Saisto - El erudito del Núcleo

Capítulo 5 – El peso de la eternidad

Saisto abrió los ojos antes del amanecer, aunque hacía ya muchos años que sus noches no eran más que fragmentos inquietos de vigilia. En el pequeño cuarto donde dormía, el silencio era casi absoluto; solo el crujido de la madera y el murmullo distante del mar llegaban como señales de que el mundo seguía en movimiento. Él, en cambio, seguía atrapado en un tiempo que no avanzaba. No porque no lo viviera, sino porque lo vivía sin cambio alguno.

Se incorporó lentamente y pasó una mano por su rostro. El mismo rostro de siempre. El mismo que llevaba décadas contemplando sin encontrar una sola arruga nueva, un cambio, un gesto envejecido. Y ese detalle, esa inmovilidad de su apariencia, era lo que cargaba como un peso insoportable.

Encendió la lámpara de aceite, dejando que la llama iluminara el pequeño taller unido a su habitación. Relojes abiertos, piezas diminutas, radios rudimentarias, brújulas de latón… todo ordenado, todo colocado con precisión. Saisto caminó entre ellos como quien atraviesa un cementerio de cosas rotas que él mismo intentaba devolver a la vida.

—Otro día… —murmuró en voz baja, casi como un suspiro que nadie más debía oír—. Otra vida que no cambia.

Tomó un reloj de péndulo que había terminado la noche anterior y lo sostuvo entre las manos. Las manecillas avanzaban sin piedad, sin detenerse, marcando un tiempo que no pertenecía a él. Mientras observaba el mecanismo, escuchó cómo alguien golpeaba suavemente la puerta del taller.

Era una mujer del pueblo, doña Celia, que siempre pasaba temprano a dejar encargos.

—Señor Isael, disculpe que venga tan temprano —dijo ella al entrar, con su chal grueso y el cabello sujeto en un moño gris—, pero necesitaba preguntarle si terminó la radio de mi sobrino. Él la usa para escuchar los informes del clima, y sin eso casi no puede trabajar en el muelle.

Saisto respiró hondo, guardando el reloj.

—Sí, señora Celia. La terminé anoche. Solo necesito ajustar una bobina más para que tenga mejor recepción. La humedad del puerto suele afectar los cables.

Ella asintió y lo observó con detenimiento. Un detenimiento que ya le resultaba familiar.

—Usted siempre tan atento… —dijo con una sonrisa cansada—. Y siempre igualito. De verdad, señor Isael, cada día pienso que el mar le conserva el rostro mejor que a cualquiera en este pueblo.

Saisto sintió un pequeño nudo en la garganta. Lo ocultó con una sonrisa tranquila.

—Supongo que tengo buena salud —respondió—. Nada más.

—¡Salud! —exclamó ella con una risa suave—. Yo tengo buena salud y aun así me voy arrugando como pasa con todos. Pero usted… usted parece no cambiar nada. Cuando llegué aquí, hace ocho años, lucía igual que ahora. Y mire que una mujer nota esas cosas.

Saisto bajó la mirada hacia la radio, fingiendo revisar un tornillo.

—Será cosa de familia —murmuró—. Algunos envejecemos más lento.

Ella no quedó del todo convencida, pero no insistió.

—Bueno, no lo entretengo más. Si puede tenerla lista para esta tarde, se lo agradecería.

—Así será.

Cuando la puerta se cerró, Saisto exhaló profundamente. Cada conversación como esa era un recordatorio cruel de que no podía permanecer demasiado tiempo en un mismo lugar. Tarde o temprano, la gente notaba lo que no debía. Tarde o temprano, las preguntas comenzaban.

—Debo irme pronto… —susurró para sí mismo—. Debo comenzar a preparar otra partida.

Pero incluso mientras lo decía, sabía que aún no podía abandonar aquel lugar. No mientras una parte de su linaje —aunque no fuera descendencia directa— aún viviera relativamente cerca.

Esa tarde, antes de regresar a su taller, Saisto caminó por los senderos del pueblo costero hasta una colina desde donde se veía la ciudad a lo lejos. El viento salado le golpeaba el rostro, y el sonido de las olas chocando contra las rocas parecía un eco lejano del tiempo que había dejado atrás.

—¿Cuántas veces he venido aquí…? —dijo en voz baja, como si la brisa pudiera responderle.

Recordó a Mateo. Su risa estruendosa, su manera de abrazarlo siempre demasiado fuerte, su forma de insistir en acompañarlo en sus peores días. Podía escucharlo casi como si aún estuviera a su lado.

—Hermano, si algún día desapareces, te buscaré hasta en el fin del mundo —recordó Saisto en voz alta, repitiendo palabras que Mateo le había dicho hacía décadas.

Y él no había podido responderle la verdad.

—Perdóname, Mateo —susurró—. Yo… yo te abandoné sin dejarte opción. Te dejé buscando un cuerpo que jamás encontrarías.

Se sentó sobre una roca grande y se cubrió el rostro con ambas manos.

—Debí haberte dicho algo… algo real. Una explicación, una despedida. Pero me faltó valor. Me pesarán tus recuerdos el resto de mi eternidad.

El viento sopló más fuerte, arrastrando pequeños granos de arena y haciéndolo parpadear. Saisto alzó la vista hacia el horizonte.

—Tú envejeciste, Mateo. Tú cambiaste, te casaste, tuviste hijos… viviste una vida llena. Y yo… yo sigo aquí, con este rostro congelado que no me pertenece.

Su voz tembló.




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