Han pasado 150 años.
A veces lo pensaba como si fueran solo números. Otras veces, como esa tarde, me pesaban en el pecho como si cada año hubiera dejado una piedra dentro de mí.
La lluvia golpeaba el techo de mi refugio. No era una casa bonita, pero era mía. O al menos era lo más parecido a un hogar que me permití tener después de abandonar tantos nombres, tantos pueblos y tantas vidas.
Las paredes estaban cubiertas de mapas, notas, dibujos del cuerpo humano y hojas arrancadas de cuadernos viejos. Había teorías en la mesa, teorías en el suelo, teorías clavadas con alfileres en la madera. Todo giraba alrededor de lo mismo.
El núcleo.
Me llevé una mano al pecho y cerré los ojos.
Ahí estaba.
Ese pulso que no era mi corazón.
Ese ritmo pequeño, terco y constante que llevaba siglos acompañándome, aunque yo siguiera sin entenderlo del todo.
—150 años —murmuré, mirando el cuaderno abierto—. Y todavía no sé qué eres.
El núcleo respondió con una vibración suave.
No dolía, no sangraba, no se podía sacar con un cuchillo ni estudiar sobre una mesa. Estaba ahí, dentro de mí, como si siempre hubiera tenido derecho a ocupar ese lugar.
Apoyé los dedos sobre la página. Mis notas estaban llenas de preguntas.
¿Por qué reaccionaba cuando pensaba en Scoxion?
¿Por qué vibraba distinto cuando recordaba a aquella mujer de los jardines?
¿Por qué, después de tantos años, seguía sintiendo que algo me faltaba?
—No eres un órgano —dije en voz baja—. No eres una enfermedad. No eres una simple consecuencia de la niebla.
Me quedé mirando uno de mis dibujos. Una esfera blanca rodeada de líneas, círculos y marcas que solo tenían sentido para mí.
—Eres otra cosa.
La lluvia siguió cayendo.
Yo estaba acostumbrado a ese silencio. Me acompañaba mejor que las personas. No hacía preguntas, no envejecía, no se iba. Pero esa noche el silencio se rompió.
Escuché un crujido afuera.
Levanté la cabeza.
No fue la madera del refugio. Tampoco el viento. Se sintió un paso. Luego otro.
Me puse de pie despacio y apagué una de las velas con los dedos. El cuarto quedó más oscuro.
El núcleo empezó a vibrar con fuerza.
—¿Qué pasa? —susurré.
Tomé la lámpara y caminé hacia la puerta. No la abrí de golpe. A estas alturas de mi vida ya había aprendido que la curiosidad podía matarte, incluso si uno tardaba demasiado en morir.
Empujé la puerta apenas.
La lluvia caía tan fuerte que casi no se veía el bosque. Aun así, distinguí una figura bajo un árbol inclinado.
No se movía.
Solo me miraba.
Sentí un frío extraño en la espalda.
—Sal —dije, sin levantar demasiado la voz—. Ya sé que estás ahí.
La figura dio un paso al frente.
Un relámpago iluminó el bosque por un segundo y pude verla mejor. Era una joven de cabello largo y plateado. Tenía la ropa empapada, el rostro serio y unos ojos que no parecían pertenecer a alguien de su edad.
Yo conocía esa mirada.
La había visto en Scoxion.
La había visto en el espejo.
La había sentido en mí.
—Eres Saisto —dijo ella.
Mi mano se cerró con fuerza sobre el borde de la puerta.
Hacía mucho tiempo que muy pocos usaban ese nombre frente a mí. La mayoría me conocía por otros. Nombres falsos, nombres útiles, nombres que podía dejar atrás sin mirar.
Pero ese era el primero.
El mío.
—¿Quién eres? —pregunté.
Ella no retrocedió.
—Me llamo Jaelith.
El núcleo vibró tan fuerte que tuve que apoyar una mano en la pared.
Jaelith también se llevó la mano al pecho. Sus ojos se abrieron apenas, como si acabara de sentir lo mismo.
—Tú también lo sentiste —dijo.
No respondí de inmediato.
Durante 150 años había imaginado ese momento de muchas formas. Había pensado que, si encontraba a alguien como yo, sabría qué hacer. Que tendría una pregunta preparada, una teoría lista, una explicación razonable.