Saisto - El erudito del Núcleo

Capítulo 2 – El espejo traidor

El amanecer llegó con el ruido normal de la ciudad.

Camiones golpeando el pavimento. Tranvías viejos rechinando en las esquinas. Voces de vendedores que empezaban a gritar precios como si el día dependiera de ellos.

Yo, en cambio, estaba quieto frente al espejo del pasillo.

Era el mismo espejo que llevaba conmigo desde que me mudé solo. Mi madre me lo había regalado cuando insistió en que una casa sin espejo era una casa incompleta. El marco de madera estaba gastado, tenía manchas en las esquinas y el vidrio guardaba varios rayones pequeños.

Nada de eso me importaba.

Lo que me importaba era mi rostro.

Me acerqué un poco más y revisé mi piel con una atención casi ridícula. La frente. Los ojos. Las mejillas. La línea de la mandíbula. Busqué una marca, una sombra nueva, cualquier señal mínima de que el tiempo también pasaba por mí.

Nada.

—Vamos —murmuré, frustrado—. Dame algo.

El espejo me devolvió la misma cara de siempre.

La misma piel. La misma mirada cansada. El mismo hombre que parecía detenido en una edad que ya no coincidía con sus documentos, ni con sus recuerdos, ni con la gente que lo rodeaba.

Me pasé una mano por el cabello y lo despeiné con fuerza, como si desordenarlo pudiera cambiar algo.

No cambió nada.

El reflejo hizo exactamente lo mismo que yo, pero eso solo lo volvió peor. Parecía obedecerme y burlarse al mismo tiempo.

—Tú sí envejeces —le dije en voz baja—. Mira tu marco. Tus manchas. Tus grietas.

Me quedé callado.

Era absurdo hablarle a un espejo, pero en ese momento me pareció menos absurdo que aceptar lo otro.

Yo no estaba envejeciendo.

Y cada día era más difícil fingir que no lo sabía.

Suspiré, me alejé y tomé mi abrigo. Tenía que ir a trabajar. La ciudad no se detenía porque yo tuviera miedo de mi propio reflejo.

Cuando llegué al edificio, Nora estaba en la entrada con una carpeta enorme contra el pecho. Llevaba un abrigo claro hasta las rodillas y tenía esa expresión de fastidio que usaba cada vez que alguien cambiaba los horarios sin avisar.

—Por fin llegas —dijo, acercándose—. Tenemos reunión con proyecciones. Otra vez quieren revisar nuestras tablas.

—¿No era por la tarde?

—Era. Pero decidieron arruinarnos la mañana. Como siempre.

Entramos juntos. Yo intenté sonreír, pero apenas me salió una mueca. Subimos las escaleras porque el ascensor volvía a estar averiado. En el segundo descanso, noté que Nora me miraba de reojo.

No era una mirada casual.

Ya conocía esa mirada.

—¿Por qué me ves así? —pregunté.

Ella se detuvo un segundo.

—No es nada.

—Solo dilo.

Soltó el aire por la nariz.

—Está bien. Sí es algo. A veces me pregunto cómo lo haces.

—¿Hacer qué?

—No cambiar.

Me quedé quieto.

Ella se cruzó de brazos, incómoda por haberlo dicho al fin.

—Yo sé que suena raro. Y sabes que no tengo filtro, pero es verdad. Yo tengo arrugas nuevas cada año. Tengo ojeras que ya ni el café respeta. Y tú sigues igual que cuando te conocí.

Intenté reír.

—Debe ser la luz.

—No me salgas con eso.

La forma en que lo dijo me dejó sin respuesta.

Nora bajó la voz.

—Saisto, no te lo digo para molestarte. Me preocupa. A veces siento que estás ocultando algo. O que te está pasando algo y no quieres pedir ayuda.

Miré hacia abajo, hacia los escalones gastados.

—Estoy bien.

—No lo pareces.

—Solo estoy cansado.

Nora no insistió, pero su silencio fue peor que una pregunta. Me miró un momento más y luego volvió a caminar.

—Cuando te canses de cargar lo que sea que cargas, puedes hablar conmigo —dijo sin mirarme—. No tienes que hacerlo solo.

No supe qué contestar.

Porque una parte de mí quería hacerlo.

Quería decirle la verdad. Quería contarle que todas las mañanas me buscaba arrugas como quien busca una prueba de vida. Quería confesarle que llevaba años anotando cualquier cambio en mi cuerpo y que el resultado siempre era el mismo.

Pero no podía.

No con Nora. No en esas escaleras. No mientras el mundo empezaba a mirar demasiado.

—Lo tendré en cuenta —dije al final.

La reunión duró más de tres horas.

El salón estaba iluminado por lámparas viejas que parpadeaban de vez en cuando. En las paredes había pizarras llenas de números, flechas y comparaciones. Las máquinas de escribir no paraban en las oficinas cercanas, como si alguien estuviera golpeando pequeños martillos contra mi paciencia.




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