Saisto, ahora bajo el nombre de Isael Durán, había comenzado una vida nueva que no se parecía en nada a la anterior. Pero ese nuevo comienzo estaba construido sobre un vacío profundo, una soledad que no podía compartir con nadie. Y aunque su "muerte" lo había liberado de las miradas inquisitivas y del riesgo de ser descubierto, también lo había condenado a un aislamiento más feroz del que jamás imaginó.
El pueblo costero donde se refugió era pequeño, casi detenido en el tiempo. Las casas de madera con techos de tejas rojas se alineaban a lo largo del camino principal, y el aroma a sal se mezclaba con el de pescado recién traído por los barcos. Las gaviotas sobrevolaban el muelle, chillando como si anunciaran historias que solo el mar podía entender.
Saisto despertaba cada mañana antes del amanecer. Abría su pequeño taller, donde arreglaba relojes de péndulo, radios rudimentarias de bobina, brújulas oxidadas y cualquier artefacto que la gente del pueblo considerara "averiado para siempre". Su habilidad para reparar objetos parecía casi milagrosa para quienes lo visitaban, pero él lo hacía sin orgullo, sin búsqueda de reconocimiento. Solo buscaba algo que le permitiera ocupar su tiempo… o engañar la eternidad.
Una mañana, mientras ajustaba una radio antigua, el dueño del estanco cercano se asomó por la puerta.
—Isael —dijo el hombre, gordo y de bigote espeso—, cada día pienso que usted no envejece ni un suspiro. Yo llevo apenas cinco años acá y míreme… ya tengo más canas que mi esposa.
Saisto levantó la vista, con la expresión tranquila y neutral que había practicado durante años.
—El tiempo conserva bien a algunos —respondió con suavidad—.
El hombre soltó una risa grave.
—Pues dígame su secreto, porque a este paso me voy a convertir en un anciano.
—Trabajo y silencio —dijo Saisto, devolviendo la atención al aparato.
—Eso sí que no me sorprendería —respondió el estanquero, con una sonrisa amable—. Pero si algún día quiere hablar más de dos palabras, aquí me tiene.
Saisto sonrió apenas. Sabía que nunca lo haría.
A pesar de su nueva vida, cada cierto tiempo Saisto regresaba a la ciudad donde había fingido su muerte. Cambiaba su aspecto para no levantar sospechas: ropa desgastada, barba descuidada, cabello teñido con tintes caseros. Su rostro era el mismo, pero aprendió a ocultarlo tras sombras y expresiones cansadas.
La primera vez que volvió, después de meses de ausencia, se detuvo en una esquina donde antiguas vecinas conversaban.
—Pobrecito Saisto… —decía una mujer, moviendo un pañuelo entre las manos—. Tan joven. Quién iba a pensar que terminaría así.
—Yo siempre dije que era raro —respondió otra—. Pero jamás imaginé que se iría tan pronto.
—Nadie imagina la muerte —agregó la primera, suspirando.
Saisto permaneció oculto detrás de un poste, escuchando cómo hablaban de él como si realmente hubiera muerto.
—Lo extraño —añadió una tercera mujer—. Era tan amable, tan reservado. Su madre quedó destrozada.
Saisto cerró los ojos, sintiendo el dolor punzante.
—Perdón —susurró en un hilo de voz—. Perdón por todo.
Pero su propósito no era revivir viejos recuerdos. Había regresado por otra razón: su linaje.
Saisto nunca tuvo hijos propios, pero los descendientes de sus primos, sobrinos lejanos y amigos formaban un árbol que él seguía como si fueran las raíces que aún lo conectaban con el mundo.
Una tarde, observó a la familia de su primo Julián desde la distancia. Los tres hijos corrían por la plaza. El mayor, un niño de mirada intensa, se detuvo de pronto. Fijó la vista en Saisto como si hubiera reconocido algo imposible.
Saisto sintió un escalofrío.
—No… —susurró casi sin aliento—. No puedes reconocerme. No debes.
El niño entrecerró los ojos, frunciendo el ceño, como intentando recordar un rostro que nunca debería haber visto. Saisto retrocedió lentamente y se marchó antes de que se acercaran.
Esa noche, en su cuaderno, escribió con trazo tembloroso:
“Hoy un niño me miró como si pudiera ver más allá de mi nombre falso. Tengo miedo. Debo ser más cuidadoso.”
En su escondite —un sótano húmedo bajo una casa abandonada— Saisto guardaba todos sus cuadernos. Uno para cada familia, para cada rama. Los empapelaba con fotografías antiguas que encontraba en mercados y, a veces, que recuperaba tras largas caminatas nocturnas por la ciudad.
Encendió la lámpara de querosene y comenzó a leer en voz baja.
—María… nacida el doce. Ojos claros. Siempre curiosa. —Pasó la página—. Sebastián… bueno con las herramientas. Igual que su abuelo.
Cada nombre era un pedazo de su propio corazón.
—Si yo no los recuerdo… —murmuró— ¿quién lo hará?
Pasó horas leyendo, actualizando detalles, corrigiendo fechas. Aquella tarea lo hacía sentirse parte de algo más grande, aunque nadie supiera de su existencia.
El dolor era inevitable. Cuando alguno enfermaba o moría, Saisto lo vivía como una herida propia.