Tres siglos habían pasado como una sucesión de amaneceres indistinguibles, como un río interminable cuya corriente arrastra consigo los recuerdos hasta desgastarlos. A veces Saisto tenía la impresión de que el tiempo ya no transcurría para él, sino alrededor de él, bordeándolo sin tocarlo realmente, como si la vida se negara a reclamarlo.
Su refugio —construido a lo largo de décadas, ampliado, reforzado, reordenado incontables veces— estaba hecho de madera vieja, piedra oscura y centenares de cuadernos apilados en cada rincón. En las paredes colgaban mapas amarillentos, diagramas complejos, esquemas del cuerpo humano con anotaciones minuciosas, y dibujos de una pequeña esfera luminosa que solo él podía sentir.
Esa esfera.
El núcleo.
Tres siglos después de su descubrimiento, la vibración suave que había sentido aquel primer día era ahora una presencia constante en su interior. No dolorosa. No invasiva. Pero tan profundamente unida a él que era imposible ignorarla.
Esa tarde, mientras la lluvia golpeaba el techo de madera con un sonido denso y continuo, Saisto escribía en un cuaderno nuevo. Su letra, antes desordenada y ansiosa, se había vuelto firme, precisa, casi quirúrgica. Sus manos se movían con la seguridad de quien ha pasado la mayor parte de su vida analizando cada variable del universo sin descanso.
—Trescientos años… —murmuró, sin levantar la vista de la página—. Y aún no termino de comprenderte.
Sus palabras eran un susurro cansado, pero cargado de una determinación que no había disminuido ni un solo día. Se detuvo unos segundos, respiró hondo y apoyó los dedos sobre su pecho.
El núcleo respondió con una vibración suave, casi afectuosa.
Saisto cerró los ojos.
—Sé que no eres un órgano —dijo con voz grave, cansada pero firme—. Sé que no eres una extensión de mi cuerpo. Eres… algo más. Algo que no pertenece a este tiempo ni a esta tierra.
Abrió los ojos lentamente, dejando que la luz tenue de las velas iluminara su rostro. Su expresión era la de un hombre que había visto tanto que ya nada podía quebrarlo del todo… y, sin embargo, seguía siendo capaz de sentir.
—Pero no entiendo por qué reaccionas así —continuó, apoyando ambas manos sobre la mesa, inclinándose sobre sus notas—. No entiendo por qué vibras cuando pienso en ellos. Cuando recuerdo a Scoxion… cuando pienso en ella… —su voz tembló apenas— esa mujer que vi por un instante hace tanto tiempo. Un rostro borroso, unos ojos que parecían cargar siglos…
El núcleo volvió a vibrar.
Saisto apretó los dientes.
—¿Por qué ella? ¿Por qué esa sensación? ¿Por qué ese calor? ¿Qué conexión existe que todavía no puedo ver…?
Antes de que pudiera seguir hablando, escuchó un crujido.
No era la madera dilatándose por la humedad.
No era el viento golpeando ventanas.
Este sonido venía desde afuera.
Desde el bosque.
Saisto levantó la cabeza con brusquedad. Su cuerpo se tensó de inmediato, como si siglos de soledad no hubieran atenuado su instinto, sino afilado cada uno de sus sentidos.
El núcleo vibró con fuerza.
—¿Qué…? —susurró, con una mezcla de alerta y desconcierto.
Caminó hacia la puerta, empujando la madera pesada con cuidado. La lluvia caía en cortinas gruesas sobre el bosque, creando un velo de agua que dificultaba ver más allá de unos pocos metros.
Pero entonces la vio.
Una silueta.
De pie, quieta, bajo un árbol inclinado por el peso del agua.
La figura no se movía. No parecía temer la lluvia. No parecía sentir frío. Solo… lo observaba.
Saisto entrecerró los ojos, intentando distinguir su rostro. La luz del relámpago que iluminó el cielo por un instante reveló algo:
Una joven.
Cabello largo plateado.
Ojos intensos.
Una presencia que no encajaba con nada que hubiera visto en siglos.
La voz de Saisto salió casi en un susurro incrédulo.
—…¿Quién eres?
La figura avanzó lentamente, sin apresurarse, sin titubear. Parecía caminar como si ya hubiera estado allí antes. Como si el camino hacia él no fuera nuevo… sino inevitable.
Cuando llegó al borde del refugio, la lluvia empapaba su ropa y su cabello, pero ella no parecía notarlo.
—Eres Saisto —dijo la joven con una voz firme, suave pero cargada de algo antiguo—. ¿Verdad?
Saisto sintió cómo el núcleo vibraba tan fuerte que casi le faltó el aire.
—¿Cómo sabes mi nombre? —preguntó con una mezcla de incredulidad y cautela.
Ella no respondió de inmediato. Lo observó con una expresión compleja, como si intentara descifrarlo a él del mismo modo en que él analizaba al mundo.
Finalmente habló.
—He caminado durante semanas —dijo lentamente—. Seguí historias, seguí voces, seguí… algo que no podía explicar. Todo me trajo hasta aquí.