Saisto permaneció en el muelle largo rato después de que la embarcación de Scoxion desapareciera entre la neblina. El amanecer teñía el cielo de tonos rosados y dorados, pero para él era como si el mundo estuviera atrapado entre dos respiraciones: un instante suspendido, incómodo, demasiado silencioso. El rumor del mar, normalmente un sonido calmante, ahora parecía arrastrar consigo la ausencia de Scoxion, como si aquel hombre hubiera dejado un vacío más grande de lo que Saisto estaba listo para enfrentar.
El puerto comenzaba a despertar. Carretillas chocaban entre sí, pescadores empezaban sus labores, vendedores abrían sus puestos con el tedio de otro día igual al anterior. Pero nada de eso alcanzaba a Saisto. Todo sonido quedaba amortiguado, distante, como si hubiera quedado atrapado dentro de sus propios pensamientos.
—Tres siglos… —murmuró en voz baja, recordando la confesión de Scoxion—. Tres siglos solo… hablando solo con el mar.
Se estremeció. No por el frío. Sino porque por primera vez en décadas había visto el futuro que temía convertirse: uno donde la soledad se volvía una segunda piel, donde la eternidad se transformaba en condena.
Respiró hondo y apretó los puños.
—No quiero ser así —dijo para sí mismo, con voz temblorosa—. No quiero llegar a cargar siglos sin saber quién soy.
Un pescador que pasaba cerca lo miró de reojo, confundido por el tono quebrado del joven que aparentaba no tener más de veintitantos. Saisto lo ignoró.
Finalmente se obligó a apartarse del muelle. Sus pasos eran lentos, casi torpes, como si el cuerpo aún luchara por asimilar las emociones que había reprimido durante tanto tiempo. A cada paso, la imagen de Scoxion regresaba: su mirada vacía, su voz rota, su manera de aferrarse al silencio para no destruir lo poco que quedaba de sí.
—Pero él… se quedó esta vez —susurró Saisto—. Aunque fuera una noche… se quedó.
Ese pensamiento lo sostuvo mientras abandonaba el puerto y tomaba el camino hacia el interior. La bruma matinal cubría los campos, y la humedad hacía que el frío calara en los huesos.
Mientras avanzaba por el camino de tierra, Saisto comenzó a hablar consigo mismo, en voz baja, como quien intenta comprender su propio corazón.
—No estoy seguro de lo que busco… ni de quién soy en realidad… pero sé que no quiero volver a huir —dijo, con una desesperación sincera—. No después de haber visto lo que la soledad provoca. No después de haber visto a Scoxion… roto, pero aún vivo.
El sonido de sus propios pasos se convirtió en compañía mientras cruzaba praderas húmedas y bosques cargados de rocío. Algunos pájaros cantaban tímidamente entre los árboles, como si anunciaran un renacer del mundo que él aún no lograba sentir.
Horas más tarde, llegó a una aldea pequeña situada junto a un río. Las casas eran simples, hechas de madera clara y techos de paja; el humo de las chimeneas subía en hilos delgados, señal de que la gente se preparaba para enfrentar el frío matinal. Pero había algo extraño en el ambiente. Algo tenso.
Saisto lo notó de inmediato. Las miradas furtivas. Las puertas que se cerraban demasiado rápido. Los susurros que se apagaban cuando él pasaba.
—Buenos días —intentó decir al primer aldeano que encontró, un hombre mayor que cargaba un saco de harina.
El hombre lo observó con sospecha.
—Buenos días… supongo —respondió, pero su voz era más fría que cortés.
Saisto respiró hondo.
—He estado siguiendo rumores. Dicen que en esta aldea… han visto cosas extrañas.
El anciano frunció el ceño.
—¿Qué clase de cosas? —preguntó con brusquedad.
—Sombras —respondió Saisto, tratando de sonar casual—. Personas… que no parecen cambiar con los años.
El anciano se tensó. Miró hacia los lados, como si temiera que alguien escuchara.
—Aquí nadie debería hablar de eso —susurró—. No es asunto para forasteros. Ni siquiera para nosotros.
Saisto dio un paso más cerca.
—Yo necesito saberlo. De verdad.
El anciano respiró hondo, indeciso. Finalmente, habló.
—Dicen que hay una figura que camina junto al río por las noches —confesó—. Algunos dicen que no envejece. Otros… que no toca el suelo al caminar.
Saisto sintió un escalofrío.
—¿La han visto de cerca?
—Yo no —respondió el anciano rápidamente—. Y no quiero verla. Pero los niños hablan de ello. Y también una mujer del otro extremo del pueblo… aunque está demasiado asustada como para contarlo.
Saisto agradeció y siguió su camino. Se detuvo frente a una casa donde una mujer joven estaba barriendo la entrada con manos temblorosas.
—Perdón —dijo Saisto suavemente—. Me dijeron que quizá usted ha visto algo… junto al río.
La mujer dejó de barrer. Sus ojos se abrieron con miedo.
—No… no debería hablar de eso —susurró—. Mi esposo dice que son supersticiones. Pero yo… yo sé lo que vi.
Saisto inclinó ligeramente la cabeza.