Sail

LXVII

El amanecer sobre el puerto de Azura poseía una claridad hiriente. La luz del sol se reflejaba en las aguas tranquilas con una intensidad que obligaba a los marineros a entrecerrar los ojos. En el muelle real, el Destino Oscuro lucía como una mancha de tinta sobre un lienzo de cristal. La tripulación trabajaba con una eficiencia silenciosa, cargada de una melancolía que pesaba más que los barriles de pólvora y las provisiones que terminaban de estibar.
Meldrick, el contramaestre gigante, ajustaba los cabos de la pasarela con movimientos lentos y deliberados. A su lado, la cabra Ana balaba con impaciencia, golpeando la madera del muelle con sus cascos. Meldrick le rascó las orejas con una mano que temblaba ligeramente.
—Ya casi nos vamos, muchacha —gruñó con una voz que parecía venir del fondo de una cueva—. El aire aquí es demasiado dulce, ¿verdad? No es para nosotros.
En la cubierta, Finola organizaba sus frascos de alquimia con un rigor obsesivo, evitando mirar hacia las altas torres del palacio. Sus dedos, generalmente rápidos y precisos, tropezaban con los viales. Pike y Barnaby se sentaban sobre un carromato volcado, compartiendo una última hogaza de pan de la cocina real, pero ninguno de los dos bromeaba. La ausencia de la capitana era un vacío físico que hacía que el barco se sintiera demasiado grande, demasiado vacío.
Kitt permanecía en la popa, apoyado contra la borda, con la mirada fija en las puertas de hierro que daban acceso al puerto. Su rostro era una máscara de piedra, pero sus ojos escrutaban cada movimiento en las murallas. Habían pasado la noche convencidos de que el banquete del día anterior había sellado el destino de su líder. ¿Cómo podría alguien elegir la dureza del salitre y el riesgo constante de la horca cuando tenía a su disposición el amor de un padre recuperado, la lealtad de una hermana y la devoción de un príncipe?
—¡Suelten amarras! —ordenó Kitt, aunque su voz carecía del fuego habitual—. No queremos que la marea nos atrape aquí como a cisnes en un estanque. La capitana... la Princesa Liriel ha encontrado su puerto. Nosotros debemos buscar el nuestro.
Meldrick comenzó a desatar el último cabo grueso de la bita de piedra. El barco dio un pequeño respingo, alejándose apenas unos centímetros del muelle. El silencio era absoluto, roto solo por el grito de las gaviotas.
—¡ESPEREN! ¡POR TODOS LOS DIOSES DEL MAR, ESPEREN!
El grito desgarró la calma matutina. Los tripulantes se quedaron congelados. Desde la colina que bajaba del palacio, una figura corría con una energía desesperada. Era Liriel. Pero no era la princesa de la noche anterior; se había arrancado el corsé de seda, dejando la camisa de lino abierta al viento, y vestía sus viejos pantalones de cuero remendados. Llevaba sus botas de montar y sus dagas cruzadas a la espalda.
Detrás de ella, corriendo con la misma urgencia y cargando un par de petates de cuero, venía Noah. El príncipe se había despojado de la casaca de gala, vistiendo ropas de viaje sencillas, pero con su espada al cinto.
—¡Meldrick! ¡Kitt! ¡No se atrevan a dejarme en tierra! —rugió Liriel, saltando por encima de un fardo de especias y derrapando sobre la grava del muelle justo cuando la pasarela empezaba a elevarse.
Liriel no se detuvo. Con un impulso atlético, saltó el vacío entre el muelle y el barco, aterrizando con un estruendo sobre la cubierta de madera. Se puso de pie de inmediato, jadeando, con el pelo alborotado y una sonrisa salvaje que iluminó el barco entero.
—¿A dónde creen que van sin su capitana? —preguntó, intentando recuperar el aliento.
Noah llegó segundos después, lanzando los petates sobre la borda antes de saltar él mismo con menos gracia que Liriel, pero con una determinación absoluta. Se colocó al lado de ella, limpiándose el sudor de la frente y mirando a la tripulación con una mezcla de cansancio y triunfo.
—¿Qué significa esto, capitana? —preguntó Kitt, aunque una chispa de alivio inmenso comenzaba a brillar en sus ojos—. El Rey Raeden... tu familia...
—Mi padre sabe quién soy, Kitt —dijo Liriel, acercándose al timón—. Le prometí que las puertas de su hogar siempre estarían abiertas, y él me prometió que el horizonte también lo estaría. Tara tiene su reino que reconstruir, y Raeden tiene su corona. Pero yo... yo tengo un barco que necesita ser gobernado y un mundo que todavía cree que puede decirme dónde pertenezco.
Miró a Noah, quien le devolvió una mirada llena de complicidad.
—Y el príncipe aquí presente ha decidido que prefiere las tormentas conmigo que los bailes con la corte. Dice que Azura necesita un embajador en alta mar.
Barnaby soltó un grito de júbilo y Pike comenzó a bailar una giga improvisada sobre los barriles. Meldrick soltó una carcajada que hizo vibrar las velas y Ana, la cabra, baló con fuerza, saltando sobre las piernas de Liriel.
—¡Rumbo al Mar de las Sombras! —ordenó Liriel, tomando el timón con manos firmes, sintiendo la madera familiar bajo sus dedos—. Kaelin está en su celda, pero hay una leyenda que limpiar y un tesoro que no es de oro por el que seguir luchando. ¡Noah, a las drizas! ¡Kitt, prepara la vigilancia!
El Destino Oscuro giró con una elegancia renovada, desplegando sus velas negras que ahora no parecían sombras, sino alas. Mientras se alejaban de los muelles de cristal de Azura, Liriel miró por última vez hacia el balcón del palacio, donde dos figuras —Raeden y Tara— alzaban sus manos en señal de despedida. Ya no huía de nadie. Ya no era una bastarda marcada. Era Liriel, la capitana que había encontrado su nombre en la tierra solo para llevarlo de vuelta a la libertad del mar.




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