Saisto avanzó por el sendero húmedo que se abría entre los árboles, con el paso lento, casi arrastrado, de alguien que no sabía hacia dónde iba ni qué esperaba encontrar. Con el pasar de las décadas, desde que había dejado atrás la aldea, llevaba caminando sin rumbo definido. Conforme pasaba el tiempo, ya no buscaba a nadie con tanta desesperación, no seguía ningún rumor preciso, no perseguía ya aquellas sombras de otros inmortales que hasta hace un tiempo habían alimentado su curiosidad. Todo lo contrario: aquella curiosidad ahora ardía de otra forma, más profunda, más íntima, más peligrosa.
Había un silencio extraño a su alrededor. No un silencio pacífico ni natural, sino uno que parecía seguirlo, envolverlo, presionarlo contra sí mismo. Saisto sentía ese silencio como una mano enorme cerrándose sobre su pecho. No era un vacío externo: era un vacío interno.
—¿Qué soy…? —susurró, deteniéndose bajo la sombra de un roble viejo cuya corteza estaba resquebrajada por el tiempo.
Su voz tembló. No era la primera vez que se hacía esa pregunta, pero sí era la primera vez que sentía verdadero miedo al formularla. Desde que conoció a Scoxion, algo se había quebrado en él. Ver a aquel hombre, roto, devastado por siglos de existencia, había despertado en Saisto un temor que nunca antes había permitido que emergiera. No era miedo a los demás. No era miedo al futuro. Era miedo a sí mismo.
—¿Por qué sigo sin envejecer?… —dijo en voz baja, como si necesitara escucharlo para creerlo—. Han pasado décadas… y sigo igual. Sigo siendo el mismo. ¿Cómo es posible…?
Apretó los puños con fuerza. El viento movió las ramas sobre él y el susurro de las hojas pareció burlarse suavemente.
—Scoxion dijo que la eternidad no se comparte —continuó Saisto—. Pero si él es como yo… si él tampoco envejece… si otros existen… entonces hay algo que nos une.
Se llevó la mano al pecho.
—¿Qué hay aquí dentro…? ¿Qué me mantiene así?
Se quedó un rato de pie, inmóvil, respirando lentamente, tratando de calmar la desesperación que subía como una ola oscura por su estómago. Finalmente, avanzó unos pasos más y se detuvo cuando sintió una punzada extraña en el centro del pecho.
No dolor. No presión. Algo distinto.
Algo que no debería estar ahí.
—…¿Qué fue eso?
Se quedó completamente quieto. Llevó la mano a su pecho de nuevo, presionando suavemente. Cerró los ojos e intentó sentir su corazón. El ritmo normal estaba ahí, constante… pero por debajo, casi imperceptible, había otra cosa.
Un mínimo temblor.
Un pulso diminuto.
Una vibración que no pertenecía al cuerpo humano.
Saisto abrió los ojos, con el rostro tenso.
—No… no puede ser…
Volvió a intentarlo. Inspiró profundamente, se concentró hasta que la realidad empezó a difuminarse a su alrededor. Sintió el latido de su corazón, luego algo más, apenas audible, apenas real.
Un ritmo suave.
Una pulsación que no seguía el compás de la vida… sino el compás de algo oculto.
—¿Qué… qué eres? —susurró con incredulidad—. ¿Por qué estás ahí…?
La respiración se le aceleró. Dio unos pasos hacia detrás, como si el bosque se hubiera convertido en un lugar demasiado pequeño para la magnitud de ese descubrimiento.
—Esto no es normal —dijo con voz quebrada—. No es natural… No debería tener… algo así…
Pero incluso mientras hablaba, una parte de él —una parte más oscura, más curiosa, más analítica— empezaba a despertar.
La necesidad de saber.
La necesidad de entender.
La necesidad de descifrar.
El miedo se mezcló con otra emoción: fascinación.
—Tengo que saber qué es —susurró Saisto—. No puedo seguir ignorándolo. No puedo seguir huyendo de mí mismo.
Caminó hasta un claro cercano donde el sol atravesaba el follaje en haces dorados. Se sentó en una roca y apoyó ambas manos en su pecho, intentando sentir nuevamente aquella pulsación extraña.
Y esta vez, lo sintió más claro.
No era su corazón.
Era otra cosa.
Un latido dentro del latido.
—¿Desde cuándo estás ahí…? —preguntó en voz alta, como si esperara que aquel ritmo diminuto respondiera.
Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, respirando hondo varias veces.
—Esto no puede ser una coincidencia. No puede ser solo… un accidente. Tiene que tener una razón.
El silencio del bosque parecía escuchar.
—¿Tendrá Scoxion algo así dentro de él? —preguntó Saisto con frustración creciente—. ¿Lo habrán tenido otros? ¿La mujer eterna…? ¿Los demás inmortales…?
Se levantó de golpe y comenzó a caminar de un lado a otro, completamente absorto en sus pensamientos.
—No… no puedo seguir conjeturando —se dijo a sí mismo—. Tengo que verificarlo. Tengo que estudiarlo. Tengo que entenderlo.