La noche de la Vigilia de la Niebla era una tradición que la ciudad repetía cada año, pero para Saisto siempre había tenido un peso distinto. No porque fuera una celebración particularmente emocionante, sino porque cada farol, cada sombra, cada rostro iluminado por el color turquesa lo obligaba a enfrentar lo que llevaba ocultando por una década completa: él no estaba cambiando como los demás.
Las calles estaban llenas de gente. Familias enteras avanzaban juntas; algunos niños corrían con faroles demasiado grandes para sus manos; parejas se detenían cerca del río para tomarse fotografías. Un aroma leve a incienso y pan recién hecho flotaba en el aire, mezclándose con la humedad de la noche.
Saisto caminaba con las manos guardadas en los bolsillos de su abrigo azul. A su lado, Mateo llevaba dos bebidas en vasos de plástico; apenas podía sostenerlas sin que se desbordaran.
—Hermano —dijo Mateo ofreciéndole un vaso—. ¿Puedes creerlo? Diez años desde aquella noche. Diez. Yo siento que fueron cincuenta.
Saisto aceptó el vaso con una sonrisa suave.
—Sí… diez años —respondió—. El tiempo es extraño. A veces parece correr, otras veces parece estancarse.
Mateo soltó una carcajada.
—Pues para mí ha corrido como un caballo desbocado. ¿Has visto mis entradas? ¿Mi panza? ¿Mis rodillas que ya crujen? Pero tú… tú sigues igualito, hermano. Da rabia.
Saisto bajó la mirada al agua. El reflejo del río parecía más brillante esa noche.
—Exageras —respondió—. Solo está oscuro. La luz engaña.
—¡La luz nada! —contradijo Mateo, empujándolo con el codo—. Eres el único que no ha cambiado nada en diez años. A veces pienso que la niebla te regaló algo.
Saisto se tensó. Mateo lo notó.
—Oye —dijo más despacio—. Era una broma. Solo una broma. No quise…
—No pasa nada —respondió Saisto con una sonrisa que no llegó a sus ojos.
Caminaron entre la multitud hasta llegar al stand de fotografías antiguas. Mateo levantó una foto.
—¡Mira! ¡Aquí estamos tú y yo! —exclamó—. Jura que esto no te da nostalgia.
La foto mostraba al Saisto de diez años atrás: el mismo cabello, la misma expresión, la misma piel sin un solo pliegue adicional.
Mateo entrecerró los ojos.
—Hermano… esto ya da miedo. ¿Cómo puedes estar igual? ¿Qué tomas? ¿Qué crema te untas? Dame la receta.
—Nada. No uso nada —respondió él secamente.
Mateo lo observó en silencio unos segundos.
—Saisto… ¿verdad que estás bien? Si hay algo que quieras contarme, sabes que puedes hacerlo.
Saisto apartó la vista.
—Estoy bien. Solo cansado.
Pero no estaba cansado. Estaba asustado.
Esa noche, después de despedirse de Mateo, Saisto regresó a su casa con pasos lentos. Encendió una lámpara tenue y abrió su cuaderno de tapas duras. Había pasado años registrando cada detalle físico de sí mismo: peso, cicatrización, fotografías, cabello, análisis caseros.
Pasó las hojas lentamente.
Nada había cambiado.
Ni un solo valor. Ni una sola línea en su rostro.
Se miró al espejo y habló en voz baja.
—¿Qué me está pasando? ¿Por qué yo…?
Tocó su rostro con la punta de sus dedos y cerró los ojos con frustración.
—¿Cuánto tiempo más puedo esconder esto?
Al día siguiente, en el trabajo, intentó comportarse con normalidad. Pero Nora, como siempre, tenía un talento sobrenatural para notar lo que otros ignoraban.
—Saisto… —dijo desde su escritorio—. ¿Cuántos años dijiste que tienes?
—Cuarenta —respondió sin levantar la mirada.
—Pues no pareces. ¡Y no lo digo por halagar! Es que eres exactamente igual que cuando te conocí. Tú sí que heredaste buena genética.
Saisto fingió reír.
—Algo así debe ser.
Pero la frase lo atravesó por dentro.
Nora siguió hablando, pero Saisto ya no escuchaba. Solo sentía la presión acumulándose en su pecho.
Ese fin de semana visitó a su madre. Ella lo recibió con una sonrisa apagada por los años.
—Hijo, siéntate, te preparé té —dijo mientras sus manos temblaban un poco.
Saisto la observó con tristeza. Ella había envejecido más en esos diez años que él en toda su vida.
Mientras bebían té, ella lo miró detenidamente.
—Estás igualito —dijo con una mezcla de sorpresa y orgullo—. Cada día igualito… como si el tiempo te tuviera cariño.
Saisto intentó sonreír.
—La luz ayuda —respondió.
—Hijo… —dijo ella, inclinándose hacia él—. Te conozco. Algo te preocupa. No tienes que cargar solo.
Él quiso decirlo. Quiso confesarlo todo. Pero no pudo.