Saisto - El erudito del Núcleo

Capítulo 6 – Las ruinas del hogar

El viento de la madrugada me golpeaba la cara mientras el carruaje avanzaba por el camino de tierra.

Hacía años que no pisaba esa región. Tantos, que una persona normal habría olvidado el olor del campo mojado, el ruido de las ruedas sobre las piedras y la curva exacta donde el camino empezaba a bajar hacia la ciudad.

Yo no lo había olvidado.

Ese era el problema.

Recordaba demasiado.

Iba sentado con las manos sobre las rodillas, mirando por la ventanilla como si eso pudiera prepararme para lo que iba a encontrar. Pero no había forma de prepararse para volver a un lugar donde uno ya estaba muerto.

El conductor era un hombre mayor, de manos gruesas y mirada curiosa. Llevaba casi una hora en silencio, pero al final no pudo contenerse.

—Hace tiempo que no veo a un viajero con esa cara —dijo, sin apartar la vista del camino—. ¿Viene de lejos?

Tardé en responder.

—Sí —dije—. Más lejos de lo que quisiera.

El hombre soltó una risa corta.

—Eso suena a problema viejo.

—Lo es.

—¿Y qué lo trae por aquí? No muchos regresan a esta ciudad. Algunos dicen que quedó marcada por incendios, ruinas y desgracias.

Apreté los dedos contra la tela de mi pantalón.

—Necesito ver algo con mis propios ojos.

El conductor me miró de reojo.

—A veces uno vuelve buscando respuestas y termina encontrando más preguntas.

No respondí de inmediato.

La ciudad empezó a aparecer entre la bruma. Primero los techos. Luego las chimeneas. Después la silueta de las torres viejas que aún seguían de pie, aunque ya no se veían tan firmes como antes.

—Esta ciudad ya no es la misma —añadió el conductor.

Miré hacia adelante y sentí que el pecho se me cerraba.

—Yo tampoco.

Bajé del carruaje en la entrada, pagué sin discutir y me quedé quieto un momento, con la maleta en una mano y el abrigo cerrado hasta el cuello.

El lugar tenía un aire más viejo. No solo por las paredes gastadas o las calles mal reparadas. Era otra cosa. Como si la ciudad hubiera seguido viviendo, pero sin esperar a nadie.

Sin esperarme a mí.

Caminé despacio.

Reconocí el farol de la esquina donde Mateo y yo nos escondíamos cuando éramos niños. Seguía ahí, torcido, con el metal oxidado. También reconocí la fuente donde jugábamos a lanzar piedras cuando creíamos que nadie nos veía. Y más adelante estaba el banco donde mi madre se sentaba después del mercado porque se cansaba de estar yendo y viniendo.

Nada había desaparecido por completo.

Pero nada me pertenecía ya.

Me detuve frente a una tienda de frutas. El vendedor era un anciano robusto, con barba corta y manos manchadas por el jugo de las naranjas. Me vio mirar la calle con demasiada atención y me sonrió con amabilidad.

—Buenos días, viajero. ¿Busca alojamiento? Hay una posada cerca del puente.

Negué con la cabeza.

—No. Solo estoy recordando.

El hombre frunció el ceño, como si esa respuesta le hubiera dicho más de lo que yo quería.

—Tiene una mirada pesada —comentó—. Como si cargara algo desde hace mucho.

Intenté sonreír.

No pude.

—Supongo que es verdad.

El vendedor me observó mejor. Eso me puso tenso. Ya conocía esa clase de mirada: primero curiosidad, después duda y, si no me iba rápido, reconocimiento.

—¿Sabe algo? —dijo—. Hace muchas décadas vivió aquí un muchacho con esa misma cara seria. Siempre parecía estar cuidando un secreto. Se llamaba Saisto. ¿Quizás lo habrá escuchado?

Sentí frío en la espalda.

Mi nombre sonó raro en la boca de otra persona. Raro y lejano. Como si hablara de un muerto.

Porque eso era para ellos.

—No —mentí, bajando la voz—. Nunca escuché ese nombre.

—Qué pena —respondió el anciano—. Murió joven. Fue una tragedia grande para su madre. La pobre nunca se recuperó.

Me quedé inmóvil.

—Las madres no se recuperan de algo así —dije.

—Eso es cierto —asintió—. Ella venía todos los días a comprar fruta. Incluso después de lo que pasó, hablaba de su hijo como si todavía estuviera vivo. A veces decía que sentía su presencia cerca.

Me dolió tanto que tuve que mirar hacia otro lado.

—Gracias por contarme eso.

—¿Está bien, señor?

—Sí —mentí otra vez—. Estoy bien.

Me fui antes de que la voz se me quebrara.

El barrio donde había crecido estaba más deteriorado de lo que recordaba. Algunas casas seguían ocupadas, pero muchas tenían ventanas rotas, techos vencidos o puertas remendadas con tablas distintas. El camino de piedra estaba hundido en varias partes. Había hierba creciendo entre las grietas.




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