Saisto - El erudito del Núcleo

Capítulo 1 – La Marca del Tiempo Detenido

La ciudad celebraba otra vez la Vigilia de la Niebla.

Cada año hacían lo mismo. Cerraban algunas calles, colgaban faroles turquesa en los puentes y ponían música cerca del río. La gente salía con sus familias, compraba pan dulce, tomaba fotografías y fingía que aquella noche solo era una tradición bonita.

Para mí no era bonita.

No del todo.

Yo caminaba entre la multitud con las manos metidas en los bolsillos de mi abrigo, tratando de parecer tranquilo. Habían pasado diez años desde que la niebla cubrió el mundo, pero esa fecha seguía haciéndome sentir incómodo.

Me molestaba porque cada farol iluminaba algo que yo llevaba demasiado tiempo intentando negar.

Yo no estaba envejeciendo.

A mi lado, Mateo apareció con dos vasos de bebida caliente. Venía esquivando gente, cuidando que no se le derramara encima.

—Hermano, toma —dijo, pasándome uno—. Casi pierdo un brazo por comprar esto.

Acepté el vaso y sonreí apenas.

—Gracias.

—Diez años —soltó de pronto, mirando los faroles sobre el río—. ¿Puedes creerlo? Diez años desde aquella noche. Yo siento que fueron cincuenta.

Le di un sorbo a la bebida para ganar unos segundos.

—Sí. Diez años.

Mateo me miró de reojo.

—Tú lo dices como si nada.

—¿Cómo quieres que lo diga?

—No sé. Con emoción, con miedo, con algo. Es la Vigilia, Saisto. La mitad de la ciudad vino a recordar que casi nos cae encima una cosa enorme del cielo.

—Al final no lo hizo.

—Ese no es el punto.

Caminamos unos pasos en silencio. A nuestro alrededor, los niños corrían con faroles demasiado grandes para sus manos. Algunos adultos se reían, otros hablaban del cometa como si hubiera sido un espectáculo turístico y no el inicio de todas las preguntas que nadie quería responder.

Mateo se tocó el cabello y soltó una risa triste.

—A mí sí me cayó el cabello. Mira mis entradas.

No pude evitar sonreír.

—Estás exagerando.

—No, no. Mírame bien. Mi pelo poco a poco se va. Mi espalda suena cuando me levanto. Mis rodillas ya truenan. Y tú...

Se detuvo.

Yo seguí mirando hacia adelante.

—¿Yo qué?

—Tú sigues igual.

Sentí que la bebida me quemaba la palma aunque el vaso no estaba tan caliente.

—No empieces.

—Lo digo porque da rabia —insistió, intentando sonar ligero—. Diez años y sigues con la misma cara. La misma piel. El mismo aire de tipo que durmió ocho horas aunque sé que no duermes ocho horas.

—La luz me ayuda.

Mateo soltó una carcajada.

—Jaja, la luz te ayuda, dices. Hermano, ni con todos los faroles del mundo yo vuelvo a verme como hace diez años.

Quise reírme con él.

De verdad quise.

Pero el comentario me dejó una presión rara en el pecho. Una de esas que te obligan a respirar despacio para no parecer asustado.

Mateo lo notó. Siempre notaba demasiado.

—Oye —dijo, bajando la voz—. Era broma. No quería incomodarte.

—No pasa nada.

—Sí pasa. Pusiste esa cara.

—¿Qué cara?

—La de cuando te tragas algo para no decirlo.

Miré el río. El agua reflejaba los faroles y el movimiento de la gente. En medio de tanto ruido, me sentí completamente fuera de lugar.

—Estoy bien, Mateo.

Él no me creyó, pero tampoco insistió. Ese era uno de sus defectos y una de sus mejores virtudes. Sabía cuándo empujar y cuándo quedarse cerca.

Seguimos caminando hasta el puesto de fotografías antiguas. Cada año ponían imágenes de la primera Vigilia, de la noche del cometa y de los días en que todos salieron a mirar la niebla azulada como si el mundo hubiera cambiado para siempre.

Mateo se acercó a una mesa y levantó una fotografía plastificada.

—No puede ser —dijo—. Mira esto.

Yo ya sabía que algo malo venía por el tono de su voz.

Me acerqué.

La foto nos mostraba a los dos diez años atrás. Mateo tenía el rostro más delgado, el cabello más lleno y una sonrisa enorme. Yo estaba a su lado, con el mismo abrigo, el mismo corte de cabello y la misma expresión cansada.

Yo estaba a su lado, con el mismo abrigo, el mismo corte de cabello y la misma expresión cansada




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