Sail

LXIX

El Destino Oscuro navegaba ahora sobre un mar de zafiro líquido, dejando atrás las aguas territoriales de Azura para adentrarse en la libertad del océano abierto. El viento de popa soplaba con una fuerza constante, como si la propia naturaleza estuviera ansiosa por ver qué nuevas hazañas escribiría esta tripulación de leyendas. Ya no eran sombras huyendo de la horca; eran los arquitectos de su propio destino.
En el alcázar, Liriel mantenía las manos firmes sobre el timón de madera de roble. Había algo diferente en su postura: la tensión defensiva que siempre había marcado sus hombros había desaparecido, reemplazada por una autoridad serena. A su lado, Noah observaba el mapa desplegado sobre la mesa de bitácora. El príncipe, ahora convertido en navegante, trazaba una ruta que no buscaba tesoros prohibidos, sino islas olvidadas que necesitaban saber que la tiranía de Kaelin había caído.
—El mundo parece más grande hoy, ¿no crees? —preguntó Noah, levantando la vista para encontrarse con los ojos dorados de la capitana.
—Es porque ahora lo miramos sin miedo a ser reconocidos, Noah —respondió Liriel con una sonrisa que ya no ocultaba nada—. Antes, el horizonte era una pared. Ahora es una invitación.
Bajo ellos, en la cubierta principal, la vida seguía su curso con una alegría contagiosa. Meldrick reía a carcajadas mientras la cabra Ana intentaba comerse los flecos de la nueva casaca de Pike, quien junto a Barnaby, ensayaba una canción sobre "La Princesa de las Olas y el Príncipe del Viento". Finola, en su pequeño rincón alquímico, ya no destilaba venenos, sino aceites esenciales y tónicos curativos, preparándose para las aventuras que vendrían.
En la proa, Kitt permanecía vigilante, pero su mano derecha descansaba con frecuencia sobre el pecho, justo donde el papel de la carta de Tara latía contra su piel. Ya no miraba hacia atrás con arrepentimiento; miraba hacia adelante con la determinación de un hombre que sabe que cada legua navegada es una legua que lo acerca al momento de cumplir su promesa de regreso.
Liriel miró a su tripulación, su verdadera familia, y luego a la inmensidad del mar. Sabía que Kaelin enfrentaría el juicio de los ancianos y que Raeden y Tara reconstruirían Azura sobre los cimientos de la honestidad. Pero ella pertenecía aquí, donde el aire sabía a sal y el mañana era una página en blanco.
—¿Hacia dónde, capitana? —preguntó Noah, cerrando el mapa y colocándose a su lado.
Liriel sintió el tirón del timón, la vibración del barco que era una extensión de su propio ser. Miró hacia el punto donde el cielo se fundía con el agua en un abrazo eterno.
—Hacia donde el viento nos lleve y la justicia nos necesite —sentenció Liriel. Su voz, clara y potente, resonó por todo el barco—. ¡A toda vela! ¡Que el mundo sepa que el Destino Oscuro sigue navegando, y que esta vez, llevamos la luz de la verdad en nuestras velas!
El barco se inclinó, cortando la primera gran ola del mar abierto con un estallido de espuma blanca. Las velas negras se hincharon, imponentes y majestuosas, mientras la silueta del navío se perdía en el resplandor del sol poniente. La leyenda de la Pirata Temible había muerto en los muelles de la Ciudad de Cristal, pero en su lugar, nacía la historia de Liriel de las Tierras Libres, la mujer que gobernaba el océano no con el miedo, sino con la indomable fuerza de su libertad.
Y así, con el corazón lleno de promesas y los ojos fijos en lo desconocido, el Destino Oscuro desapareció en el horizonte, escribiendo el primer capítulo de una eternidad que apenas comenzaba.




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