Pasé meses pensando en hacerlo.
No fue una idea que apareció de golpe una noche ni una decisión tomada por miedo de un solo día. Fue algo lento. Una conclusión que me siguió al trabajo, a la calle, a la casa de mi madre y hasta al espejo del pasillo.
Tenía que desaparecer.
Tenía que hacerlo porque la gente ya estaba mirando demasiado.
Aquella mañana me quedé sentado en la cocina con una taza de té frío frente a mí. La había preparado hacía más de media hora, pero no había bebido nada. Tenía las manos juntas sobre el mantel viejo y miraba por la ventana a unos niños que jugaban en el parque de al lado.
Corrían, se empujaban, se reían sin pensar en nada más.
Me dio envidia.
No una envidia mala. Solo una de esas que duelen porque te recuerdan algo que perdiste sin darte cuenta.
Yo no recordaba la última vez que había sentido esa libertad. Desde la niebla, todo en mi vida se había vuelto cálculo: qué decir, cuánto sonreír, cómo ocultar mi rostro, cuándo alejarme antes de que alguien hiciera demasiadas preguntas.
—No puedo seguir aquí —murmuré, casi sin voz—. No puedo esperar a que todos lo noten.
Pensé en Mateo. En Nora. En mi madre.
Sobre todo en mi madre.
Ella ya empezaba a mirarme distinto. No con miedo, sino con esa preocupación que solo tienen las madres cuando saben que su hijo guarda algo y no quiere decirlo. Cada vez que sus ojos se quedaban demasiado tiempo en mi cara, yo sentía que estaba fallando.
No podía ponerla en peligro.
Justo entonces escuché un golpe suave en la puerta de su habitación.
—Saisto, ¿ya estás despierto, hijo?
Enderecé la espalda de inmediato. Me obligué a sonar tranquilo.
—Sí, mamá. Ya estoy despierto. ¿Quieres que prepare más té?
La puerta se abrió despacio. Mi madre salió envuelta en su bata gruesa, con el cabello recogido de cualquier manera y los pasos más lentos que antes. Cada vez que la veía caminar así, algo se me rompía por dentro.
Yo seguía igual. Ella no.
Sus manos temblaban un poco. Su espalda se encorvaba más cada mes. Sus ojos seguían siendo cálidos, pero estaban cansados. El tiempo la tocaba con normalidad, como debía tocar a todos.
A todos menos a mí.
—No hace falta preparar nada más —dijo, acercándose a la mesa—. Solo quería verte.
Intenté sonreír.
—Estoy aquí.
Ella me miró con una ternura que me hizo daño.
—A veces despierto y me da miedo que ya no estés.
No supe qué responder.
Porque esa vez, su miedo tenía razón.
—No digas eso —alcancé a decir.
Mi madre se acercó más y me tomó el rostro entre las manos. Lo hizo como cuando yo era niño, cuando me enfermaba o cuando llegaba triste de la escuela. Sus dedos estaban fríos, delgados, más frágiles que antes.
—Te ves igual, hijo —susurró—. Exactamente igual. No tienes una arruga. Ni una marca nueva. A veces me alegra verte tan bien, pero otras veces me asusta.
Sentí un nudo en la garganta.
—No estoy enfermo, mamá.
—Entonces dime qué pasa.
Quise hacerlo.
De verdad quise.
Quise decirle que llevaba años revisando mi cuerpo, mis fotos, mis exámenes, mis cicatrices. Quise decirle que el tiempo no estaba pasando por mí como por los demás. Quise pedirle perdón por la mentira que todavía no cometía, pero que ya estaba planeando.
Pero no pude, no tuve el valor.
—Solo soy yo —dije al final.
Ella no me creyó. Lo vi en su cara. Pero tampoco insistió. Eso fue peor.
Ese mismo día, cuando mi madre salió a caminar, abrí mi cuaderno de tapas duras y pasé varias hojas hasta encontrar una en blanco. Escribí arriba, con letras grandes:
Proyecto F.
Me quedé mirando el título durante un buen rato.
F de fingir. F de final. F de funeral.
No me gustó ninguna de esas palabras, pero todas servían.
Debía inventar una muerte creíble. Una mentira que la ciudad pudiera entender, repetir y aceptar. Una muerte triste, sí, pero no imposible. Nada demasiado dramático. Nada que provocara una investigación larga. Solo una historia capaz de cerrar mi nombre.
Escribí una lista con la mano temblando.
Cambiar de rutina.
Conseguir documentos falsos.
Preparar una escena sin cuerpo.
Dejar suficientes rastros para que todos creyeran lo mismo.
No mirar atrás.
Me detuve en la última línea.
No mirar atrás.