Saisto - El erudito del Núcleo

Capítulo 4 – Sombras en el linaje

Cuando empecé a vivir como Isael Durán, creí que lo más difícil sería acostumbrarme al nombre.

Pero no fue tan simple.

Lo difícil fue aceptar que mi vida nueva no tenía a nadie dentro. No estaba Mateo golpeando la puerta con algún chiste malo. Tampoco mi madre llamándome desde la cocina. Ni siquiera Nora mirándome como si pudiera leerme la culpa en la cara.

Solo estaba yo. Yo y una muerte falsa que cada día se volvía más real para los demás.

El pueblo costero donde me escondí era pequeño. De esos lugares donde todos sabían quién había comprado pescado, quién debía dinero y quién había llegado en un carruaje demasiado viejo para no parecer sospechoso. Las casas eran de madera, con techos de tejas rojas y ventanas bajas. Las gaviotas gritaban desde temprano como si fueran las dueñas del muelle.

Abrí un taller cerca de la calle principal. Arreglaba relojes, radios, brújulas oxidadas, lámparas con cables mordidos y cualquier cosa que la gente trajera con cara de resignación.

Me gustaba reparar objetos. Era una forma simple de pasar el día. Algo estaba roto, yo lo abría, encontraba el daño y lo arreglaba. Ojalá las personas funcionaran así.

Una mañana, mientras ajustaba una radio antigua, el dueño del estanco apareció en la puerta. Era un hombre grande, de mejillas rojas, con una barriga que siempre llegaba antes que él.

—Isael —dijo, apoyándose en el marco—, cada día pienso que usted no envejece ni un suspiro. Yo llevo apenas cinco años aquí y mire. Ya tengo más canas que mi esposa.

Levanté la vista despacio. Ya tenía preparada la sonrisa que usaba para esos comentarios.

—El tiempo conserva bien a algunos —respondí.

El hombre soltó una risa fuerte.

—Pues dígame su secreto, porque yo voy cuesta abajo.

—Trabajo y silencio.

—Eso sí se lo creo —dijo, todavía riéndose—. Pero si algún día quiere hablar más de dos palabras, aquí me tiene.

—Lo tendré en cuenta.

No lo iba a hacer. Los dos lo sabíamos, aunque él no entendiera por qué.

Cuando se fue, la radio siguió abierta sobre la mesa. Tenía las piezas pequeñas ordenadas por tamaño, pero ya no pude concentrarme. Me quedé mirando mis manos. Eran las mismas de siempre. Sin manchas nuevas. Sin venas más marcadas. Sin el temblor que tenían las manos de mi madre al sostener una taza.

Apreté los dedos hasta que me dolieron.

—Isael —murmuré para mí—. Acostúmbrate.

Pero mi cabeza seguía respondiendo con otro nombre.

Saisto.

Ese nombre ya estaba muerto. Yo mismo lo había enterrado.

Y aun así no dejaba de escucharme por dentro.

Cada cierto tiempo regresaba a la ciudad donde había fingido mi muerte. No era prudente, lo sabía. Me cambiaba la ropa, me dejaba barba falsa o desordenada, usaba tintes baratos para oscurecerme el cabello y caminaba encorvado para parecer más cansado.

No bastaba. Mi rostro seguía siendo el mismo. Siempre el mismo.

La primera vez que volví, me quedé en una esquina cerca de la plaza. Dos vecinas hablaban frente a una panadería. Las reconocí al instante, aunque ellas no me habrían reconocido a mí. Habían envejecido. Una caminaba con bastón. La otra tenía el cabello casi blanco.

—Pobrecito Saisto —dijo una, moviendo un pañuelo entre los dedos—. Tan joven. Quién iba a pensar que terminaría así.

—Yo siempre dije que era raro —respondió la otra—. Muy callado. Pero no pensé que se fuera tan pronto.

—Nadie imagina la muerte.

Me quedé detrás de un poste, quieto, con la garganta cerrada.

Hablaban de mí como si de verdad hubiera desaparecido bajo tierra. Como si mi nombre ya perteneciera a una historia triste que se contaba en voz baja.

—Lo extraño —añadió una tercera mujer que se acercó con una bolsa de pan—. Era amable. Reservado, pero amable. Su madre quedó destrozada.

Cerré los ojos.

—Perdón —susurré—. Perdón por todo.

No me acerqué. No podía hacerlo.

Volvía por una sola razón: mi familia.

Nunca tuve hijos. Nunca me casé. Ni siquiera me permití imaginar una vida así después de entender lo que me pasaba. Pero aún quedaban mis primos, los hijos de mis primos, los nietos de personas que habían crecido conmigo. No eran mi familia cercana de antes, pero eran lo único que me mantenía unido a mi vida real.

Una tarde vi a la familia de mi primo Julián en la plaza. Él ya no estaba. Sus hijos, en cambio, habían crecido y tenían niños propios. Tres pequeños corrían alrededor de una fuente rota, peleando por una pelota de cuero.

Me quedé al otro lado de la calle, con el sombrero bajo, solo para verlos un momento.

El mayor de los niños se detuvo de golpe.

Me miró.

No fue una mirada cualquiera. No fue curiosidad de niño. Me miró como si algo en mí le resultara familiar y equivocado al mismo tiempo.




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