Saisto - El erudito del Núcleo

Capítulo 5 – El peso de la eternidad

Me desperté antes de que saliera el sol.

Fue por esa sensación de siempre. Esa idea metida en la cabeza de que algo no estaba bien conmigo, aunque mi cuerpo insistiera en verse perfecto.

Me quedé sentado al borde de la cama, con los pies tocando el piso frío, y escuché el sonido lejano de las olas. El cuarto estaba oscuro, apenas iluminado por una línea gris que entraba por la ventana.

Durante unos segundos no me moví.

Después me levanté y fui al espejo.

Ahí estaba.

El mismo rostro.

La misma piel.

Los mismos ojos cansados en una cara que se negaba a envejecer.

Me acerqué un poco más, como si una arruga fuera a aparecer solo porque yo la necesitaba. Me revisé la frente, las mejillas, el cuello. Nada. Ni una línea nueva. Ni una mancha. Ni una señal mínima de que el tiempo había pasado por mí como pasaba por todos los demás.

—Maldición, no es justo —murmuré.

La frase salió baja, pero me dolió igual.

No era vanidad. Ojalá lo fuera. Ojalá mi problema fuera tener miedo de perder la juventud. La verdad era peor: yo quería perderla. Quería despertarme un día con el rostro un poco más cansado, con el cabello más débil, con alguna marca que le dijera al mundo que yo también estaba avanzando.

Pero no.

El espejo me devolvía la misma mentira de siempre.

Me aparté antes de seguir mirándome y encendí la lámpara de aceite. El taller estaba junto a mi habitación, separado por una puerta de madera que nunca cerraba del todo. Entré con cuidado y el olor a metal, polvo y piezas viejas me recibió como cada mañana.

Sobre la mesa estaban los relojes desarmados, una radio abierta por la mitad, dos brújulas oxidadas y un montón de tornillos que había ordenado la noche anterior. Ese desorden era lo único que me mantenía ocupado.

Tomé el reloj de péndulo que había terminado de arreglar y lo puse en marcha. Las manecillas empezaron a moverse con normalidad.

Tic. Tac. Tic. Tac.

Me quedé mirándolo demasiado tiempo.

—Otro día más —dije en voz baja—. Tú avanzas. Yo sigo aquí.

No terminé la frase porque alguien tocó la puerta del taller.

Fue un golpe suave. Tres toques pequeños.

Conocía esa forma de llamar.

Abrí y encontré a doña Celia envuelta en su chal grueso, con el cabello gris recogido en un moño apretado y la cara todavía hinchada de sueño. Siempre pasaba temprano. Decía que a esa hora el pueblo era más honesto porque todavía no había tenido tiempo de inventarse problemas.

—Señor Isael —dijo, acomodándose el chal—. Perdone que venga tan temprano.

—No se preocupe. Ya estaba despierto.

—Eso imaginé. Usted siempre está despierto antes que todos.

La dejé pasar.

Ella miró el taller como si cada pieza rota fuera una criatura esperando resucitar. Luego señaló la radio abierta sobre la mesa.

—¿Terminó la radio de mi sobrino?

—Casi. La humedad dañó una parte del cableado, pero ya tiene arreglo. Por la tarde debería funcionar mejor.

Doña Celia sonrió, aliviada.

—Menos mal. Ese muchacho se pone insoportable cuando no puede escuchar los informes del clima. Cree que el mar le debe explicaciones.

Me salió una risa corta.

—A veces todos queremos que algo nos explique las cosas.

Ella me miró con atención.

Demasiada atención.

Sentí el cambio de inmediato.

Doña Celia no era mala persona, pero era observadora. Y la gente observadora siempre terminaba siendo peligrosa para mí, incluso sin querer.

—Usted también está igualito —dijo de pronto.

Mi mano se quedó quieta sobre la mesa.

—¿Perdón?

—Que está igualito —repitió con naturalidad—. Llegué a este pueblo hace quince años. Yo tenía menos canas, menos dolor en las rodillas y más paciencia. Pero usted... usted parece el mismo hombre de entonces.

Intenté sonreír.

—Debe ser buena salud.

—Buena salud tengo yo y míreme —respondió, levantando una mano arrugada—. El cuerpo cambia aunque uno no quiera. Pero usted no.

No supe qué decir.

Bajé la vista hacia la radio y fingí ajustar un tornillo. Necesitaba que la conversación muriera ahí.

—Algunos envejecen más lento —murmuré.

Doña Celia no insistió, pero tampoco parecía convencida.

—Bueno —dijo al fin—. No vine a incomodarlo. Solo quería preguntar por la radio.

—Estará lista en la tarde.

—Gracias, señor Isael.

Caminó hacia la puerta y antes de salir se detuvo.




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