Caminé durante horas sin mirar demasiado el camino.
El sendero estaba húmedo y lleno de hojas pegadas al barro. Cada paso hacía un ruido blando bajo mis botas, pero ni siquiera eso lograba sacarme de la cabeza lo que había pasado con Scoxion.
Tres siglos.
Esa palabra se repetía dentro de mí como una condena.
Yo llevaba décadas escondiéndome, cambiando de nombre, fingiendo cansancio, fingiendo edad, fingiendo que no me dolía ver cómo los demás avanzaban mientras yo seguía igual. Pero Scoxion llevaba tres siglos así. Tres siglos mirando el mar porque, según él, era lo único que no le hacía preguntas.
No quería terminar igual.
Me detuve bajo un roble viejo y apoyé una mano en el tronco para recuperar el aire.
—¿Qué soy exactamente? —murmuré.
La pregunta me salió baja, pero me golpeó con fuerza.
No era la primera vez que me la hacía. La diferencia era que ahora ya no podía ignorarla. Antes pensaba que solo no envejecía. Una anomalía. Una consecuencia extraña de la niebla. Algo horrible, sí, pero simple.
Después de hablar con Scoxion, esa explicación se quedó corta.
Si él había vivido trescientos años, entonces el cometa no era el origen de todo. No podía serlo. Las fechas no cuadraban. Nada cuadraba.
Me llevé una mano al pecho.
—Si el cometa no nos creó... entonces ¿qué hizo?
No hubo respuesta. Solo el viento moviendo las ramas.
Seguí caminando, pero algo en mi cuerpo cambió.
Fue una punzada pequeña. Se sintió más bien incómoda. Como si algo se hubiera movido dentro de mí en un lugar donde no debía haber nada.
Me quedé quieto.
—¿Qué demonios fue eso?
Presioné mi pecho con la palma. Sentí mi corazón. El latido normal, rápido por el susto. Pero debajo había otra cosa.
Un pulso.
No era igual al corazón. Era más bajo, más profundo, como una vibración mínima que no seguía el mismo ritmo de mi cuerpo.
Me faltó el aire.
—No... —susurré—. No, esto no estaba ahí.
Cerré los ojos y traté de respirar despacio. Uno. Dos. Tres. Me obligué a no entrar en pánico, aunque cada parte de mí quería correr como si pudiera escapar de mi propio cuerpo.
Volví a concentrarme.
El pulso seguía ahí.
Pequeño. Firme. Escondido.
—¿Qué eres? —pregunté en voz baja—. ¿Por qué estás dentro de mí?
Abrí los ojos de golpe. El bosque se veía igual, pero para mí todo acababa de cambiar.
Durante años había observado mi rostro, mis manos, mi piel. Había anotado cada detalle externo, cada resultado médico, cada cicatriz que cerraba demasiado rápido. Pero nunca había pensado en escucharme por dentro.
No así.
Me senté sobre una roca en un claro donde entraba un poco de luz. Dejé la mochila a un lado, abrí mi cuaderno y busqué una página limpia. La pluma me temblaba tanto que manché el borde del papel.
Escribí:
«Detecté un segundo pulso en el pecho. No coincide con el corazón».
Me quedé mirando esa frase.
Era ridículamente aterradora pero real al fin.
—Esto no puede ser una simple sensación —dije, intentando ordenar mis ideas—. Si lo siento, tiene que tener una causa.
Volví a tocarme el pecho. Cerré los ojos otra vez.
El pulso aumentó un poco.
Pensé en mi madre.
Nada.
Pensé en Mateo, en su voz quebrada frente a las ruinas de mi antigua casa.
El pulso se movió, pero muy leve.
Pensé en Scoxion sentado frente al mar, con esa mirada de hombre cansado de existir.
Entonces la vibración creció.
Abrí los ojos.
—Reaccionas a él.
La frase me salió con miedo, pero también con una emoción que no pude ocultar. No estaba imaginándolo. Algo dentro de mí respondía cuando pensaba en otro inmortal.
Me llevé la mano a la boca para contener la respiración.
—Scoxion también debe tener esto. Debe tenerlo. Si no, no tendría sentido.
Anoté rápido:
«El pulso reacciona al recordar a Scoxion. Posible vínculo con otros inmortales».
Después pensé en la mujer de los jardines eternos.
No recordaba bien su rostro. Solo una ventana, una figura, una mirada que se quedó conmigo más de lo que quería admitir. Aun así, cuando la imaginé, el pulso cambió de forma distinta.
Se sintió más como un calor.
Un calor suave en el pecho, incómodo y familiar al mismo tiempo.
Me quedé congelado.