Saisto - El erudito del Núcleo

Capítulo 9 – Ecos del silencio

Me quedé en el muelle mucho después de que la embarcación de Scoxion desapareciera entre la niebla.

El sol ya estaba saliendo, pero para mí el puerto seguía igual de frío. Los pescadores empezaban a mover cajas, las carretillas chocaban contra la madera y los vendedores abrían sus puestos como si nada hubiera pasado.

Para ellos era una mañana más.

Para mí no.

Yo seguía escuchando la voz de Scoxion en mi cabeza.

Tres siglos.

No podía dejar de pensar en eso. Tres siglos caminando solo. Tres siglos dejando puertos antes de que alguien hiciera demasiadas preguntas. Tres siglos hablando con el mar porque el mar no envejecía, no pedía explicaciones y no moría frente a él.

Apreté los dedos contra el borde del muelle hasta que la madera me marcó la piel.

—No quiero terminar así —murmuré.

Un pescador pasó cerca y me miró de reojo. Seguramente le pareció raro escuchar a un hombre joven hablando solo con esa cara de derrota. Lo ignoré. Ya estaba acostumbrado a que la gente viera algo extraño en mí, aunque no supiera explicar qué era.

Me levanté despacio.

Tenía que moverme. Si me quedaba ahí, iba a empezar a dudar otra vez. Y yo ya había dudado demasiado.

Me alejé del puerto con el cuaderno guardado bajo el abrigo y el cuerpo cansado de una conversación que me había abierto más preguntas de las que podía soportar.

Scoxion se había ido, sí. Pero no había huido.

Esa diferencia importaba.

Por primera vez en siglos, según sus propias palabras, se había quedado una noche entera hablando con alguien. No sabía si eso significaba confianza, lástima o solo cansancio, pero para mí era suficiente.

—Se quedó —dije en voz baja mientras dejaba atrás las últimas casas del puerto—. Aunque fuera poco, se quedó.

Me repetí esa frase durante el camino.

La tierra estaba húmeda por la neblina de la madrugada. Mis botas se hundían un poco en el barro y el frío se me metía por las mangas. Caminé sin prisa, cruzando campos bajos, cercas viejas y tramos de bosque donde las ramas todavía goteaban rocío.

No sabía con exactitud a dónde iba.

Eso me asustaba.

Antes, cuando vivía escondido como Isael, mi vida era pequeña pero ordenada. Abría el taller, reparaba relojes, contestaba lo necesario, evitaba las preguntas y cerraba la puerta. Era una mentira triste, pero al menos tenía una forma.

Ahora no tenía nada de eso.

Solo rumores.

Solo nombres que no sabía si eran reales.

Solo la certeza de que había más personas como yo, y de que algunas llevaban rotas mucho antes de que yo entendiera mi propia condición.

Me detuve junto a un camino estrecho y respiré hondo.

—No voy a volver a esconderme igual que antes —me dije—. No después de haberlo visto.

Me refería a Scoxion, pero también a mí mismo.

Porque si él era mi futuro, entonces tenía que cambiar algo ahora. Antes de que la soledad me convirtiera en una persona incapaz de tocar el mundo sin miedo.

Horas después llegué a una aldea junto a un río.

Era un lugar pequeño, de esos donde todos saben quién vive en cada casa y cualquier forastero llama la atención antes de dar diez pasos. Las viviendas eran de madera clara, con techos de paja oscurecidos por la humedad. De las chimeneas salía humo delgado, y el olor a pan quemado se mezclaba con el del agua fría del río.

Apenas entré, varias conversaciones se cortaron.

Una mujer cerró la puerta de su casa con demasiada rapidez. Dos niños que jugaban cerca de una cerca dejaron de reír. Un perro me siguió con la mirada, quieto, como si también supiera que no pertenecía allí.

No me sorprendió.

La gente asustada se reconoce rápido.

Me acerqué al primer hombre que vi. Era un anciano con un saco de harina al hombro. Caminaba despacio, pero tenía los ojos atentos.

—Buenos días —dije.

El hombre me miró de arriba abajo.

—Buenos días... supongo.

Se sentía más como advertencia educada.

Decidí no dar vueltas.

—Estoy siguiendo algunos rumores. Me dijeron que aquí han visto cosas extrañas cerca del río.

El anciano se puso rígido.

—Aquí no hay nada para usted.

—No busco problemas.

—Los forasteros siempre dicen eso antes de traerlos.

Miró hacia los lados, como si alguien pudiera castigarlo solo por escucharme.

Bajé la voz.

—Solo necesito saber si es verdad.

—¿Qué cosa?

—Que han visto a alguien que no cambia con los años.

El hombre apretó el saco contra el pecho. El gesto fue pequeño, pero lo delató.




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