¿Alguna vez has sentido que el propósito por el que naciste no es el correcto?
Para ser sincero, nunca me había sentido así. Siempre creí que mi existencia era solamente un puente entre lo espiritual y lo humano, un vínculo que no tenía derecho de romper... o al menos, así pensaba, hasta que lo conocí a él.
Era un día caluroso de verano; el bosque estaba en calma, sin rastro de murmullos alrededor. El sol, en lo más alto, se filtraba entre nubes blancas dibujando sombras danzantes sobre el suelo. Era día de ofrenda. Cada cambio de estación, aquella señora de edad avanzada venía hasta mi altar a dejar algo: a veces era maíz, miel o agua fresca, como si supiera que aquí siempre tenemos sed.
Caminaba tranquilo. A mis pies, la hierba seca y apagada, quemada por los rayos del sol, se tornaba de un verde brillante y vivo al pasar yo, cobrando vida y moviéndose suavemente, como si me dieran las gracias.
El altar era un espacio sagrado, bajo un árbol de Ceiba tan grande y antiguo como yo; ambos llevábamos aquí más de cuatrocientos años. El lugar era pacífico, lleno de pasto. Al pie del árbol se alzaba mi casita de piedra con techo de huano, rodeada por un círculo de piedras blancas que delimitaban mi hogar y mi refugio. Ahí es donde debía volver cada noche para recargar mi energía vital y espiritual.
Ahí estaba ella, al borde de aquellas piedras. Una mujer de cabellos canosos, piel del color del sol y una mirada llena de sabiduría en sus ojos oscuros. Se movía con la fragilidad de quien ha vivido mucho tiempo. Tenía sus manos arrugadas juntas, recitando en voz baja:
— Oh, gran Alux, guardián de estas tierras, te doy las gracias por cuidar este lugar otra estación —su voz suave se armonizaba con el canto de los pájaros.
Pero había algo diferente ese día, algo para lo que no estaba preparado. Detrás de ella, a unos pasos, venía un joven de cabellos oscuros, más alto que la anciana. Sus ojos eran de un café claro, brillante como la miel, pero su mirada era distinta: hostil, cargada de una furia contenida, como si estar en ese bosque fuera un castigo. Su piel era tan blanca y delicada que solo podía compararse con la flor de sak nikte.
Tal vez fue esa mirada, o el aura de misterio que lo rodeaba, lo que más me llamó la atención. Sin darme cuenta, abandoné mi deber como guardián. Mis pies me llevaron solos hasta el fondo del bosque, hacia la casa de paredes blancas y techo de huano, esa que parecía resistir al tiempo con sus ventanales de madera oscura.
Desde ahí lo observaba. Siempre estaba leyendo un libro, o hablando con alguien a través de un pequeño objeto que cabía en su mano. A veces juraba que volteaba a verme, como si sintiera mi presencia... pero eso era imposible. Los humanos no nos ven a menos que nosotros queramos. Además, soy pequeño, más bajo que un perro mediano; pasar desapercibido es mi naturaleza.
El silencio en mi altar era mi mayor tesoro. Estaba recostado en el pasto, disfrutando de la calma, cuando el cielo comenzó a tornarse gris oscuro y el sol se ocultó tras nubes pesadas.
—¿Qué eres? —esa voz, la misma que había escuchado tantas veces a escondidas, resonó en el claro.
Me senté de golpe, mirando a todos lados, pensando que aquella pregunta no era para mí... ¿O sí?
Su mirada estaba fija en mí, directa y clara.
No. Imposible.
Quise hablar, preguntar, pero de mi boca solo salió el lenguaje antiguo, el idioma de la tierra:
— Táan wáaj a t'anik tin wéetel.
Él se sorprendió, igual que yo. ¿Así sonaba mi voz? Era aguda y dulce; nunca antes había tenido la necesidad de usarla, así que ni yo mismo la conocía. Pero él pareció sorprenderse más por el sonido de aquellas palabras. Inclinó la cabeza, intentando entender. Busqué una forma de hacerme entender y simplemente me señalé a mí mismo con el dedo. Él hizo una mueca, como si comprendiera el juego.
— Sí, tú... ¿Qué eres? —repitió, con voz ahora más fría y seria.
Era evidente que no podríamos comunicarnos con palabras. Señalé el altar de piedra detrás de mí, y luego volví a señalarme. Él asintió, calculando la respuesta.
— El altar es para ti, ¿verdad?
Asentí con entusiasmo. Y fue justo en ese momento, al verlo comprender, cuando todo mi razonamiento se desmoronó. Fue como si todos mis sentidos se apagaran para dejar paso a una sola cosa: su sonrisa. Una sonrisa con un brillo que dejaba pequeño al mismo sol.
"Siempre quiero ver esa sonrisa", pensé, como una ráfaga de calor intenso que me recorrió todo.
El silencio entre nosotros no fue incómodo, sino cargado. Como si una chispa se hubiera encendido, cálida, pero capaz de incendiarlo todo. Un grito lejano lo interrumpió. Él se giró, susurró un "hasta luego" y desapareció entre los árboles. Yo me quedé ahí, inmóvil, tratando de entender qué era aquello que había brotado de mi interior.
Entré a mi casita intentando descansar, pero al cerrar los ojos solo lo veía a él: sus ojos, esa sonrisa. "Quiero volver a verlo". Ese pensamiento me mantuvo despierto toda la noche, buscando la forma de acercarme. Siempre evito que los humanos me vean, pues suelen asustarse... pero sin querer, mis deseos habían roto esa regla. Hice posible que él, y solo él, pudiera verme.
Al día siguiente, como si los dioses se hubieran apiadado de mí, él regresó. Esta vez traía un libro enorme bajo el brazo y caminaba decidido hacia el árbol.
— Mi abuela me dijo que te llamas Akbal —dijo mientras se sentaba en el suelo, manteniendo distancia, como si estudiara si podía acercarse.
Yo hice lo más sencillo: caminé hacia él y me senté a su lado.
— Yo soy Nix.
El libro era una gran enciclopedia llena de letras que no entendía del todo, aunque algunas se parecían extrañamente a nuestro lenguaje antiguo.
— ¿Puedes decirme qué eres? —preguntó, y pasó las páginas hasta dar con una lista de seres.
Reconocí a muchos hasta que vi mi dibujo. Lo señalé con el dedo pequeño. Él asintió y leyó en voz alta:
— "Los aluxes son criaturas de la mitología maya, descritos como pequeños seres que habitan en la naturaleza y actúan como guardianes de selvas, cenotes y milpas..."