El amanecer llegó con el sonido de una ciudad que despertaba lentamente: ruedas de carromatos golpeando la piedra, tranvías eléctricos antiguos crujiendo bajo sus propios cables tensos, y voces dispersas que parecían emerger del eco de una comunidad que intentaba iniciar un día más. Saisto permaneció inmóvil frente al espejo del pasillo, el mismo espejo que había cargado de casa en casa desde que su madre se lo entregó como un regalo de independencia. La madera del marco estaba algo descolorida, el vidrio tenía líneas imperceptibles como si los años fuesen dejando pequeñas huellas en él.
En él, sin embargo, su rostro seguía idéntico.
No idéntico como un simple parecido. Idéntico como una copia exacta de sí mismo desde hacía décadas.
Se inclinó hacia adelante, inspeccionando cada centímetro de su piel con una obsesividad silenciosa.
—Vamos… —susurró con una frustración amarga—. Alguna señal. Una sola. Una sombra, un pliegue, lo que sea…
Pero el espejo devolvía la misma expresión, la misma piel tersa, la misma juventud congelada en un punto que él ya no podía ubicar con precisión. Era como si la imagen se negara a avanzar junto con el calendario.
—Pareces burlarte de mí —dijo en voz baja, casi como si estuviera hablando con una persona—. Tú avanzas… yo no.
Se pasó las manos por el cabello, intentando desordenarlo para verse distinto. El reflejo lo imitó a la perfección, pero nada lo hacía sentir menos atrapado.
El espejo no era su enemigo. Pero tampoco era su aliado. Era simplemente un traidor silencioso que revelaba la verdad que nadie más podía notar a simple vista.
Suspiró y se apartó para tomar su abrigo. Tenía que ir al trabajo. No podía permitir que aquella angustia lo paralizara.
Cuando llegó al edificio donde trabajaba, encontró a Nora en la entrada. Ella sostenía una carpeta llena de informes y llevaba un abrigo claro que le cubría hasta las rodillas.
—Por fin llegas —dijo ella, exhalando como si hubiese estado esperando demasiado—. Tenemos reunión con el área de proyecciones. Otra vez quieren revisar nuestras tablas. Creo que disfrutan fastidiarnos.
Saisto acomodó su bufanda.
—Creía que esa reunión sería por la tarde.
—Pues no. Decidieron que hoy el reloj les pertenece —respondió Nora con sarcasmo.
Mientras subían las escaleras, Nora lo observó a medias, con ese tipo de miradas que parecen accidentales pero duran demasiado tiempo.
Saisto lo sabía. Había aprendido a reconocerlas.
—¿Por qué me miras así? —preguntó con un tono entre incómodo y contenido.
Nora sonrió con suavidad.
—Es… nada. Solo que a veces me pregunto cómo lo haces.
Saisto frunció el ceño.
—¿Hacer qué?
—No cambiar —dijo ella, finalmente siendo directa—. Tú sabes cómo soy: no tengo filtro. Pero es que… —hizo un gesto hacia su propio rostro— yo tengo arrugas nuevas cada año. Y tú sigues igual que cuando te conocí.
Saisto forzó una sonrisa.
—Debe ser la luz del amanecer.
—No, Saisto —dijo ella, deteniéndose frente a él en el descanso de las escaleras—. No es la luz. Son tus ojos, son tus mejillas, tu piel, tu cuello. Nada cambia. Y no es algo malo, solo que… —su voz se volvió más suave— a veces me preocupa que estés ocultando algo. O que te esté pasando algo y no quieras decirlo.
Él permaneció en silencio largo rato.
—No te preocupes, Nora —dijo al fin—. Estoy bien.
Ella lo observó con una mezcla de duda y cariño.
—Sabes que puedes hablar conmigo si un día te cansas de cargar lo que sea que estés cargando —murmuró—. No tienes que hacerlo solo.
Saisto tragó saliva.
—Lo tendré en cuenta.
La reunión duró más de tres horas. El salón estaba iluminado por lámparas de gas que chisporroteaban de vez en cuando. Las paredes estaban cubiertas de pizarras donde los números eran trazados con tiza. Las máquinas de escribir resonaban en intervalos irregulares desde las oficinas contiguas.
Durante la presentación, uno de los supervisores —un hombre fornido con bigote espeso— lo señaló con la pluma.
—Saisto, ¿puedes explicar por qué esta serie de datos se mantiene tan estable cuando todas las demás fluctúan?
Saisto se aclaró la garganta.
—Porque pertenece al registro de los barrios que recibieron la menor cantidad de niebla residual después del cometa —explicó con precisión—. Las variaciones son menores debido a que la población no tuvo exposición significativa.
El supervisor asintió.
—Siempre tan analítico. Tú sí que no envejeces —bromeó, sin intención maliciosa.
Pero Saisto sintió el filo de esa frase. Y Nora lo notó desde su asiento.
Cuando la reunión terminó y salieron del edificio, Saisto decidió caminar por una ruta distinta. Quería respirar, escapar un momento de las miradas inquisitivas.