Saisto - El erudito del Núcleo

Capítulo 8 – El primer encuentro

Llegué al puerto cuando el cielo todavía estaba gris.

La neblina bajaba sobre los muelles y hacía que todo pareciera más frío de lo normal. Las tablas estaban húmedas y los marineros gritaban órdenes como si la mañana ya llevara horas despierta.

Yo apenas podía pensar con claridad.

Había seguido rumores durante semanas. En una aldea me hablaron de un navegante que no envejecía. En otra, de un hombre que aparecía en los puertos desde hacía décadas con el mismo rostro. Algunos lo llamaban el errante del mar. Otros decían que era un fantasma.

Yo no creía en fantasmas.

Pero sí creía en los rostros que no cambiaban.

Caminé por el muelle con el abrigo cerrado hasta el cuello y el cuaderno dentro del bolsillo. Miré a cada hombre que cargaba cajas, a cada pescador que remendaba redes, a cada viajero que bajaba de los barcos. Buscaba algo que ni siquiera sabía explicar bien.

Una mirada.

Un gesto.

La misma sensación que había tenido con la mujer de los jardines.

Entonces lo vi.

Estaba sentado al borde del muelle, con los pies cerca del agua y los ojos fijos en el océano. No bebía. No hablaba con nadie. No parecía esperar un barco ni despedir a alguien. Solo miraba el mar con una quietud demasiado pesada.

Solo miraba el mar con una quietud demasiado pesada

Me detuve.

No necesitaba más pruebas.

Esa mirada no era de un hombre común. Era de alguien que había visto pasar demasiadas cosas y ya no encontraba dónde ponerlas.

Tragué saliva y me acerqué despacio.

—Disculpa... ¿puedo sentarme aquí?

El hombre no respondió enseguida. Apenas movió los ojos hacia mí, como si ya hubiera notado mi presencia desde antes.

—Haz lo que quieras —dijo al fin.

Su voz era grave. Cansada. No tenía curiosidad ni amabilidad. Tampoco amenaza. Era peor: sonaba como alguien que ya no esperaba nada de nadie.

Me senté a unos pasos, sin invadir su espacio.

Durante un rato no hablamos. El mar golpeaba la madera del muelle, los barcos crujían y los marineros seguían trabajando detrás de nosotros. Pero para mí todo eso quedó lejos.

Él sabía.

No me había preguntado nada, pero lo sabía. Y yo también.

—He viajado mucho tiempo —dije por fin— buscando a gente como tú.

El hombre giró apenas el rostro.

—Yo no soy como tú.

Lo dijo con firmeza, pero no con sorpresa. Eso me dio más seguridad.

—Creo que sí —respondí—. Creo que lo que eres... no ha cambiado en mucho tiempo.

Sus ojos se estrecharon.

—¿Cuánto tiempo llevas escondiéndote?

La pregunta me dejó sin aire por un segundo.

No preguntó mi nombre ni de dónde venía. Fue directo al centro de todo.

—Lo suficiente —contesté— para reconocer esa mirada en otra persona.

Él soltó una risa corta, sin alegría.

—Vivir demasiado no es algo que se reconoce con orgullo. Se nota porque te rompe por dentro.

Bajé la vista.

No me gustó escucharlo. Lo sabía porque entendía demasiado bien lo que decía.

—Solo quiero saber quién eres —dije—. En los puertos hablan de ti. Dicen muchas cosas.

—La gente siempre habla.

—¿Cómo te llaman?

Él volvió a mirar el mar.

—Depende del lugar. El Errante. El Silencioso. El hombre que no se hunde. El que vuelve con las mareas. Nombres de gente aburrida que necesita inventar historias.

—¿Y tu nombre real?

Ahí sí reaccionó.

Sus hombros se tensaron. Sus manos, que estaban quietas sobre las rodillas, se cerraron un poco.

Me arrepentí de haber preguntado tan rápido, pero ya era tarde.

—Mi nombre... —repitió.

—Yo me llamo Saisto —dije, para no sonar como un interrogador—. Ese es mi nombre real. Al menos el primero que tuve.

El hombre respiró hondo. El mar golpeó debajo de nosotros.

Scoxion —dijo al fin.

Lo miré en silencio.

—Scoxion —repetí—. No lo había escuchado nunca.

—Porque no es un nombre común.

—¿Te lo dieron?

Negó con la cabeza.




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