que girarse para saber que era Liriel. Ella había bajado del balcón con la agilidad de un gato, moviéndose entre las sombras a pesar del estorboso vestido azul. Se acercó a él y se apoyó contra el mismo tronco, cruzando los brazos sobre el corsé que tanto había maldecido.
—Es una princesa, Liri —dijo Kitt, su voz más ronca que de costumbre—. Y yo soy un perro de presa que ha olvidado cómo ladrar en los salones.
—Ella no es solo una princesa, Kitt. Es una Raeden —respondió Liriel, mirando hacia las ventanas iluminadas del Gran Salón—. Y nosotros no somos perros. Somos lobos. Los lobos y las águilas suelen entenderse mejor de lo que crees. Ella te buscó porque vio algo en ti que no encuentra en esos marqueses perfumados: verdad.
Kitt soltó un bufido de desprecio, pero no rebatió sus palabras. Conocía a Liriel desde que era una niña huyendo por los muelles; ella era la única persona que podía ver a través de sus muros de acero.
—¿Y tú qué? —preguntó Kitt, desviando el tema—. ¿Vas a dejar que ese príncipe te ponga una corona o vas a llevarlo de vuelta al Destino Oscuro?
Liriel miró hacia el puerto, donde la silueta de su barco se recortaba contra la luna.
—Noah no es como su padre. Él ha sangrado por nosotros. Pero tienes razón... este aire de palacio está demasiado limpio para mis pulmones. Me pica la piel, Kitt. Siento que este corsé me está borrando las cicatrices, y no quiero olvidarlas.
—Mañana habrá que tomar decisiones —sentenció Kitt, enderezándose—. El Rey Raeden querrá que te quedes. Querrá recuperar el tiempo perdido. Pero el mar no devuelve lo que se lleva sin cobrar un precio, y tú y yo sabemos que nuestra alma ya tiene sal en las venas.
Liriel asintió en silencio. El banquete seguía en su apogeo, la música de los violines flotaba sobre los jardines como un eco lejano de un mundo al que nunca pertenecerían del todo. Por un momento, los dos piratas se quedaron allí, compartiendo el peso de su propia naturaleza.
—Si decides irte —dijo Kitt, mirando de nuevo hacia donde Tara había desaparecido—, asegúrate de que sea porque quieres, no porque tengas miedo de lo que sientes. No seas tan cobarde como yo.
Liriel le puso una mano en el hombro, un gesto de camaradería que valía más que cualquier brindis real.
—Mañana, Kitt. Mañana decidiremos si somos reinas o fugitivas. Por ahora... vigila las sombras. Siento que Kaelin, incluso en su celda, todavía tiene garras.
Se separaron en el jardín, dos sombras que se negaban a ser domesticadas por la luz de Azura. Liriel volvió hacia el palacio, sintiendo el frío del collar de zafiros en su pecho, mientras Kitt se hundía de nuevo en la oscuridad, cumpliendo su promesa de ser el ancla de una princesa que le había devuelto, por un breve instante, la fe en algo más que el acero.
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Editado: 20.04.2026