Saisto - El erudito del Núcleo

Capítulo 6 – Las ruinas del hogar

Saisto avanzó por el camino de tierra mientras el viento frío de la madrugada le golpeaba el rostro. Desde la última vez que había pisado esa región habían pasado tantos años que incluso él, con toda su memoria prodigiosa, sentía que una vida entera lo separaba de aquel tiempo. Y, sin embargo, el simple hecho de caminar hacia la ciudad donde creció hacía que algo dentro de él vibrara con una mezcla insoportable de nostalgia y temor.

Las ruedas del carromato en el que viajaba rechinaban con cada piedra. El conductor, un hombre mayor de barba espesa, lo miraba ocasionalmente como quien intenta leer el alma de un desconocido.

—Hace tiempo que no veo un rostro tan serio en un viajero —comentó el hombre, rompiendo el silencio después de una hora de trayecto—. ¿Viene de lejos?

Saisto tardó en responder. Su voz salió baja, casi apagada.

—Sí… de más lejos de lo que quisiera admitir.

El conductor soltó una risa breve.

—¿Y qué lo trae por aquí? No muchos regresan a esta ciudad. Algunos dicen que quedó maldita por tantos incendios y desgracias.

Saisto apretó los dedos sobre sus rodillas.

—Solo… necesito ver algo con mis propios ojos.

El conductor lo observó fijamente durante unos segundos.

—A veces regresar a un lugar que uno dejó atrás no trae paz, sino preguntas —dijo—. Pero lo entiendo. Yo también regresaría a mi hogar si pudiera. Aunque lo hayan derrumbado hace ya veinte años.

Saisto tragó saliva.

—A veces es necesario enfrentar lo que uno dejó —respondió, sin poder ocultar la amargura.

El hombre asintió, moviendo lentamente las riendas.

—Bueno… sea lo que sea lo que busca, ojalá encuentre una respuesta. Aunque le advierto algo: esta ciudad ya no es la que era.

Saisto miró al horizonte donde, entre la bruma, comenzaban a aparecer los techos viejos y las chimeneas humeantes.

—Yo tampoco soy el que era —susurró.

Cuando llegó a la entrada de la ciudad, el corazón le latía con fuerza. El lugar donde nació tenía un aire apagado, como si el tiempo lo hubiera erosionado. Los edificios eran más viejos, más frágiles, pero aún guardaban los recuerdos de una vida que él fingió enterrar.

Caminó por calles que una vez recorrió de niño. En cada rincón encontraba un eco del pasado: un farol en la esquina que solía iluminar su camino a la escuela, una fuente donde él y Mateo jugaban a lanzarse piedras, un banco donde su madre descansaba después de ir al mercado.

Nada de eso había desaparecido.

Y sin embargo, nada de eso seguía siendo suyo.

Mientras avanzaba, un vendedor de frutas, un hombre anciano robusto y de bigote largo, lo detuvo con un gesto amistoso.

—Buenos días, viajero. ¿Busca alojamiento? Hay una posada cerca del puente.

Saisto negó suavemente.

—No. Solo estoy… recordando.

El vendedor frunció el ceño.

—Tiene un aire extraño en la mirada. Como alguien que lleva años cargando algo muy pesado.

Saisto quiso sonreír, pero no pudo.

—Es porque… así es.

El vendedor observó el rostro de Saisto con atención.

—¿Sabe? —dijo con tono reflexivo—. Hace ya muchas décadas vivía aquí un muchacho que tenía esa misma expresión. Siempre serio, siempre como si estuviera cuidando un secreto enorme. Se llamaba Saisto. ¿Lo conoció?

Saisto sintió cómo la sangre se le congelaba.

—No… —mintió suavemente—. Nunca escuché ese nombre.

—Qué lástima… —respondió el vendedor con melancolía—. Ese muchacho murió muy joven. Fue una tragedia para su madre. Nunca se recuperó.

Saisto inclinó la cabeza.

—Las madres nunca se recuperan de esas pérdidas.

—Eso es cierto —dijo el vendedor—. Ella solía venir a comprar frutas todos los días. Incluso después de… ya sabe. Contaba historias de él como si aún estuviera vivo. A veces decía que sentía su presencia. Pobre mujer… murió hace ya tantos años. Muchos la recuerdan con cariño.

Saisto cerró los ojos un instante.

—Gracias por contarme eso.

Y siguió caminando antes de que se quebrara.

Finalmente, llegó al barrio donde había vivido. Las casas eran más viejas, algunas abandonadas, otras reparadas a medias. Pero nada lo preparó para ver las ruinas de su hogar.

Su casa… o lo que quedaba de ella.

El techo había colapsado por completo. Las paredes estaban ennegrecidas por antigüedades de incendios pasados y erosión. Maderas partidas se esparcían como costillas expuestas de un cuerpo muerto. Del jardín que su madre cuidaba solo quedaban raíces secas.

Saisto se quedó quieto, incapaz de respirar.

—No pensé… que dolería tanto —murmuró.

Avanzó lentamente entre los restos. Cada paso crujía sobre fragmentos de su vida pasada. Tocó una viga quemada; la madera se deshacía con solo rozarla.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.