Saisto avanzó sin mirar atrás, dejando que el amanecer lo envolviera mientras se alejaba del último fragmento de su pasado. Con cada paso sentía que el mundo se hacía más amplio, más incierto, y sin embargo, más prometedor. Por primera vez en décadas no caminaba para huir… sino para encontrar.
El camino lo llevó a una posada modesta, situada entre bosques torcidos por el viento. Dentro, viajeros de todas partes compartían historias exageradas, risas fuertes y silencios pesados. Saisto tomó asiento en un rincón, intentando pasar desapercibido.
Pero un hombre de barba espesa y ojos brillantes lo reconoció como alguien que buscaba algo más que descanso.
—Usted no es un viajero común —dijo mientras se dejaba caer frente a él—. Tiene cara de buscar respuestas, no rutas.
Saisto sostuvo su mirada.
—He escuchado… rumores. Sobre personas que no cambian. Personas que el tiempo no toca.
El hombre alzó una ceja, sonriente.
—Ah… esas historias. Suelen llegar con los vientos. Pero algunas son más tercas que los fantasmas.
Se inclinó hacia adelante, bajando la voz.
—Yo mismo vi a uno. Un pescador del sur. Hace treinta años tenía el mismo rostro que cuando lo vi de niño. Ni una sola arruga. Ni un solo cambio.
Saisto sintió un escalofrío.
—¿Nunca envejecía?
—Nada. Como si la vida le pasara por los lados sin rozarlo.
Saisto guardó silencio. El hombre continuó:
—Y no es el único. Dicen que en el norte hay una mujer… una mujer que no cambia. Que vive aislada en una casa rodeada de jardines que florecen siempre, aunque el clima los mate a todos. Se dice que su mirada es como la de alguien que ha vivido más de lo que cualquier ser humano debería.
Saisto apretó los dedos contra la mesa.
—¿Una mujer? —preguntó, con una tensión que no pudo ocultar.
—Sí. Algunos la llaman la mujer de los jardines eternos. La han visto por décadas, idéntica… sin que el tiempo la toque.
Saisto bajó la cabeza. Su corazón golpeaba en su pecho.
—Necesito saber más.
—Eso depende de usted —respondió el hombre, levantándose—. Las historias lo llevarán donde tengan que llevarlo. Solo tiene que seguir escuchando.
...
Saisto dejó la posada con la mente llena de preguntas. Caminó durante horas hasta llegar a un pequeño pueblo costero. Los pescadores se reunían alrededor de un fogón improvisado, calentando las manos mientras contaban historias.
—Buenas noches —dijo Saisto, acercándose.
Uno de ellos lo miró de arriba abajo.
—No pareces pescador. ¿Qué buscas?
—Historias.
Los hombres intercambiaron una mirada. El mayor habló:
—Te daré una. Hace muchos años vino una mujer a este pueblo. Una mujer distinta. Su rostro… no cambiaba. Siempre igual. Era hermosa, sí, pero había algo más. Una tristeza tan antigua que parecía no pertenecerle.
Otro añadió:
—A veces venía cuando había tormenta. Solo se paraba frente al mar como si lo escuchara hablar. Y cuando se iba… parecía llevarse la ira de las olas con ella.
Saisto cerró los ojos. Una punzada recorrió su pecho.
—¿Y dónde está ahora?
—Nadie lo sabe. Solo desapareció.
...
Continuó su camino hacia el este, siguiendo cada rastro, cada susurro, cada versión distorsionada de las mismas historias. Hasta que llegó a una aldea aislada, donde los rumores sobre la mujer del norte eran más precisos.
Allí escuchó algo que lo dejó inmóvil.
—Hubo un viajero que juró haberla visto hace unos años —dijo una anciana—. Dijo que vivía sola en una casa rodeada de flores. Flores que florecían incluso en el peor invierno.
Saisto sintió un impulso irresistible.
—¿Dónde queda esa casa?
La anciana señaló un sendero que bordeaba un bosque.
—Allá. Pero ya no vive nadie ahí. Los niños dicen que es una casa embrujada.
Saisto siguió ese sendero. Tardó horas. El bosque era silencioso, húmedo, casi sagrado. Hasta que la vio.
Una casa solitaria, rodeada de un jardín que aún mostraba flores, aunque era época de frío. El aire parecía distinto alrededor de ese lugar… casi detenido.
Saisto se quedó de pie frente a la reja, observando.
Y entonces la vio a ella.
Una mujer cruzó la ventana como una sombra viva. Su rostro era joven, sereno, pero sus ojos… sus ojos llevaban siglos. Una tristeza inmensa. Una fuerza impenetrable.
Saisto sintió un vuelco en el corazón. Era imposible que fuese humana. Imposible que fuera una ilusión.
No sabía quién era, ni qué era.
Solo sabía que era como él.