El cielo llevaba semanas apareciendo en todos los noticieros. No por tormentas ni eclipses, sino por un punto que crecía cada noche. Al principio era apenas una nota al final del informativo. Después ocupó portadas, transmisiones en vivo y discusiones interminables.
Los observatorios lo registraron como Aegis-9. Un cuerpo celeste de gran tamaño con una trayectoria que pasaría peligrosamente cerca de la Tierra. No se sabía con exactitud su composición, solo que era inestable y que cualquier variación mínima podía cambiarlo todo.
Algunos hablaban de extinción. Otros de milagros. Gobiernos convocaron ruedas de prensa intentando mantener la calma. Los científicos repetían que aún no había evidencia de impacto, pero tampoco podían descartarlo.
Saisto era, en ese momento, un joven más dentro de millones. Estudiaba, trabajaba y llevaba una vida común. Miraba el fenómeno desde la pantalla de su teléfono mientras intentaba continuar con su rutina. Le sorprendía la mezcla de miedo colectivo y emoción. En el fondo, esperaba que nada ocurriera.
Con el paso de los días, Aegis-9 se volvió visible a simple vista. Por las noches, la gente salía a terrazas y plazas para observarlo. No importaba el país ni la cultura: todos miraban el mismo punto brillante avanzando lentamente.
La víspera del máximo acercamiento, la tensión era evidente. Hospitales reforzaron protocolos. Las bolsas financieras suspendieron operaciones. Familias enteras cenaron juntas como si fuera una despedida anticipada.
Pero el impacto nunca llegó.
En lugar de colisionar, el cuerpo celeste comenzó a fragmentarse en la alta atmósfera. No hubo explosión devastadora. Solo una dispersión gradual de materia gaseosa que se extendió alrededor del planeta.
Durante horas, una niebla azulada descendió de forma casi imperceptible. No tenía olor fuerte ni textura irritante. Cubrió ciudades, campos y océanos con una capa tenue y luminosa.
La reacción inicial fue de alarma. Se midieron niveles de radiación. Se analizaron muestras de aire y agua. No se encontró toxicidad. Con el tiempo, el temor disminuyó.
La vida continuó.
Las escuelas reabrieron. Los mercados volvieron a llenarse. El cometa pasó a ser recuerdo y anécdota. Su imagen terminó impresa en camisetas y convertida en tema de documentales.
Años después comenzaron a surgir casos que nadie supo explicar.
Una mujer que no envejecía al ritmo esperado. Un hombre cuya salud no se deterioraba con el paso del tiempo. Un niño cuya apariencia permanecía inalterable año tras año.
Al principio se consideraron excepciones estadísticas. Luego se observó un patrón: uno de cada diez millones de personas mostraba la misma anomalía biológica.
El proceso no era inmediato. No implicaba poderes visibles ni transformaciones bruscas. Simplemente el envejecimiento parecía detenerse.
Saisto tardó décadas en comprender que él estaba dentro de esa proporción.
Mientras amigos y conocidos acumulaban cambios inevitables, su reflejo permanecía igual. Al inicio pensó que era una percepción equivocada. Después dejó de encontrar explicaciones.
El cometa no había destruido el mundo.
Había alterado silenciosamente a unos pocos.
Y para quienes quedaban fuera del desgaste natural del tiempo, aquello no era un milagro sencillo. Era el inicio de algo que aún no tenía nombre.