Saisto - El erudito del Núcleo

Capítulo 7 – Rumores de eternidad

Salí de la ciudad cuando el sol apenas estaba subiendo.

No miré atrás.

Si lo hacía, sabía que iba a quedarme clavado en el mismo lugar, pensando en la casa caída, en mi madre, en Mateo y en todo lo que había perdido por seguir vivo demasiado tiempo.

Así que caminé.

El camino estaba húmedo y lleno de piedras pequeñas. Mi abrigo pesaba por el frío de la mañana y el polvo se me pegaba en los zapatos. No llevaba mucho encima: una bolsa con ropa, mi cuaderno, algo de dinero y la idea más peligrosa que había tenido en décadas.

Encontrar a otros como yo.

Solo pensarlo me daba miedo.

Durante años había repetido que mi condición era una condena privada. Algo que debía esconder, aguantar y cargar en silencio. Pero después de ver las ruinas de mi hogar y escuchar a Mateo despedirse de un muerto que nunca murió, ya no pude seguir mintiéndome.

Yo necesitaba respuestas.

Y si de verdad había personas detenidas en el tiempo como yo, tenía que encontrarlas antes de que la soledad me terminara de romper.

Al mediodía llegué a una posada en medio de un bosque. Era pequeña, de madera oscura, con humo saliendo de una chimenea torcida y varias mulas atadas afuera. No era un lugar bonito, pero estaba lleno de viajeros. Eso era lo que necesitaba.

Entré sin llamar demasiado la atención.

Había comerciantes, arrieros, dos soldados dormidos en una mesa y un grupo de hombres que discutían sobre caminos bloqueados. Me senté en una esquina, pedí algo caliente y abrí mi cuaderno sin escribir nada todavía.

Primero debía escuchar.

No pasaron ni diez minutos antes de que un hombre se sentara frente a mí como si me conociera de toda la vida.

—Usted no parece venir de paseo —dijo, acomodándose con una sonrisa tranquila.

Levanté la mirada.

—¿Y cómo se ve alguien que viene de paseo?

—Más perdido y menos triste.

No me reí. Él tampoco pareció ofendido.

—Busco historias —respondí.

—Aquí todos buscan algo. Trabajo, comida, mujeres, deudas que cobrar o deudas que evitar. Pero usted busca otra cosa.

Tomé la taza entre las manos para ganar unos segundos.

—He escuchado rumores sobre personas que no envejecen.

El hombre dejó de sonreír por un momento. Su expresión mostraba cierto interés.

—Ah —murmuró—. Esas historias.

—¿Las conoce?

—Todo el mundo conoce alguna. La mayoría son tonterías, claro. Viejos que exageran, borrachos que inventan, gente que confunde a un hijo con su padre. Pero algunas... algunas no se olvidan tan fácil.

Sentí que el pecho se me cerraba.

—Cuénteme una.

El hombre se inclinó sobre la mesa y bajó la voz.

—Hace treinta años vi a un pescador en el sur. Yo era un muchacho. Él ya era adulto. Lo volví a ver hace poco en el mismo puerto, con la misma cara, el mismo pelo y la misma mirada cansada. No tenía una arruga. Ni una. Mientras todos los demás nos habíamos hecho viejos, él seguía igual.

No pude responder de inmediato.

Me obligué a mantener la calma, pero por dentro algo se movió con fuerza. No era una prueba, no todavía. Pero era más que una simple broma.

—¿Sigue allí? —pregunté.

—No lo sé. Los de esa clase nunca se quedan mucho tiempo cuando la gente empieza a mirar demasiado.

Los de esa clase.

La frase me molestó, pero no dije nada.

—¿Conoce otros rumores?

El hombre apoyó los codos sobre la mesa.

—Uno del norte. Una mujer. Dicen que vive sola, o vivía, en una casa rodeada de jardines. Flores en pleno frío. Árboles sanos cuando los de alrededor se secaban. La gente la llama la mujer de los jardines eternos.

Me quedé inmóvil.

Una mujer.

No sabía por qué esa palabra me golpeó de esa forma. Tal vez porque durante años había imaginado a otros como yo de muchas maneras, pero siempre como sombras lejanas. Escuchar que una de esas personas podía tener un lugar, una casa, una rutina... la volvía real.

—¿Dónde está esa casa?

El hombre me observó con más atención.

—Usted sí que está desesperado.

—Estoy cansado de no saber nada.

Eso pareció bastarle.

—Siga el camino hacia el norte hasta el cruce de las tres piedras. Luego pregunte por una aldea llamada Verdanza. Los viejos del lugar conocen el cuento. No le prometo que sea verdad.

—No necesito promesas.

—Entonces escuche bien. Si la encuentra y ella no quiere hablar con usted, no insista demasiado. La gente que sobrevive tanto tiempo aprende a desconfiar por buenas razones.




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