La decisión llevaba meses creciendo como una sombra detrás de cada pensamiento de Saisto. No era un impulso pasajero ni un temor irracional; era una conclusión inevitable que se filtraba lentamente en cada aspecto de su vida. El mundo envejecía, cambiaba, avanzaba. Él no. Y la ciudad, con su incesante costumbre de señalar lo extraño, tarde o temprano lo descubriría.
Aquella mañana, Saisto permaneció sentado en la pequeña mesa de la cocina, sin tocar el té que se enfriaba frente a él. Sus manos estaban entrelazadas, los codos apoyados sobre el mantel gastado. A través de la ventana, podía ver a los niños jugando en el parque cercano, riendo, corriendo, tropezando y levantándose como si el mundo entero les perteneciera.
Él no podía recordar la última vez que se sintió así de libre.
Suspiró profundamente y murmuró para sí mismo, con un hilo de voz:
—No puedo seguir aquí. No puedo esperar a que alguien note lo que intento ocultar. No puedo arriesgarlos a ellos… no puedo arriesgarla a ella.
Apenas terminó la frase, escuchó cómo su madre tocaba la puerta suavemente desde su habitación.
—Saisto, ¿ya estás despierto, hijo?
Él enderezó la espalda y forzó una voz tranquila.
—Sí, mamá. Ya estoy despierto. Si quieres, preparo más té.
Su madre salió lentamente, envuelta en una bata gruesa. Cada paso era un recordatorio cruel del contraste entre ambos. Sus manos temblaban, su espalda estaba más encorvada que el mes anterior, y sus ojos, aunque cálidos, revelaban el peso de los años.
—No hace falta preparar nada más —dijo ella con una sonrisa cansada—. Solo quería verte. A veces despierto y me da miedo que ya no estés aquí.
Las palabras le atravesaron el pecho como un cuchillo.
—Siempre estoy aquí, mamá —respondió, aunque sabía que pronto sería mentira.
Ella se acercó y le tomó el rostro entre las manos, como solía hacerlo cuando él era niño.
—Hijo… —susurró—. Tienes el mismo rostro que cuando eras un muchacho. Ni una arruga. Ni un cambio. Yo agradezco verte así, pero… ¿no crees que es extraño? A veces me preocupa que estés enfermo y no quieras decirme.
Saisto cerró los ojos un instante, luchando por no quebrarse.
—No estoy enfermo, mamá. Solo… solo soy yo.
Ella sonrió, aunque en su mirada había algo más: duda, preocupación, intuición.
Ese mismo día, cuando su madre salió a caminar, Saisto abrió su cuaderno de tapas duras. En una nueva sección escribió un título grande:
PROYECTO F
F de Fuga.
F de Fingir.
F de Final.
La pluma tembló apenas al comenzar a escribir:
“Debo construir una muerte plausible. La mentira debe ser perfecta. Debe poder ser contada, llorada y aceptada. No habrá segundas oportunidades.”
Mientras escribía, se hablaba en voz baja, como si necesitara oír sus propias decisiones para darles forma.
—No puedo esperar más. Si mi madre sigue notando mi estancamiento… si alguien más lo nota… podría convertirse en blanco de sospechas. No lo permitiré.
El resto del día lo dedicó a ajustar sus rutinas. Comenzó a llegar tarde al trabajo, a faltar a reuniones sin avisar, a caminar por rutas que antes no frecuentaba. Nora fue la primera en notarlo.
—Saisto —dijo ella una tarde, interceptándolo en el pasillo—, estás raro. No vienes a las reuniones, no hablas con nadie. Pareces… distante. Más que de costumbre.
Él bajó la mirada.
—Solo estoy cansado.
Nora cruzó los brazos y se apoyó contra la pared, mirándolo fijamente.
—Mentira. Y no me digas que no lo es. Saisto, tienes algo encima. Algo grande. Y no sé por qué te empeñas en cargarlo solo cuando tienes gente que se preocupa por ti.
Saisto apretó los dientes, sintiendo cómo la culpa lo martillaba.
—No quiero preocuparlos.
—Ya lo estás haciendo —respondió Nora, dando un paso hacia él—. Si sigues encerrándote en ti mismo, va a ser peor.
Él no respondió. No podía. Solo se alejó lentamente, dejándola con una mirada herida que amplificó aún más su determinación.
Esa noche, escribió:
“Debo desaparecer antes de que lastime a quienes me quieren.”
Los siguientes días se convirtió en una sombra de lo que fue. Comenzó a recorrer los barrios antiguos en busca de alguien que pudiera ayudarlo a forjar documentos falsos. Después de varios días de búsquedas discretas, lo encontró: un joyero de aspecto cansado, manos firmes y ojos demasiado atentos para su edad.
Dentro del pequeño taller olía a metal caliente y madera. El joyero lo observó sin sorpresa.
—¿Qué buscas, muchacho? —preguntó mientras afilaba una herramienta diminuta.
Saisto dudó antes de hablar.
—Necesito… un nombre nuevo. Documentos nuevos. Nada demasiado vistoso. Solo algo que pueda pasar desapercibido.