Saisto - El erudito del Núcleo

Capítulo 8 – El primer encuentro

Saisto llegó al puerto justo cuando el cielo comenzaba a volverse gris. No sabía si aquello era niebla o simplemente la humedad del mar trepando por el horizonte, pero la escena encajaba con la agitación que cargaba en el pecho. Había escuchado rumores en aldeas, posadas y caminos perdidos: un hombre que no envejecía, un navegante que aparecía y desaparecía como si no perteneciera al tiempo, alguien a quien llamaban de muchas formas, ninguna de ellas un nombre real.

Pero ese día… algo en el aire le dijo que finalmente lo encontraría.

El sonido de las olas chocando contra las embarcaciones, las grúas manuales chirriando, los marineros gritando órdenes, las redes pesadas cayendo al suelo… Todo se mezclaba en un caos que a cualquier otro hombre habría mareado. Pero para Saisto, en cambio, cada ruido parecía alejarlo del mundo y enfocarlo en un solo punto. Un punto que latía en su pecho como un presentimiento inevitable.

Caminó lentamente por los muelles, atento a cada rostro. Hombres cansados, mujeres cargando cestas de pescado, niños corriendo entre cajas de madera. Nada destacaba. Nada tenía esa presencia… hasta que lo vio.

Un hombre estaba sentado en el borde del muelle, mirando el océano. No bebía, no hablaba, no hacía nada más que observar el horizonte como si fuera lo único que le quedaba. Su cabello castaño caía con desorden natural, su postura era rígida pero cansada, y su mirada… oh, su mirada llevaba un peso que Saisto reconoció inmediatamente.

Era la mirada de alguien que había vivido demasiado.

Saisto sintió un tirón en el pecho. No era el mismo tirón cálido y misterioso que había sentido frente a la mujer de los jardines eternos. Este era distinto, más rudo, más afilado, como si estuviera frente a un espejo antiguo que había visto demasiadas vidas.

Respiró hondo y se acercó.

—Disculpa… —dijo con una voz más temblorosa de lo que habría querido—. ¿Puedo sentarme aquí?

El hombre no respondió de inmediato. Apenas movió los ojos, como quien evalúa un peligro, o un recuerdo.

—Haz lo que quieras —dijo finalmente, sin emoción.

Saisto se sentó a unos pasos de distancia. No quería invadir su espacio.

El silencio se extendió entre ambos. No era un silencio cómodo, ni hostil. Era un silencio lleno de reconocimiento, de sospechas, de dos almas que sabían algo del otro sin haber intercambiado aún una palabra real.

Finalmente Saisto habló:

—He viajado mucho tiempo… buscando a alguien como tú.

El hombre giró lentamente el rostro hacia él.

—Yo no soy como tú —respondió, con una firmeza tan rota que parecía gritar siglos de cansancio.

Saisto frunció el ceño.

—Creo que sí. Creo que… lo que eres no ha cambiado en mucho tiempo.

Los ojos del hombre se estrecharon apenas.

—¿Cuánto tiempo llevas escondiéndote? —preguntó de repente, con una voz grave, profunda—. Porque esa forma de hablar… esa forma de acercarte… solo la tienen quienes ya han visto demasiadas despedidas.

Saisto sintió un pequeño temblor en el pecho.

—Suficiente como para reconocer la eternidad en la mirada de alguien.

El hombre soltó una risa breve, casi sin vida.

—La eternidad no se reconoce —murmuró—. Se sufre.

Saisto bajó la mirada, porque sabía que era verdad.

—Solo quiero entender quién eres —dijo con sinceridad—. Y por qué apareces en tantos relatos. ¿Cómo te llaman en este puerto?

El hombre apartó la mirada del mar y lo estudió con detenimiento, como si sopesara cada segundo de su respuesta.

—No importa cómo me llamen ellos —respondió al fin—. Los nombres aquí cambian como las mareas. Me han llamado de todo: El Errante del mar, El Silencioso, El que flota entre siglos… pero ninguno es mío.

Saisto tragó saliva.

—Me llamo Saisto, entonces... dime tu nombre real.

Por primera vez, el hombre mostró una reacción real: tensión. Sus hombros se endurecieron, su respiración se volvió más lenta, sus manos —hasta ese momento relajadas sobre sus rodillas— se cerraron ligeramente.

—Mi nombre… —repitió, como si pesara toneladas.

Saisto asintió.

El hombre respiró hondo, como si estuviera a punto de entregar algo que había guardado durante siglos.

—Scoxion —dijo finalmente.

Saisto parpadeó. Nunca había escuchado ese nombre.

—¿Scoxion? Es… inusual. No se parece a nada que haya oído.

Scoxion volvió a mirar el mar.

—Porque no es un nombre—respondió con una voz profunda, grave—. No es un título que otros me dieron. Es lo único que queda de mí. Lo único que aún siento que es mío.

Saisto sintió su corazón apretarse ante la crudeza de esas palabras.

—¿Cuánto tiempo… has vivido así? —preguntó con cuidado.

Scoxion cerró los ojos por un momento.




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